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«Se está cocinando una guerra civil»

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Los hechos recientes en Estados Unidos empiezan a leerse menos como episodios aislados y más como señales de un clima social que se va deteriorando. Los intentos de atentado contra Donald Trump, junto con otros actos de violencia dirigidos contra figuras del poder económico, muestran que hay una acumulación de tensiones que ya no encuentra canales institucionales claros para expresarse. En ese contexto, la idea de que se trata simplemente de “individuos desbordados” empieza a quedar corta frente a una realidad más compleja.

Una de las claves para entender este fenómeno es la debilidad de las formas de organización colectiva. A diferencia de otras sociedades donde el conflicto puede canalizarse a través de sindicatos, movimientos sociales o estructuras comunitarias, en Estados Unidos predomina una lógica más individual. Esto implica que el malestar no se articula de manera colectiva, sino que muchas veces estalla de forma aislada. Y cuando esa soledad se combina con un acceso extendido a armas, el resultado es una dinámica mucho más difícil de contener.

La polarización política profundiza este escenario. El país aparece dividido no sólo en términos ideológicos, sino también territoriales y culturales; las costas, más urbanas y vinculadas al Partido Demócrata, frente a un interior más conservador asociado al Partido Republicano. Esta fractura atraviesa identidades, valores y modos de vida, generando una tensión constante que se expresa tanto en las urnas como en la vida cotidiana. En ese marco, no resulta descabellado pensar en conflictos que ya no sean solo discursivos.

A esto se suma un elemento que complejiza aún más el panorama como lo es el uso de tecnología para influir en el comportamiento social. Casos como el de Cambridge Analytica marcaron un punto de inflexión, pero hoy las herramientas disponibles son mucho más avanzadas. Empresas como Palantir Technologies permiten cruzar enormes volúmenes de datos para construir perfiles detallados de la población, lo que abre la puerta a estrategias de manipulación mucho más precisas y difíciles de detectar.

En este entramado, figuras como Peter Thiel financian proyectos políticos y también impulsan una visión del mundo donde la tecnología juega un rol central en la organización social. El riesgo que se plantea es que estas herramientas aparte de influir en las elecciones terminen condicionando de manera más profunda la capacidad de las sociedades para tomar decisiones autónomas.

El resultado es un escenario cargado de tensiones, una sociedad fragmentada, con altos niveles de malestar, escasa contención institucional y una capacidad tecnológica creciente para intervenir en la vida política.

La idea de una guerra civil no aparece necesariamente como un evento inmediato, pero sí como una posibilidad que se va gestando. Más que una explosión repentina, lo que se describe es un proceso lento, donde la temperatura social aumenta de a poco, hasta que los conflictos dejan de ser excepcionales y pasan a formar parte de una nueva normalidad.

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