Es sabido que Eugene O’Neill, Aristóteles Onassis, Albert Einstein, Federico García Lorca, Carlos Gardel, Jorge Luis Borges, Paul McCartney y, entre el mito y la verdad, el mariscal Tito, entre otros, visitaron alguna de las tres ciudades de la región capital. Y, ya que hablamos de mitos, podríamos darnos alguna licencia y agregar a estos visitantes ilustres o reconocidos a Oscar Wilde o, al menos, de manera imaginaria, a Dorian Gray, quien parece haber dejado escuela también en la zona.
Es que por estos lares también existe una vieja fantasía del poder: la de creer que alcanza con construir una imagen. Un gesto estudiado, una frase de ocasión, una sonrisa para la foto, una entrevista amigable, un discurso repetido hasta el cansancio. Desde hace años, buena parte de la política —incluidos los arquitectos de la prensa institucional y los ingenieros de la imagen— sostiene esa idea: que el relato puede reemplazar a la realidad, que la apariencia alcanza para gobernar.
Y así, un funcionario asegura que una obra está terminada mientras los vecinos siguen caminando entre pozos, basura y abandono; otro habla de una obra realizada, concluida e inaugurada. Las cámaras los exponen, a uno y a otro, para bien o para mal. Uno promete la radicación de empresas y se saca fotos de escritorio; otro las concreta y corta cintas. El relato o la gestión los exhibe, y el vecino los aplaude o los insulta en las redes.
Alguno concreta plazas bellas y prolijas con rapidez; otro gasta montos dudosos en espacios recreativos o deportivos de particular diseño, emplazados en un hábitat marcado por la contaminación. Uno puede avanzar, desde el consenso, el debate y la escucha, hacia la ampliación de su base de sustentación política; otro se encierra en un círculo de obsecuencia y supuesta lealtad. Uno utiliza el ambiente como herramienta de integración social; otro, apenas, como plataforma para el desarrollo inmobiliario. En cada caso, los espejos falsos y mentirosos son “efímeros, tic, tac, efímeros”. A algunos se los vota; sobre otros, todavía está por verse.
Por eso, cuando un dirigente no puede sostener sus planteos, la exposición permanente se vuelve contraproducente. Ya no alcanza con salir en todas las fotos: importa que se vea la gestión. Ya no alcanza con aparecer mucho; hay que poder resistir el archivo.
Esto también vale para las oposiciones. Muchas veces deambulan en fotos con un espíritu de diversidad que roza la contradicción. Entre el frentismo y la incoherencia hay apenas una mínima distancia. Entre la amplitud y la contradicción extrema, también. En nuestro país abundan los ejemplos de dirigentes que han bailado con las más diversas referencias políticas, que han cambiado de partido como de peinado. Hoy, ese historial está al alcance de una simple búsqueda online y constituye otro gran y sincero espejo.
Y así, para oficialistas y opositores, cada entrevista puede convertirse en una trampa. Cada teléfono, en un arma. Cada declaración puede volver meses después como un boomerang. Cada discurso queda atrapado en un presente infinito donde nada se pierde y todo puede ser revisado.
Sin embargo, muchos políticos siguen actuando como si vivieran en otra época, cuando una frase desafortunada desaparecía al día siguiente y una promesa incumplida podía diluirse en el olvido. Pero la política del siglo XXI funciona de otro modo. Hoy las cámaras no solo transmiten: acumulan memoria.
También es cierto que la lógica del flujo permanente de información funciona, a la vez, como una forma de evasión de la memoria y del archivo: cada hecho, declaración o escándalo es rápidamente reemplazado por otro, en una sucesión vertiginosa de noticias, posteos, videos y tendencias. La saturación de datos no produce necesariamente una mayor comprensión; muchas veces genera el efecto contrario: desordena, fragmenta y vuelve imposible establecer jerarquías, relaciones o responsabilidades.
En ese contexto, la información deja de sedimentarse en una memoria colectiva y se vuelve efímera, descartable, condenada a desaparecer en el torrente de lo nuevo. Así, el exceso de presente impide construir archivo, porque todo queda inmediatamente tapado por la próxima polémica, la próxima consigna o la próxima indignación. En términos locales o regionales, quizás esto no funcione tanto como a escala nacional o global.
Igualmente, esa memoria tiene algo del retrato de Dorian Gray. Porque, mientras el dirigente intenta conservar intacta su imagen pública, existe un registro silencioso donde se acumulan las contradicciones, como la basura en las esquinas, los errores tanto como los baches, las mentiras y la falta de gestión. Un archivo que, tarde o temprano, termina saliendo a la luz.
Y entonces entendemos que el problema no son las cámaras. El problema aparece cuando la política se vuelve puro maquillaje. Cuando se gobierna más para la escena que para la realidad. Cuando importa más la conferencia de prensa que la obra hecha, más el eslogan que la solución, más la puesta en escena que la verdad.
Y es allí cuando una simple cámara de un vecino incomoda a un funcionario, a un político o a un intendente. Porque, claro, la cámara de la prensa institucional acomoda, retoca, edulcora, y hasta llega a creer que puede hacer lo mismo con la realidad que con la foto. Error.
Oscar Wilde escribió que “todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo”. Tal vez podría decirse algo parecido de las cámaras en la política: no muestran solamente al dirigente; muestran también la verdad de su tiempo. Y, en una época en la que la imagen parece gobernarlo todo, quizá nunca haya sido tan difícil sostener una imagen vacía.
Quizá algo de esto ayude a explicar cómo llegan los outsiders a los más altos espacios de conducción de una ciudad o de un país. Quizá también permita imaginar el futuro derrotero de esos mismos políticos.