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Prometer en tiempos de incertidumbre, una palabra en crisis

INCERTIDUMBRE

En un presente atravesado por la velocidad, la incertidumbre y la sensación constante de derrumbe, detenerse a pensar puede ser un gesto casi contracultural. En ese marco, la filosofía vuelve a ofrecer herramientas para leer lo que nos pasa: ¿qué lugar ocupan hoy las promesas?

La filósofa catalana Marina Garcés planteó que vivimos una verdadera crisis de las promesas. No se trata sólo de una percepción cotidiana, la idea de que “nadie cumple”, sino de un fenómeno más profundo que atraviesa la forma en que nos vinculamos y proyectamos el futuro.

Prometer no es simplemente decir algo, más bien es un acto de palabra que crea vínculo, que compromete y que conecta el presente con lo que vendrá. En ese sentido, la promesa tiene un carácter performativo; no describe la realidad, sino que la construye. Cada promesa abre un mundo posible.

Sin embargo, en el contexto actual, ese gesto parece debilitado. La incertidumbre, el ritmo vertiginoso y la fragilidad de las estructuras sociales erosionan la capacidad de proyectar a largo plazo. “¿Quién puede prometer algo hoy?”, es la pregunta que sobrevuela.

Históricamente, las promesas funcionaron como grandes organizadoras sociales; la religión prometía salvación, la política igualdad, la economía prosperidad. Hoy, esas narrativas aparecen en crisis, y con ellas, la confianza en el futuro.

Según Garcés, también hubo un desplazamiento, porque la promesa fue reemplazada por la predicción. En lugar de proyectar futuros abiertos, nos movemos en escenarios calculados, definidos por algoritmos que anticipan comportamientos y reducen la incertidumbre a datos.

En ese pasaje, se pierde algo esencial, la dimensión ética y colectiva de la promesa. Ya no se trata de comprometerse con otros para construir un mundo, sino de adaptarse a lo que “probablemente” va a ocurrir.

Frente a este panorama, la filósofa propuso recuperar la promesa como práctica política, incluso aceptando la posibilidad del fracaso, permite imaginar y sostener futuros más habitables.

En esa línea, la incertidumbre deja de ser solo amenaza y se vuelve también oportunidad. Lo incierto, lo extraño, aquello que no controlamos, puede abrir espacios para el pensamiento crítico, la creatividad y nuevas formas de encuentro.

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