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Una nueva orfandad para musicalizar

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La muerte tiene, entre otras cosas, el don de mostrarnos la dimensión y la ubicación de las personas de una manera muy fidedigna. La del que parte y la de los que quedamos. 

Ante la muerte, la grandeza no puede fingirse ni impostarse ni, mucho menos, negarse o disimularse. Otro tanto debe ocurrir con la insignificancia. La muerte, la muerte reciente sobre todo, es la hora de la verdad, es un ejercicio colectivo de honestidad brutal: quién partió y cuánto importa.

Tal vez por eso nos sigue sorprendiendo, aunque sepamos que fulano es mortal, que todos lo somos y que es el único destino inevitable. Aunque llevemos años preparándonos, en lo más íntimo, para recibir ciertas noticias.

No llegué, por motivos cronológicos, a conocer La Cofradía de la Flor Solar. Pero escuché Los Redondos en un TDK con ruido de fritura adquirido en Parque Rivadavia. Hice cola (en la vereda, no virtual), para comprar entradas para Obras, Autopista, Racing, Lanús, Huracán y seguro me olvido de unos cuántos más.

De aquellos años, rescato lo festivo del encuentro, de la multitud, de la música. Algo de su poesía me fascinaba, pero no terminaba de entender qué. Es que los Redondos, el Indio y luego Los Fundamentalistas, son como esos vinos complejos o como los dibujos animados para grandes y chicos, que los atraen a la vez pero por distintos motivos.

Tardé un poco más en notar que la tapa de Bang Bang tenía una reversión de Rocambole de Los fusilamientos de Goya, que también ilustraron la tapa de varias ediciones de Operación Masacre. Y más todavía en comprender que algunas letras de La Mosca y la Sopa, además de describir, anticipaban el desastre neoliberal que desplegaba sus tentáculos sobre Argentina, ya en1991.

Esos tentáculos me alcanzaron, a mi y a mi familia de origen, con su carga de desempleo, angustia, depresión y sinsentido, más o menos como en un texto de Juan Diego Incardona, que tan bien reflejan el clima de época. 

En retrospectiva, observo mi orfandad de entonces. En ese momento no la sentía, menos mal. Creo que la música, las misas, los pares, me ayudaron a disimularla y así sobrellevarla.

Tuve que crecer, hacerme adulto, digamos, aceleradamente, para los estándares de la clase media, entonces como ahora, agonizante. Dejé de ir a los recitales. Me perdí unos cuántos Huracán, no fui a River. Descubrí el tango, el jazz, el candombe. Más tarde la música clásica. El rocanrol empezó a aburrirme, pero seguí escuchando Redondos. 

Recién ahora creo entender por qué. Lo mismo, creo, debe pasarles a algunos mayores con las orquestas de D’Arienzo, Pugliese o Di Sarli, que se enamoraron en un baile de carnaval en un club de barrio.

Los Redondos son la banda de sonido de una vida. Sonaron de fondo en los encuentros, despedidas, viajes, enamoramientos y desamores de argentinos y argentinas de casi todas las edades. Yo me acuerdo de Margarita, del Viejo Correo, de viajes a Gualeguaychú en un Renault 12. El Indio estuvo ahí en los momentos importantes de nuestras vidas. 

Por eso el tipo, los tipos, están en las banderas que veo en la cancha, en las remeras que usan pibes que sólo conocieron en vivo a Los Fundamentalistas, y en los tatuajes que miles decidieron lucir para siempre. 

En 2024, mi hijo me sorprendió con entradas para el recital del Estadio Único. Recuperé una parte de mi, que había pasado por mucho tiempo sepultada. Se lo agradecí. Repetimos en Baradero. Pude disfrutar de otra dimensión de las misas, la transgeneracional. Justo antes del final.

Hoy, mientras suena por enésima vez el Blues de la libertad, siento la orfandad toda junta, la de mi adolescencia en los noventa y la nueva, la que trajo este día gris de otoño.