Los salarios continúan perdiendo frente a la inflación y profundizan el deterioro del poder adquisitivo, en un contexto donde el consumo interno sigue debilitándose y afecta de manera directa a la actividad económica. De acuerdo con los últimos datos disponibles, desde septiembre los ingresos vienen creciendo por debajo del aumento de precios, una tendencia que se sostiene tanto en el sector privado como en el público, aunque con mayor impacto en este último.
En febrero, por ejemplo, los salarios del sector público nacional registraron una suba de apenas 0,6%, muy por debajo de una inflación cercana al 2,9%, lo que evidencia el atraso acumulado. Este desfasaje repercute de lleno en el consumo; con menos capacidad de compra, los hogares restringen gastos y eso se traduce en una menor demanda de bienes y servicios.
El fenómeno ya es percibido por los propios sectores productivos. Tanto la industria manufacturera como las grandes cadenas de supermercados coinciden en señalar que la principal limitación para crecer es la caída de la demanda interna, un factor que supera el 50% en las respuestas relevadas. La consecuencia es un círculo difícil de revertir; menos consumo implica menos ventas, lo que reduce la producción y termina impactando en el empleo.
A contramano de lo que podría esperarse, la inflación no responde a un exceso de demanda, sino a incrementos en costos específicos. La suba de tarifas, el encarecimiento de los combustibles y el aumento en el precio de los alimentos, especialmente la carne, aparecen como los principales motores de la dinámica inflacionaria reciente.
En este marco, la política de congelamiento de los combustibles por 45 días introduce un interrogante adicional. Si bien la medida buscó contener los precios, se implementó sobre niveles ya elevados, por lo que una eventual liberación podría derivar en un nuevo salto inflacionario. A esto se suman factores externos, como la volatilidad del precio internacional del petróleo y las tensiones geopolíticas, que agregan incertidumbre al escenario.
En paralelo, se consolida un esquema productivo con comportamientos divergentes. Mientras sectores como el petróleo y la minería muestran dinamismo, la industria y el comercio continúan en retroceso. Esta configuración plantea un desafío adicional, ya que las actividades en crecimiento no tienen la misma capacidad de generar empleo que aquellas que se encuentran en caída.
Así, el panorama económico combina salarios rezagados, consumo en baja y una actividad que no logra repuntar, en un contexto donde la inflación persiste impulsada por factores de costos y donde la recuperación aparece, por ahora, limitada a sectores específicos de la economía.