La historia de las comunidades no siempre se escribe en los libros, muchas veces vive en la voz de quienes la heredaron. En Ensenada, la presencia caboverdeana forma parte de ese entramado silencioso pero persistente que dio forma a la identidad local. En comunicación radial con Daniel Wahnón, descendiente de esa migración, se abre una puerta a un relato atravesado por el mar, el trabajo y la memoria.
Cabo Verde, un archipiélago ubicado en el océano Atlántico frente a las costas de Senegal, está compuesto por diez islas con realidades diversas: algunas desérticas, golpeadas por los vientos del Sahara, y otras más fértiles, donde la agricultura logra abrirse paso. De allí partieron, durante el siglo XX, miles de hombres y mujeres empujados por las sequías y las hambrunas.
La historia familiar de Wahnón condensa ese proceso. Su abuelo llegó a la Argentina en 1910, con apenas 15 años, escapando del hambre y como polizón en un barco. Como muchos otros caboverdeanos, encontró en el agua una continuidad; trabajó como botero en el Tigre, en un oficio que hoy podría compararse, con humor, a un “Uber del río”.
La migración caboverdeana en Argentina tuvo puntos de anclaje bien definidos, que fueron los puertos. Ensenada, Dock Sud y Punta Alta concentraron gran parte de esa comunidad, que encontró en el trabajo marítimo, en la destilería de YPF y en distintas tareas vinculadas al agua una forma de inserción. “Era gente muy dispuesta a trabajar, con una gran capacidad para aprender”, describió Wahnón.
El barrio Villa Detri se convirtió en el núcleo de esa presencia. Allí, en 1927, se fundó la Asociación Caboverdeana de Ayuda Mutua, una institución clave para recibir a los recién llegados, ofrecer contención y facilitar la inserción laboral. En ese gesto colectivo se sintetiza una experiencia común a tantas corrientes migratorias, el desarraigo y la necesidad de construir redes para sostenerse.
Pero la identidad no se conserva sólo en el trabajo o las instituciones; también se transmite en lo cotidiano, en los sabores, en los rituales. La cachupa, un guiso contundente a base de distintos tipos de porotos y carnes, sigue siendo un emblema de la cultura caboverdeana. En encuentros comunitarios y fechas significativas, como el Día de África o la Independencia de Cabo Verde, este plato vuelve a reunir a generaciones en torno a una misma mesa.
Esa independencia, alcanzada en 1975 tras una larga lucha contra el colonialismo portugués, es otro de los hitos que atraviesan la memoria colectiva. Figuras como Amílcar Cabral, líder del proceso, forman parte de una historia que, aunque lejana geográficamente, sigue viva en la diáspora.
Hoy, esa herencia se resignifica en nuevas generaciones que crecen entre dos mundos. La posibilidad de viajar a las islas, como pudo hacerlo Wahnón en 2017, permite reconstruir lazos y completar una identidad marcada por la distancia.
En una ciudad como Ensenada hablar de comunidades es hablar de historia viva. La caboverdeana, muchas veces menos visible que otras, es parte fundamental de ese mosaico. Y relatos como este no solo recuperan un pasado, sino que ayudan a entender cómo se construye, día a día, la identidad de un territorio atravesado por migraciones, trabajo y cultura compartida.
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