Por Javier Astorga
En los últimos días, episodios de amenazas difundidas en baños escolares y a través de grupos de WhatsApp encendieron señales de alerta no sólo en Berisso, sino también en La Plata y Ensenada. Mensajes dirigidos a alumnos y autoridades, presuntamente realizados por estudiantes, activaron protocolos y generaron preocupación en toda la comunidad educativa de la región capital. Pero más allá de la coyuntura, lo que emerge es un fenómeno que exige una lectura más profunda y menos superficial.
Hay una máxima conocida que vuelve a cobrar vigencia: lo que pica en la sociedad, se rasca en la escuela. Estos hechos no son anomalías aisladas ni simples travesuras. Son expresiones, muchas veces desbordadas, de un entramado social tensionado, donde la incertidumbre, la fragmentación y la violencia simbólica y material encuentran en la escuela un espacio de manifestación. La región capital, con sus particularidades, no escapa a ese clima de época.
Pensar que se trata únicamente de conductas individuales sería reducir el problema. Detrás de cada amenaza hay un contexto: vínculos debilitados, falta de horizontes claros, crisis de autoridad, sobreexposición a discursos agresivos y una creciente dificultad para tramitar conflictos. La escuela, que históricamente funcionó como espacio de construcción colectiva y contención, hoy se ve muchas veces desbordada por problemáticas que la exceden.
En este marco, la responsabilidad del Estado es central. Las áreas de seguridad deben actuar con celeridad y eficacia ante cada situación concreta, garantizando prevención y resguardo para estudiantes y docentes. Pero esa intervención no puede ser aislada ni meramente reactiva. Es indispensable una articulación real con el sistema educativo, fortaleciendo los equipos de orientación, generando dispositivos de acompañamiento y dotando a las instituciones de herramientas para abordar estos conflictos de manera integral.
Al mismo tiempo, se vuelve imprescindible una revisión más amplia de las políticas públicas en todos los niveles de gobierno. Lo que hoy aparece en forma de amenaza es apenas la superficie de un sistema cultural, económico, social y educativo que muestra signos de agotamiento. Sin una mirada estratégica que recupere el valor de lo colectivo, promueva la inclusión real y reconstruya sentidos, estos episodios tenderán a repetirse, bajo distintas formas.
En este escenario, los medios de comunicación también tenemos una responsabilidad ineludible. Informar no es amplificar el miedo ni caer en la liviandad o el sensacionalismo. La cobertura de estos hechos requiere rigor, contexto y prudencia. La desinformación o el tratamiento superficial no solo distorsionan la realidad, sino que pueden agravar el problema, generando pánico innecesario o estigmatizando a comunidades enteras. Comunicar con responsabilidad es también una forma de intervenir en la construcción de una sociedad más consciente y menos reactiva.
La Plata, Berisso y Ensenada no son compartimentos estancos: forman parte de un mismo entramado social que hoy está dando señales claras. Las escuelas hablan, a veces de la peor manera posible. La cuestión es si quienes tienen la responsabilidad de gobernar, comunicar y construir comunidad están dispuestos a escuchar antes de que el malestar deje de ser advertencia y se convierta en crisis abierta.