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Delirios globales, locales a la orden del día; poderes que se disuelven

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La reciente escalada bélica protagonizada por Israel y Estados Unidos contra Irán vuelve a poner en evidencia una lógica geopolítica tan conocida como peligrosa: la de los conflictos que, bajo la retórica de la seguridad o la disuasión, terminan expandiéndose sin control y con consecuencias globales. En los últimos días, el bloqueo del estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial—, la interceptación de buques, la amenaza de ataques a infraestructura crítica y un saldo de miles de muertos configuran un escenario que excede largamente a los actores involucrados y tensiona al sistema internacional en su conjunto. Lejos de encaminarse hacia una resolución diplomática, la dinámica actual combina escalada militar y una creciente regionalización del conflicto, con consecuencias globales.

En ese marco, el problema no es solo la guerra en sí, sino la naturalización de un orden donde la fuerza vuelve a imponerse como mecanismo de resolución política. La participación activa de potencias como Estados Unidos no solo amplifica el conflicto, sino que redefine equilibrios globales y reabre interrogantes sobre el derecho internacional, la soberanía y los límites del poder. Cuando las principales decisiones se toman bajo la lógica del ultimátum y no del acuerdo, lo que se erosiona no es solo la estabilidad regional, sino la propia idea de un sistema internacional basado en reglas. Y, en ese punto, la historia reciente ya ha demostrado que las guerras que comienzan como “operaciones estratégicas” rara vez terminan donde sus impulsores imaginan.

Resta saber si Israel y Estados Unidos no toman nota de los nuevos tiempos que se avecinan o si no terminan de resignarse a que otro mundo está emergiendo. El aislamiento internacional en el que se encuentran Donald Trump y Benjamín Netanyahu es evidente, pero ambos insisten, con una mezcla de prepotencia e ignorancia, en avanzar hacia objetivos cada vez más opacos. Los días transcurren y esos objetivos parecen alejarse en la misma medida en que se profundiza el conflicto.

Javier Milei, por su parte, llegó a Israel en este contexto, alineándose una vez más con intereses externos e introduciendo a la Argentina en un conflicto que le es completamente ajeno. La irracionalidad del jefe de Estado argentino alcanza niveles preocupantes y lo aleja cada vez más de una ciudadanía que no encuentra sentido en sus bravuconadas, en su tono irascible, en los recurrentes casos de corrupción que salpican a funcionarios de su entorno ni en un plan de gobierno que restringe derechos, favorece a los grandes capitales y sostiene un esquema económico que promueve despidos, cierres de empresas y comercios, en un contexto de inflación persistente.

La semana pasada señalábamos en esta editorial que los números ya no acompañan ni a las políticas libertarias ni a la imagen del Presidente y su gabinete. También resulta evidente que el fenómeno que llevó a Milei al poder empieza a mostrar una paradoja difícil de ignorar: el mismo ecosistema digital que lo catapultó hoy exhibe signos de desgaste, fragmentación y pérdida de centralidad. Aquel Presidente que se definía como “producto de las redes” enfrenta ahora una caída abrupta en su incidencia —del orden del 87% en X, pasando de 3,1 millones de interacciones mensuales a apenas 400.000—, en un contexto donde la conversación digital se volvió crecientemente adversa, con niveles de negatividad que alcanzan el 89% en torno a su figura y el 93% en menciones vinculadas a la Casa Rosada.

Pero el dato más relevante no es solo cuantitativo: es político. Las redes, lejos de ser un territorio homogéneo de apoyo, se han convertido en un campo de disputa interna, donde crecen las menciones negativas hacia figuras clave como Manuel Adorni —con una imagen negativa cercana al 66% y niveles de rechazo digital en torno al 69%— y Karina Milei —con un 78% de negatividad—. Incluso los temas que estructuran la conversación, como la inflación (con más de 200 mil menciones y siete de cada diez en tono negativo) o los escándalos políticos (con más de 120 mil referencias), consolidan un clima desfavorable. A esto se suma un dato revelador: mientras en los primeros meses de 2024 el oficialismo superaba los 40 millones de reacciones positivas, en el mismo período de 2026 apenas supera los 20 millones, evidenciando una caída significativa en el nivel de adhesión.

Lo que antes funcionaba como una maquinaria de amplificación hoy revela fisuras, fatiga y límites. En ese contexto, la pérdida de tracción digital no parece un fenómeno aislado, sino el reflejo de algo más profundo: cuando el relato deja de expandirse y se repliega sobre un núcleo cada vez más reducido, lo que se erosiona no es solo la comunicación, sino la capacidad de construir consenso más allá de los propios.

El gobierno se encuentra inmerso en una espiral descendente que parece no tener fin. La Justicia, que como pocos sistemas olfatea, lee y entiende los procesos políticos, avanza —¿con ayuda macrista?— en causas como Andis, Libra y Adorni con una velocidad inusitada, aunque largamente esperada.

El deterioro del gobierno de Javier Milei acelera en el peronismo un doble movimiento: la construcción de una alternativa común y, al mismo tiempo, la disputa por su conducción. Referentes como Axel Kicillof, Sergio Massa, Sergio Uñac y Juan Graboisya se posicionan con estrategias propias —desde la ampliación de alianzas hasta el despliegue territorial—, mientras sectores sindicales y dirigentes exploran incluso figuras externas. En paralelo, crece la idea de resolver liderazgos mediante una interna abierta, en un contexto de posible modificación del calendario electoral, lo que apura definiciones y obliga a ordenar la oferta opositora con mayor anticipación.

Sin embargo, esa convergencia está lejos de ser automática. El kirchnerismo, con Cristina Fernández de Kirchner como referencia, condiciona cualquier acuerdo a consensos programáticos concretos —deuda, modelo de desarrollo y reforma judicial—, mientras persisten tensiones internas, especialmente con Kicillof, que complejizan la ingeniería política. Aunque prevalece la convicción de evitar una ruptura, la fragmentación, algunas ambiciones cruzadas y la falta de un programa unificado siguen siendo los principales obstáculos para transformar la expectativa opositora en una alternativa sólida y competitiva.

Sergio Massa, junto a intendentes bonaerenses hizo fulbito, reapareciendo con gestos políticos tras un período de bajo perfil. Juan Grabois lanzó su precandidatura presidencial en un medio de comunicación y reclamó la realización de PASO o internas abiertas. Uñac pide internas y Axel Kicillof, por su parte, profundiza su agenda internacional y suma respaldos regionales sin descuidar la gestión en un contexto cada vez más complejo, que comienza a exigir definiciones de mayor profundidad.

El cristinismo explora alianzas que en otros momentos hubieran parecido impensadas, lo que abre interrogantes sobre su estrategia: ¿construcción de un frente amplio o presión interna sobre el gobernador bonaerense? Un juego a dos bandas, según interpretan algunos. Lo cierto es que, por convicción o necesidad, el espacio que responde a la expresidenta insiste en poner en el centro del debate el programa: qué hacer con la deuda, qué modelo económico impulsar y qué reformas estructurales encarar.

Vuelve a aparecer el “es con todos”, “la unidad hasta que duela”, “hay que aprehender de los errores” y frases para nada innovadoras con caras que han traído al peronismo hasta aquí. Nada de gestualidades para dar cuenta de los “errores”, de haber militado a Macri, ser funcionales electoralmente a la derecha, promover candidaturas de pro genocidas. ¿Suena real la autocrítica de cúpulas sin gestualidades consecuentes como ser pasos al costado? ¿No sería conveniente empezar por debajo a construir esa unidad, con trabajadores, empresarios, médicos, docentes, científicos, con quienes dan de comer en comedores populares, artistas y no con un repetido elenco dirigencial?

Porque, en definitiva, lo necesario, lo importante y lo verdadero parece ser una sola cosa: definir con claridad el proyecto con el que se buscará interpelar a la ciudadanía en el próximo proceso electoral y quienes puedan llevar adelante ese programa y resguardar esa orientación política. A veces se siente que la dirigencia no dimensiona el momento que vive “la política” y lo cansado, defraudado y desahuciado que se encuentra el pueblo.