Por Maxi Solís
Hay géneros musicales que se pueden explicar desde la técnica. El jazz por su armonía, el tango por su cadencia o el rock por su energía. Con el reggae ocurre otra cosa. Para entenderlo no alcanza con hablar de guitarras en contratiempo o de líneas de bajo profundas. Hay que mirar la historia de Jamaica, el legado de la esclavitud, el movimiento rastafari y una generación que encontró en la música una manera de decir lo que la política no resolvía.
Cada 1° de julio se celebra el «Día Internacional del Reggae», una fecha nacida en 1994 por iniciativa de la periodista jamaiquina Andrea Davis y reconocida mundialmente tras la declaración de la UNESCO, que en 2018 incorporó al reggae como «Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad». El reconocimiento no estuvo dirigido únicamente a su influencia artística, sino también a su aporte a la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la discriminación y la construcción de una cultura de paz.
La historia de esta celebración comenzó cuando Andrea Davis escuchó en Kingston un discurso de Winnie Mandela, quien destacó cómo el reggae había logrado «elevar, inspirar y unir» al pueblo sudafricano durante la lucha contra el Apartheid. Aquellas palabras despertaron una idea sencilla pero poderosa: si la música jamaiquina había servido para acompañar la liberación de otros pueblos, Jamaica debía tener un día para honrar ese legado.
Años después, la propia Andrea Davis recordó el propósito con el que nació esta celebración: «Cuando el Día del Reggae se estrenó el 1 de julio de 1994, la idea era movilizar a las estaciones de radio de Jamaica para mostrar las raíces y las ramas de nuestra música, promover estándares de calidad en los medios, establecer un Salón de la Fama y, sobre todo, ayudar al pueblo de Jamaica a salir adelante a través de su propia creatividad». Esa visión terminó convirtiendo una iniciativa local en una celebración de alcance mundial.
El reggae surgió en Kingston hacia finales de los años sesenta. Jamaica acababa de independizarse del Reino Unido, pero la pobreza, el desempleo y la desigualdad seguían marcando la vida cotidiana. En los barrios populares comenzaron a mezclarse el ska, el rocksteady, el rhythm and blues estadounidense y las tradiciones afrocaribeñas. De esa combinación nació un sonido nuevo, con el bajo como protagonista y letras que reflejaban la realidad de quienes pocas veces tenían voz.
No era una música para escapar de la realidad. Era una herramienta para enfrentarla. Sus canciones hablaban de violencia, exclusión, colonialismo, racismo, esperanza y dignidad.
Muy pronto el reggae quedó unido al movimiento rastafari, que fortaleció una identidad cultural y espiritual basada en la reivindicación de África y en la crítica al sistema heredado del colonialismo. De allí nacen conceptos como Babylon, símbolo de la opresión, y Zion, representación de la libertad, la justicia y el regreso espiritual a las raíces.
Con el paso del tiempo, la industria convirtió muchos de sus símbolos en una estética reconocible. Sin embargo, los grandes referentes del género insistieron siempre en que el verdadero corazón del reggae estaba en su mensaje.
La figura que llevó esa música a todos los rincones del planeta fue Bob Marley. Junto a The Wailers logró transformar historias profundamente ligadas a Jamaica en himnos universales. Canciones como One Love, Redemption Song, Exodus y Get Up, Stand Up siguen vigentes porque hablan de libertad, igualdad, identidad y derechos humanos.
Pero la historia del reggae no termina en Marley. Peter Tosh, Bunny Wailer, Burning Spear, Jimmy Cliff, Black Uhuru, Steel Pulse, Israel Vibration, Gregory Isaacs, Dennis Brown,Tiken Jah Fakoly, Ampha Blondy, Luciano y Sizzla ampliaron el horizonte del género sin perder de vista sus raíces.
En Argentina, el reggae encontró una identidad propia durante los años noventa. Los Pericos lo acercaron al gran público, mientras que Todos Tus Muertos, Resistencia Suburbana, Nonpalidece, Fidel Nadal, Alika, Los Cafres, Lumumba, Kameleba, Zona Ganjah y Riddim consolidaron una escena que continúa creciendo en todo el país.
Aunque muchas veces quedó asociado al verano, la playa o al consumo recreativo de cannabis, el reggae nació como una música de resistencia. Sus letras siguen denunciando la pobreza, la violencia, la discriminación, el colonialismo y la desigualdad, recordando que la música también puede ser una herramienta de transformación social.
Más de medio siglo después de su nacimiento, el reggae continúa encontrando nuevas generaciones de oyentes. No porque ofrezca respuestas fáciles, sino porque sigue planteando una pregunta que permanece vigente: ¿qué lugar ocupa la dignidad humana en un mundo donde el progreso no siempre llega para todos?
Porque el reggae cambió de escenarios, de públicos y de generaciones. Lo que nunca cambió fue el lugar desde donde decidió mirar el mundo: siempre desde abajo, del lado de quienes siguen luchando por la justicia, la igualdad y la libertad.