ESCUCHÁ LA RADIO EN VIVO

La cámara como retrato: cuando la política ya no puede esconderse

Fotógrafo captando de cerca el rostro de un hombre en una escena urbana en blanco y negro

“La máscara nos dice más que el rostro.”
— Oscar Wilde

En El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde cuenta la historia de un hombre obsesionado con conservar intactas su juventud y su belleza. Mientras él permanece impecable ante los ojos del mundo, es un retrato escondido el que envejece, se corrompe y exhibe las consecuencias de sus actos. Dorian puede engañar a todos durante un tiempo. Puede seguir mostrándose elegante, seductor, exitoso. Pero hay una verdad que no desaparece: simplemente queda guardada en otro lugar, esperando el momento de ser vista.

Algo parecido ocurre hoy con muchos dirigentes políticos. Construyen un personaje público cuidadosamente diseñado. Hablan de transparencia mientras ocultan información. Prometen eficiencia mientras la gestión se derrumba. Denuncian privilegios mientras viven rodeados de ellos. Se presentan como “nuevos” mientras repiten las peores prácticas de siempre, las de “la casta”.

Durante un tiempo, esa imagen puede funcionar. La publicidad ayuda. Las redes amplifican. Los asesores corrigen. Los medios amigos encuadran. Pero, tarde o temprano, aparece el retrato.

Y ese retrato, en la política contemporánea, son las cámaras.

Espejismo mundial

En ese gran retrato contemporáneo que construyen las cámaras, mandatarios como Donald Trump quedan expuestos por la reiteración de declaraciones grandilocuentes que muchas veces chocan con sus propios dichos anteriores, por sus constantes mentiras o por amenazas que ya nadie cree. Lo mismo ocurre con Vladimir Putin, cada vez más encerrado en una escenografía rígida y controlada, donde el esfuerzo por proyectar fortaleza termina revelando fragilidad. Benjamin Netanyahu aparece retratado entre discursos de firmeza y las imágenes de una crisis política y humanitaria que vuelve difícil sostener ese relato, especialmente después de la devastación en Gaza. En cambio, Xi Jinping logra, al menos hasta ahora, un control más férreo sobre su imagen pública, sostenido por el desarrollo económico y social de China.

En la Argentina, el caso de Javier Milei resulta paradigmático. Con una exposición constante y una retórica explosiva, desafiante, extrema y muchas veces cruel, el Presidente queda expuesto ante cada declaración y cada promesa incumplida. Todo queda registrado, archivado y vuelve luego como ese retrato de Dorian Gray que revela, detrás del personaje, las contradicciones de la gestión. Y esta semana volvió a ser un claro ejemplo de ello.

Espejito, espejito: ¿quién es el más caótico?

En nuestro país, esta analogía con El retrato de Dorian Gray se potencia por la lógica descripta en Los ingenieros del caos, de Giuliano da Empoli. Publicado en 2019, el libro analiza cómo, detrás del aparente desorden de la política contemporánea, existe una maquinaria muy organizada de propagandistas, estrategas digitales, expertos en Big Data y redes sociales, que utilizan el caos, la provocación y la saturación informativa para dominar la agenda pública, fragmentar la atención y evitar que se consoliden memorias, debates o verdades estables.

La lógica del flujo permanente de información funciona, además, como una forma de evasión de la memoria y del archivo: cada hecho, declaración o escándalo es rápidamente reemplazado por otro, en una sucesión vertiginosa de noticias, posteos, videos y tendencias. La saturación de datos no produce necesariamente una mayor comprensión, sino muchas veces el efecto contrario: desordena, fragmenta y vuelve imposible establecer jerarquías, relaciones o responsabilidades. En ese contexto, la información deja de sedimentarse en una memoria colectiva y se vuelve efímera, descartable, condenada a desaparecer en el torrente de lo nuevo.

Es así como dirigentes y funcionarios necesitan que la imagen permanezca intacta, aun cuando detrás de ella el retrato se vuelve cada vez más monstruoso. Para ello, el caos termina funcionando como una cortina de humo: cuanto más revuelta está la escena, menos visible se vuelve el deterioro real. Y así, lo más noble y sano de la política —el debate, la búsqueda del bien común, la responsabilidad sobre la palabra y los hechos— queda degradado en favor de la manipulación, el cinismo y la construcción deliberada del mal. Entre la neblina y el humo, nadie se ve como realmente es frente al espejo. Pero las cámaras suelen ser más sinceras.

Otra semana trágica para Milei

El primer golpe de realidad para el gobierno libertario, sus adeptos y sus periodistas amigos llegó el 24 de marzo, con la imponente movilización ciudadana que dejó nuevamente en claro que Memoria, Verdad y Justicia constituyen axiomas de un pacto democrático que trasciende partidos políticos, ideologías, edades y clases sociales. Desde lo cuantitativo —millones de personas en la Plaza de Mayo y en todas las ciudades del país— como desde lo cualitativo —una movilización integrada no solo por militantes, sino también, y mayoritariamente, por ciudadanos sin pertenencia partidaria—, fue una jornada histórica que reafirma que los derechos humanos en la Argentina son una causa encarnada en la sociedad en su conjunto.

Para colmo, el Gobierno nacional no tuvo mejor idea que intentar contraponer su mirada negacionista con un video, como ya lo había hecho el año pasado. Pero esta vez lo hizo con una producción de menor calidad, plagada de declaraciones que contradecían incluso la línea argumental de quienes sostienen la idea de una “memoria completa”, además de mentiras burdas y errores históricos que ni siquiera vale la pena analizar. La escasa y negativa repercusión social, mediática y en las redes habló por sí sola.

Conviene dejar en claro algunos conceptos. No hubo “dos demonios”: hubo terrorismo de Estado, un plan sistemático para secuestrar, torturar, asesinar, violar y apropiarse de niños. No hubo una guerra, porque ni siquiera en una guerra estas aberraciones están permitidas. Y tampoco hubo justicia. Si de “memoria completa” se trata, quienes detentaron el poder del Estado deberían empezar por asumir lo que hicieron y decir dónde están los desaparecidos y qué ocurrió con los niños apropiados.

También es cierto que la violencia política no comenzó el 24 de marzo de 1976. Podría remontarse, al menos, al golpe de 1955 contra el gobierno de Juan Domingo Perón. La reflexión sobre el accionar de las organizaciones armadas, especialmente de sus conducciones entre 1973 y 1976, es un debate pendiente. Pero en ningún caso ese debate puede utilizarse para justificar o relativizar la brutalidad inhumana desplegada luego por la dictadura.

El caso de Manuel Adorni fue, por su parte, otro episodio que golpeó al Gobierno en lo más profundo. El vocero presidencial, altanero y prepotente, no soportó ni tres preguntas de los periodistas. No pudo mantener la calma, pese al entrenamiento recibido durante el fin de semana largo. Esta vez no pudo subirse a un avión privado para huir de sus ex colegas, como ya había hecho en otras oportunidades. Ni siquiera los comunicadores oficialistas de los canales amigos lograron defenderlo.

Mientras tanto, el llamado “caso Libra” sigue aportando novedades cada vez más preocupantes a partir de la información surgida del teléfono de Novelli. Las revelaciones ya no sorprenden, pero sí agravan el cuadro de sospechas alrededor del entorno presidencial.

El gobierno que se presenta como monopolio de la moral y como representación de “la gente de bien” acumula, sin embargo, denuncias, escándalos y vínculos oscuros. Solo quienes todavía creen en la imagen de Dorian Gray pueden sostener ese discurso sin advertir la distancia entre la máscara y la realidad.

Las encuestas, otro gran espejo de estos tiempos, ya generan una fuerte preocupación en el oficialismo. No solo cayó por debajo del 40 % la imagen positiva del Gobierno, sino que una mayoría de los argentinos no cree en la inocencia de Adorni ni en la desvinculación del Presidente respecto del caso Libra. Y, para peor, la expectativa esperanzada que una parte importante de la sociedad depositaba en el futuro inmediato se transformó en un profundo escepticismo.

Pero todavía faltaba lo peor. El fallo favorable a la Argentina en la causa por la expropiación de YPF dejó expuesta una contradicción incómoda para el gobierno de Milei y para el PRO. Durante más de una década denunciaron la recuperación del 51 % de la petrolera como un acto “ilegal” y apuntaron especialmente contra Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof. Sin embargo, cuando la justicia estadounidense revocó la condena contra la Argentina y sostuvo que los argumentos de los fondos buitre no tenían sustento, ambos espacios salieron a festejar.

La paradoja es aún mayor porque los libertarios llevaron como candidato a diputado a Alejandro Fargosi, abogado identificado con la posición de los fondos demandantes, mientras que el PRO había votado en contra de la expropiación en el Congreso. Terminan así celebrando un fallo que, en los hechos, valida la legitimidad de una decisión política que combatieron desde el primer día.

Las cámaras registran. Guardan. Comparan. Vuelven una y otra vez sobre las palabras de ayer para enfrentarlas con las de hoy. Un político promete una cosa en campaña y, seis meses después, sostiene exactamente lo contrario. La cámara lo muestra. Un gobierno habla de austeridad y, al mismo tiempo, multiplica gastos, cargos o privilegios. Un funcionario dice durante años una cosa, la realidad lo desmiente y cambia de posición aun contradiciéndose. La cámara, el archivo, deja de ser escenografía y se convierte en un espejo cruel. Un espejo que devuelve, amplificada, la distancia entre lo que se dice y lo que efectivamente se hace.

La Provincia, otro espejo

La analogía con Dorian Gray repercute de manera inversa sobre Axel Kicillof. Mientras el personaje de Wilde conserva una imagen impecable y oculta en el retrato las marcas de su deterioro, el gobernador expone permanentemente las heridas de la gestión. Esta semana reunió a intendentes de distintos signos políticos para mostrar, números en mano, el impacto de la deuda que el gobierno nacional mantiene con la Provincia de Buenos Aires, la caída de la recaudación y el efecto del ajuste sobre los municipios.

Pero, a diferencia de otros dirigentes que intentan construir una imagen desvinculada de la realidad, Kicillof busca que la comunicación, las redes y la presencia pública acompañen una impronta de gestión concreta, apoyada en datos, obras y administración. Su mandato combina una fuerte presencia mediática con una insistencia permanente en proyectar honradez, transparencia y coherencia, intentando que no exista distancia entre el “retrato” y la gestión real. El caso YPF es un ejemplo claro de cómo, a veces, la gestión termina imponiéndose sobre las operaciones, las chicanas y la mentira.

Sin embargo, ni siquiera quien se ve frente al espejo como la persona más bella y perfecta debería creerlo por completo. Nadie es perfecto: siempre hay algo por mejorar, corregir o pulir. La mirada de los otros, la reflexión colectiva, la crítica interna y el debate suelen ser mejores consejeros que los aduladores de turno, siempre dispuestos a vender espejitos de colores.

El espejo más fiel, en estos tiempos, suelen ser las cámaras. Y hay algo que las cámaras han vuelto cada vez más difícil: sostener una máscara cuando detrás no hay gestión, coherencia ni verdad.