La imagen dura segundos, pero alcanza. Una joven de Berisso se filma mientras conduce a 170 kilómetros por hora por una avenida urbana. El velocímetro en primer plano, la música de fondo, el pulso acelerado y la decisión de registrar la escena como si fuera una hazaña. El video circula. Se comparte. Se comenta. Se condena. Se celebra. Se viraliza.
El dato objetivo es claro: circular a esa velocidad en una ciudad no es una imprudencia menor. Es una infracción gravísima que pone en riesgo la propia vida y la de terceros. No es una travesura. No es una anécdota. Es una conducta que, de haber terminado mal, hoy estaríamos narrando en otra clave.
Pero el hecho, además de policial o contravencional, es profundamente cultural. No se trata únicamente de ir a 170. Se trata de filmarse y publicarlo. De convertir el acto en espectáculo. De transformar la infracción en contenido. Y ahí aparece una pregunta más inquietante: ¿qué se busca mostrar?
¿Valentía? ¿Desafío a la norma? ¿Adrenalina? ¿Despreocupación? ¿Poder?
En estos tiempos, muchas veces parecer pesa más que ser. La validación inmediata —likes, comentarios, reproducciones— opera como un combustible invisible. La vida se convierte en material editable. El riesgo, en recurso narrativo. La escena no existe si no se comparte. El acto no se completa sin la mirada de los otros.
No es un fenómeno exclusivo de Berisso. Es parte de una época marcada por la aceleración permanente. Todo es inmediato: la información, la respuesta, el reconocimiento. El exceso se vuelve estética. El límite, un obstáculo a romper. La velocidad deja de ser un peligro y pasa a ser una puesta en escena. Una performance de audacia. Un modo de decir “miren lo que puedo hacer”.
Pero la física no negocia con la épica digital. A 170 km/h no hay margen. No hay tiempo de reacción. No hay segunda oportunidad. No hay algoritmo que frene un impacto.
Existe además una dimensión inquietante: al filmarse, quien conduce no solo arriesga su vida y la de otros, sino que deja registro público de la propia infracción. La necesidad de mostrarse puede terminar convirtiéndose en prueba. La exposición permanente desdibuja esa frontera. Se filma todo. Se comparte todo. Incluso aquello que compromete. Como si el reconocimiento virtual compensara el riesgo real.
Quizás la pregunta más profunda no sea jurídica sino existencial. ¿Qué se intenta demostrar cuando se pisa el acelerador y se enciende la cámara? ¿Independencia? ¿Invulnerabilidad? ¿Desafío? ¿Desprecio por el miedo? ¿O algo más silencioso, más íntimo: la necesidad de ser visto?
En una época donde la visibilidad es capital simbólico, la imprudencia puede convertirse en atajo. El problema es que ese atajo atraviesa la vida de otros. Porque en una avenida urbana no circulan solo autos: circulan familias, trabajadores, chicos, ciclistas. El margen de error no es individual. Es colectivo.
Corresponderá a las autoridades determinar responsabilidades. Pero más allá de la multa o la inhabilitación, el episodio interpela algo más amplio: el vínculo entre juventud, riesgo y exhibición. No se trata de demonizar. La juventud siempre convivió con la intensidad y el impulso. Pero hoy esa intensidad tiene amplificación inmediata y permanente. Cada acto puede transformarse en contenido. Y cada contenido, en identidad.
El desafío social no es solo sancionar la velocidad. Es discutir el sentido. Volver a instalar la idea de que el límite no es censura sino cuidado. Que la adrenalina no puede reemplazar a la responsabilidad. Que no todo merece ser filmado. Y que no todo lo que se muestra construye prestigio.
A 170 kilómetros por hora no solo corre un auto. Corre también, para este medio, la pregunta por la época que habitamos.