La historia política de Roma republicana, especialmente durante la época de los hermanos Tiberio y Cayo Graco, podría interpretarse como la ruptura de un orden complejo entre la aristocracia y el pueblo (Brunt, 1988); sin embargo, puede interpretarse también como la crisis de una oligarquía y la irrupción de la violencia en manos de Sila (Plutarco, Vidas paralelas). Luego vendrán los enfrentamientos y la aparición de César, pero no vamos a detenernos en eso.
La concentración de la tierra, la marginalización de los campesinos y el uso del poder senatorial marcaron una crisis de representación que condujo al desmoronamiento del pacto republicano existente; y cabe remarcar existente, para evitar una caracterización extensa y particular que no modificaría el planteo de este documento.
Más de dos mil años después, las democracias enfrentan un dilema análogo: instituciones formalmente legítimas, pero desnaturalizadas por la ausencia de participación efectiva, y pueblos que ya no se reconocen en quienes eligen para representarlos. Esta distancia no es solo el resultado de decisiones conscientes, sino también de la conformación de corporaciones políticas que, al reproducirse sobre sí mismas y cerrar un sistema sin salida, institucionalizaron un habitus precario (Bourdieu, 1972; 1997): un conjunto de prácticas, percepciones y disposiciones que degradaron la acción pública y colonizaron el sentido común. En términos bourdianos, este habitus opera como una pedagogía silenciosa de la resignación, normalizando la baja intensidad democrática, desdibujando la responsabilidad política y erosionando la capacidad popular de imaginar alternativas.
En Argentina, la caída sostenida de la participación electoral —con cifras cercanas al 69 % en 2023 según la Cámara Nacional Electoral— y la fragmentación del voto expresan un agotamiento estructural del modelo de representación (Núñez, 2024). El presente, pequeño ensayo, busca explorar este paralelismo histórico para revelar en este ejercicio las similitudes profundas en dónde estriban las esperanzas y el sentido común.
Los Graco y la crisis republicana.
En el siglo II a.C., Roma atravesó un proceso de expansión que transformó su economía y su sociedad. Los pequeños propietarios, que constituían el ejército y el ejercicio cívico, fueron desplazados por latifundios controlados por un conjunto menor de la población asociada al Senado (Appiano, Guerras civiles, I). La pérdida de la tierra equivalía a la pérdida del lugar del ser político: quien no cultivaba no servía, y quien no servía no pertenecía; la primera pérdida, quiere decir, la pérdida que supone el destierro en su propia tierra y la sobrevida en un “no lugar”.
Tiberio Graco intentó revertir esta situación mediante la Lex Sempronia Agraria, que limitaba la propiedad del ager publicus y distribuía parcelas entre ciudadanos pobres. El Senado resistió, y Tiberio fue asesinado en el 133 a.C. Su hermano Cayo continuó el proyecto con una visión más amplia: subsidios de granos, reforma judicial y extensión de la ciudadanía. También fue eliminado (Plutarco, Vidas paralelas).
Creo que la muerte de los Graco marcó el fin del equilibrio republicano, o su búsqueda. Roma entró en un ciclo de violencia, donde la soberanía popular se instrumentó para saldar la disputa por la tierra y la traslocación del sentido del interés mutuo y la justicia.
El paralelo contemporáneo: la crisis de la representación, que es la crisis de la participación.
Las democracias actuales enfrentan un proceso de disolución simbólica comparable. La concentración de riqueza, la desinformación digital y la precarización del trabajo generan nuevas formas de exclusión política. En Argentina, la desigualdad convive con el descreimiento generalizado en las instituciones y un escepticismo sobre la dirigencia política, que solo oscila frente a procesos electorales cada vez más faltos de participación.
Rosanvallon (2015) ha descrito este escenario como “contrademocracia”: una forma de vida política signada por la desconfianza, en la que la ciudadanía observa, denuncia y controla, pero ya no participa plenamente ni reconoce en la representación un espacio de construcción de futuro. En este marco, la política se vuelve defensiva y reactiva, orientada al veto antes que a la elaboración de horizontes comunes. Sin embargo, como advierte Byung-Chul Han, el problema no radica en que el futuro sea incierto —pues la incertidumbre es constitutiva de la condición humana—, sino en la pérdida de la capacidad colectiva de construir esperanza (Han, 2024). El miedo no surge del desconocimiento del porvenir, sino de la ausencia de un sentido compartido que permita desearlo y prepararlo. Esta esperanza no es abstracta ni individual, sino que se realiza en el marco del prójimo, como experiencia concreta de justicia y de cuidado mutuo, tal como lo sostiene la doctrina social de la Iglesia (Francisco, 2015; Benedicto XVI, 2009). En oposición a esta concepción, la ética individualizante heredera de la tradición protestante —reactualizada de modo rudimentario por el actual gobierno de Milei— disuelve el vínculo social en una lógica de mérito y supervivencia, clausurando toda proyección colectiva. Así, la administración del miedo y la fragmentación del deseo operan como mecanismos de reproducción del habitus establecido, inhibiendo la irrupción de un nuevo orden político capaz de constituir un nuevo Estado-nación en un mundo que aparenta ordenarse en sentido multipolar y poliédrico, que albergue efectivamente la realización del conjunto de sus habitantes.
Así como en Roma el Senado administraba la República sin el pueblo, hoy las democracias tienden a administrarse sin participación, un guiso de liebre sin liebre. La cuestión de fondo no es la legalidad de la representación, porque, como existe la “crisis de los partidos”, los partidos existen en estas formas democráticas sin su legitimidad afectiva y moral.
El otro como fundamento: Levinas y la ética política.
Emmanuel Levinas introduce una ruptura radical en la comprensión del sujeto político: el yo solo se constituye en el rostro del otro; la responsabilidad precede a la libertad (Levinas, 1961). La política, en este marco, es el espacio donde se materializa la respuesta al sufrimiento ajeno.
En las democracias contemporáneas, esta dimensión ética se ha erosionado. El ciudadano ha sido reemplazado por el usuario; el otro, por el algoritmo, que es el deseo común segmentado y ridiculizado. La indiferencia social, en una escala mayor a la conducta “very polite”, y la “fatiga moral” (Han, 2017) reproducen una crisis de alteridad semejante a la crisis republicana romana: sin reconocimiento mutuo, la ley se vuelve inerte, un derecho exclusivo, ajustable, y el Estado se vacía de contenido humano. Aplicado a nosotros, los argentinos, esta reflexión invita a repensar la política no como gestión, sino como acto de encuentro. Los nuevos Graco serían aquellos que restauren la responsabilidad frente al otro como principio de la comunidad política.
La expropiación del tiempo y la subjetividad: Byung-Chul Han.
Los Graco denunciaban la concentración de la tierra; Byung-Chul Han denuncia la expropiación del tiempo y la atención (Han, 2012). En la “sociedad del rendimiento”, el sujeto ya no es explotado por otro, sino por sí mismo. El tiempo, el descanso y la contemplación —condiciones del pensamiento y la acción política— han sido inundados por la lógica de la hiperproductividad. En este sentido, la nueva “reforma agraria” del siglo XXI sería la redistribución del tiempo vital o la exploración del sentido del tiempo, que es, en realidad, la búsqueda de la acción de vida.
El ciudadano contemporáneo, al igual que el personaje de Citizen Kane (Orson Welles, 1941), necesita recuperar espacios de silencio, reflexión y diálogo con el otro; necesita romper la inercia del presente con objetos sin memoria para encontrar sentido en el futuro; sin eso, no hay posibilidad de política creadora.
Hacia una nueva reforma del ethos común.
El concepto de ethos remite al modo de habitar el mundo (Heidegger, 1951). Reconstruir el ethos político, el ethos del hombre y la mujer argentinos, implica restablecer las condiciones simbólicas que permiten la convivencia.
Para los Graco, la tierra era en sí misma un objeto donde habitaba el tiempo de la esperanza, porque la tierra era un espacio que se habitaba en comunidad; puede que esto sea, desde un punto de vista ontológico, similar al desafío de recuperar el tiempo disperso, el espacio de la Patria, nuevos elementos del sentido común y la comunidad.
La historia de los Graco no pertenece solo al pasado: es una metáfora de la fragilidad de toda nación que olvida su fundamento comunitario. Hoy, en un mundo que ha sustituido la polis por la red, la comunidad por la audiencia y la palabra por el dato, el riesgo es idéntico: el desmembramiento definitivo del pueblo como sujeto político.
Recuperar el ethos de lo común, y el sentido común en dimensión popular, significa reintroducir en la instancia individual la proyección del otro y la contemplación del tiempo-esperanza en la práctica política.
En Argentina, donde la democracia aún conserva una memoria de organización popular, el desafío no es solo institucional, o partidario si es que debemos situarlo en una estructura, sino de una mímesis en el sufrimiento y en la posterior vivencia de la esperanza.
Argentina, con su larga tradición de organización social, sindical y comunitaria, tiene todavía un capital simbólico que puede revertir la desafección actual. Pero requiere —como los Graco intentaron— un nuevo, o renovado, sentido común:
Que la justicia social vuelva a ser motor de legitimidad.
Los Graco, en su derrota, advirtieron: cuando el pueblo pierde la palabra, otro habla en su nombre; y ese otro nunca habla de justicia, sino de poder.