ESCUCHÁ LA RADIO EN VIVO

Una pluma que fue cambiando junto con la Argentina

Screenshot

Le escapó a la dictadura refugiándose en la metáfora, en los personajes deformes, en las imágenes oblicuas que decían sin decir. Cuando la palabra podía costar caro, eligió la astucia poética.

Oscureció la primavera democrática con una mirada desconfiada. Mientras muchos celebraban el regreso de las instituciones, él observaba las sombras que seguían agazapadas detrás de los discursos luminosos. Nunca creyó demasiado en las promesas de felicidad inmediata.

Retrató los años ochenta como un carnaval extraño: exceso, desencanto y supervivencia. Sus canciones estaban pobladas de outsiders, noctámbulos, buscavidas y derrotados que caminaban por los márgenes de una fiesta a la que nunca habían sido invitados.

Durante los noventa se volvió más filoso y hasta visionario. Su escritura absorbió el cinismo de una época atravesada por el consumo, la frivolidad y la exclusión. Allí aparecieron algunas de sus letras más feroces, donde el poder era una maquinaria grotesca y el éxito una trampa cuidadosamente decorada.

Con la crisis del cambio de siglo, su poesía ganó espesor existencial. Ya no hablaba solamente de la Argentina: hablaba también de la fragilidad humana, del paso del tiempo, de la derrota, de la memoria y de la persistencia de los sueños. A cuesta de su lírica rebelde, tan cercana como metafórica y su coherencia fue con “Los Redo”, un refugio en esos tiempos donde salvo la religión nadie mitigaba el desasosiego social. 

Pero cuando sintió que el poder económico, judicial o mediático avanzaba sobre dirigentes que él consideraba representantes de los sectores populares, tomó partido sin demasiadas vueltas. Su apoyo al peronismo o al kirchnerismo nació menos de la disciplina partidaria que de una desconfianza histórica hacia las corporaciones que, según creía, condicionaban la democracia argentina.

En su etapa solista la mirada se volvió más introspectiva. El mundo siguió siendo objeto de su crítica, pero comenzó a convivir con reflexiones sobre el cuerpo, la enfermedad, la vejez y la propia condición mortal. El observador implacable empezó a dialogar con sus propios fantasmas.

A lo largo de toda su obra sostuvo una misma certeza: desconfiar del poder, abrazar a los marginados y defender la libertad individual frente a cualquier forma de domesticación. Y en ÉL, toda letra fue política.

Su poesía nunca fue la de los vencedores. Fue la de los que miran desde la vereda de enfrente, la de los que sospechan cuando todos aplauden, la de los que encuentran belleza en los restos de cada época.

Por eso sus letras envejecieron mejor que muchos discursos. Porque no hablaban solamente de un momento histórico: hablaban de la condición humana atravesando la historia.