En la columna literaria de Frecuencia Camalote, el “Negro” Rossi propuso un recorrido por la obra y la vida de Manuel Puig, un autor que —lejos de los grandes nombres del canon— logró construir una voz propia, incómoda y profundamente contrahegemónica.
La idea que atravesó toda la columna fue clara: Puig no fue un dique en la literatura argentina, fue una piedra en la corriente. No detuvo el curso, pero sí generó otra cosa alrededor. Un espacio distinto, persistente.
Desde ese punto de partida, Rossi repasó su historia: nacido en General Villegas en 1932, en un contexto atravesado por el machismo y la exclusión, Puig encontró en el cine un refugio desde muy chico. “Ahí tenía un mundo posible”, explicaron en la columna, marcando cómo esa experiencia sería clave en su forma de narrar.
Su camino no fue lineal. Intentó durante años insertarse en la industria cinematográfica, hasta que un consejo lo empujó a escribir con su propia voz. Así nació La traición de Rita Hayworth, su primera novela, que irrumpió con fuerza en el escenario literario, aunque no sin resistencias.
De hecho, uno de los ejes más interesantes fue el rechazo que generó en su tiempo:
“Fue uno de los escritores más contrahegemónicos que tuvimos y una molestia para el mundo literario de la época”, señalaron.
Su condición de homosexual, sumada a una escritura que rompía con el narrador tradicional y ponía en primer plano voces populares, lo ubicaron en un lugar marginal.
Aun así, su obra trascendió. Títulos como Boquitas pintadas o El beso de la mujer araña no solo marcaron una época, sino que también llegaron al cine, aunque incluso allí sufrió ninguneos y falta de reconocimiento.
La columna también abrió una pregunta de fondo: ¿se puede separar la obra del autor?. En el caso de Puig, la respuesta parece inclinarse hacia el no. Su historia personal —marcada por la discriminación, el exilio y la censura— está profundamente ligada a lo que escribió.
Sobre el cierre, sumaron la voz de Patricia Bargero, investigadora y referente en la difusión de su obra, quien aportó una mirada clave sobre el vínculo entre Puig y su pueblo: “Él no condena, muestra. La condena la hace el lector”, explicó, en relación al rechazo que generaron sus textos en General Villegas.
Puig murió a los 58 años, tras una operación que se complicó, pero dejó una obra que sigue interpelando. Sin estridencias, sin pertenecer del todo al canon, pero con una potencia que —como esa piedra en el agua— sigue generando movimiento.
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