La caída en la imagen de Javier Milei que reflejan las encuestas de estas semanas puede leerse también en clave cultural, como una escena conocida en nuestra tradición: la del tango Cuesta abajo. En esa canción, la voz que canta no describe un derrumbe repentino, sino un descenso sostenido, una pendiente que se vuelve cada vez más difícil de revertir. No hay un momento único de quiebre, sino una acumulación de señales que anticipan el desenlace. Algo de ese clima aparece hoy en los números que repiten distintas consultoras: más que una crisis puntual, lo que se percibe es una trayectoria. Relevamientos recientes como los de Atlas Intel ubican la aprobación presidencial en torno al 35% con niveles de rechazo que superan el 60%, mientras estudios locales como los de Zuban Córdoba y Asociados muestran una caída sostenida de la imagen positiva y un crecimiento del malestar económico como principal preocupación social.
En la canción que inmortalizó Carlos Gardel, el protagonista habla desde un lugar de desilusión, donde aquello que alguna vez fue promesa empieza a vaciarse de sentido. Esa misma lógica puede observarse en la dinámica política actual. El gobierno que llegó con la potencia de lo disruptivo, con una narrativa de cambio radical y una promesa de ordenamiento económico, empieza a enfrentar el desgaste de una realidad que no acompaña ese relato. El ajuste sobre los ingresos, la persistente pérdida del poder adquisitivo, los despidos en distintos sectores y el cierre de pequeñas y medianas empresas funcionan como ejemplos concretos de esa distancia entre expectativa y experiencia. No es casual que distintas mediciones coincidan en que más de la mitad de los encuestados considera que la situación económica es peor que meses atrás y que las expectativas a futuro se han deteriorado.
La “cuesta abajo” se vuelve visible cuando se observan esas situaciones cotidianas: trabajadores que necesitan más de un empleo para sostenerse, comercios que bajan sus persianas, familias que recortan gastos básicos o abandonan proyectos. Mientras tanto, el discurso oficial insiste en indicadores macroeconómicos o en promesas de un futuro mejor que aún no llega. Esa disociación es, justamente, uno de los núcleos del tango: la tensión entre lo que se creyó y lo que finalmente fue. Incluso algunos sondeos reflejan que la preocupación por el empleo y los ingresos ya desplazó a otros temas que habían sido centrales en la agenda pública, marcando un cambio de prioridades en la sociedad.
Hay también otro elemento que refuerza la analogía. En Cuesta abajo, no solo hay tristeza, sino una cierta conciencia tardía, una mirada que reconoce que el rumbo elegido tenía señales que no fueron atendidas a tiempo. En el plano político, algo similar comienza a insinuarse cuando sectores que acompañaron el proyecto empiezan a expresar dudas o cuando el apoyo inicial se transforma en escepticismo. Las encuestas que muestran una caída sostenida de la imagen presidencial no solo miden opinión: registran ese cambio de clima, ese pasaje del entusiasmo a la incertidumbre. Algunos estudios incluso señalan que el rechazo a una eventual continuidad del proyecto ya supera ampliamente a quienes lo respaldarían, consolidando un escenario de creciente desgaste.
El estilo de liderazgo, que en un primer momento capitalizó la confrontación y el shock como herramientas de construcción política, también empieza a encontrar límites en la gestión. Las formas que antes resultaban disruptivas hoy pueden ser leídas como insuficientes frente a problemas concretos. La escena pública, cargada de gestos y declaraciones altisonantes, pierde eficacia cuando no logra traducirse en mejoras palpables en la vida cotidiana. Es ahí donde la pendiente se vuelve más pronunciada.
Sin embargo, como todo tango, esta historia no está completamente escrita. Cuesta abajo es también la expresión de una toma de conciencia: el momento en que se reconoce el descenso. En política, ese reconocimiento puede abrir dos caminos. Uno, el de profundizar la misma lógica que llevó a la caída, redoblando apuestas sin modificar el rumbo. Otro, el de interpretar las señales, asumir el desgaste y ensayar correcciones.
Por ahora, lo que muestran los datos y el clima social es que el gobierno transita esa pendiente. No como un final inevitable, pero sí como una advertencia clara. Porque, como en el tango, cuando la distancia entre lo prometido y lo vivido se vuelve demasiado grande, la caída deja de ser una posibilidad y empieza a sentirse como una experiencia concreta.
* Cuesta Abajo es un tango con letra de Alfredo Le Pera y música de Carlos Gardel. Fue grabado por el Zorzal Criollo en 1934.