El inicio de 2026 quedará marcado en los libros de historia como el momento en que Estados Unidos decidió archivar la diplomacia de las instituciones para regresar a la cruda política de las grandes potencias. Tras la reciente intervención militar en Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro, el tablero internacional no solo ha temblado, sino que ha confirmado las advertencias que el politólogo John Mearsheimer lanzó hace un cuarto de siglo en su obra The Tragedy of Great Power Politics. Lo que Washington presenta oficialmente bajo la narrativa de una “restauración democrática”, el realismo internacional lo interpreta como un movimiento mucho más antiguo y pragmático: el ejercicio de un hegemón regional eliminando una amenaza a su seguridad en su propia zona de influencia.
Durante décadas, el mundo vivió bajo la ilusión de un orden global regido por normas y organismos multilaterales. Sin embargo, la acción unilateral ejecutada este enero demuestra que, ante la ausencia de una autoridad central en el sistema internacional —lo que la teoría define como “anarquía”—, los Estados actúan racionalmente según sus propios intereses de supervivencia. Para la administración estadounidense, la presencia de activos militares y económicos de potencias como China, Rusia e Irán en suelo venezolano ya no era una cuestión de retórica política, sino un desafío directo a su “poder latente”. Según la teoría del realismo ofensivo, las grandes potencias no pueden permitirse la incertidumbre sobre las intenciones de sus rivales, y al detener a Maduro, Estados Unidos ha buscado eliminar de raíz la posibilidad de que un adversario extra-regional establezca una base de operaciones permanente en el hemisferio occidental.
El análisis de la situación actual sugiere que nos encontramos en el escenario más peligroso descrito por los expertos: una multipolaridad desbalanceada. Mientras Washington reafirma su control sobre el Caribe, el resto del mundo reacciona según las estrategias clásicas de poder. Por un lado, se observa el “equilibrio” o balancing, donde Moscú y Teherán denuncian la ilegalidad de la detención buscando estrechar lazos militares para hacer contrapeso a la Casa Blanca, aunque su capacidad de acción directa en América es limitada frente a la geografía favorable de su rival. Por otro lado, surge la “transferencia de responsabilidades” o buckpassing, liderada por China. Siguiendo el manual de Mearsheimer, Beijing parece mantener una postura calculada, permitiendo que Washington asuma el costo político, económico y militar de la ocupación y reconstrucción de Venezuela, esperando que el hegemón se desgaste en una guerra subsidiaria prolongada.
Un punto clave que explica la viabilidad de esta operación es la geografía. Al no tener otra gran potencia en su continente, Estados Unidos goza de una libertad de movimiento que ninguna potencia europea o asiática posee. La intervención en Venezuela es la prueba de que Washington sigue siendo el único hegemón regional capaz de proyectar poder sin ver amenazadas sus propias fronteras terrestres. No obstante, la complejidad del siglo XXI añade un matiz sombrío a esta ventaja. A diferencia de los conflictos del pasado, la detención de un líder hoy no significa el fin de la disputa; la tecnología y las estrategias de insurgencia permiten que los rivales mantengan el conflicto vivo de forma remota, desangrando los recursos estadounidenses.
La honestidad intelectual obliga a mirar más allá de las justificaciones morales para evaluar si este movimiento es un éxito o una trampa estratégica. Si bien Estados Unidos ha logrado una victoria táctica al capturar a Maduro y desmantelar su estructura de poder, podría estar cayendo en la propia “tragedia” de su hegemonía. Al actuar ofensivamente para maximizar su seguridad, Washington ha incrementado la sospecha y el miedo en sus competidores globales. China, que continúa acumulando riqueza y poder militar, podría ser la verdadera beneficiaria si logra presentarse como el líder de un polo alternativo ante un Estados Unidos que, para muchos, ha vuelto a la política del “Gran Garrote”. La gran pregunta que queda en el aire en este convulso enero de 2026 es si la captura de un hombre en Caracas fortalecerá la seguridad estadounidense a largo plazo o si será el catalizador que finalmente una a las potencias desafiantes en un bloque capaz de romper el equilibrio mundial para siempre.