En una nueva columna cultural en Frecuencia Camalote, el espacio se convirtió en pausa; una charla atravesada por la lluvia, los libros y la necesidad de volver a la palabra. El disparador fue simple, un día gris, de esos que invitan a quedarse adentro. Pero rápidamente la conversación se volvió más profunda. “Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo”, fue el título elegido, en diálogo con Cortázar y ese universo donde la poesía, incluso cuando parece menor dentro de una obra, encuentra su forma de persistir.
Desde ahí, el recorrido se abrió hacia una pregunta tan vieja como inagotable: ¿qué es la poesía? Lejos de buscar una definición cerrada, la respuesta fue más bien un rodeo, una aproximación. Se habló de lo breve como potencia, de una verdad difícil de explicar, de una emoción que no siempre nos pertenece pero que, sin embargo, nos atraviesa. “Es como si nos agregaran una emoción que no sabíamos que teníamos”, se dijo.
La poesía, en ese sentido, no necesita justificar ni construir como la narrativa. Puede prescindir de la lógica, de los caminos explicativos. Aparece, irrumpe, se instala. Y cuando lo hace, es difícil escapar a su efecto.
Juan Gelman fue el eje de la columna. Su obra, disponible hoy en múltiples formatos, fue recomendada como un punto de partida —o de regreso— para quienes buscan acercarse a la poesía. Desde sus libros reunidos hasta sus lecturas en vivo, donde la palabra dialoga con el silencio y la música, Gelman aparece como una experiencia más que como un autor.
Pero también hubo lugar para pensar la poesía en sí misma, incluso cuando habla de sí. Una especie de “meta-poesía” donde los versos, más allá de sus temas aparentes pueden leerse como una búsqueda constante de ese algo inasible que los origina. “La poesía siempre habla de la poesía”, resonó como una idea que reordena la lectura.
En ese juego, los poemas dejan de ser sólo lo que dicen para convertirse en lo que provocan. Una imagen que aparece en una bicicleta bajo la lluvia, un verso que encuentra sentido fuera del libro, en la vida cotidiana. La poesía como algo que se acumula y, en algún momento, se revela.
El cierre llegó, como no podía ser de otra manera, con un poema de Gelman. “Sobre la poesía”, leído en voz alta, trajo una mezcla de ironía, ternura y profundidad. Un texto que, desde lo coloquial, vuelve a poner en escena esa tensión entre lo marginal y lo esencial: pocos la leen, dice, pero aún así persiste. Incluso en las condiciones más adversas.
“Lo lindo es saber que se puede cantar en las más extrañas situaciones”, escribe Gelman. Y en esa frase parece condensarse todo; la poesía como resistencia, como resto, como algo que sigue ocurriendo aun cuando todo lo demás se desmorona.
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