La Independencia siempre se escribe en presente

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El 9 de Julio suele quedar atrapado entre los actos escolares, las escarapelas y el locro. Es una fecha tan repetida que, muchas veces, olvidamos la magnitud de lo que ocurrió en Tucumán hace 210 años.

Aquellos diputados no firmaron solamente un acta. Tomaron una decisión que, para la época, rozaba la locura: un puñado de provincias pobres, despobladas y en guerra resolvía dejar de obedecer al imperio más poderoso que conocía su historia. Pero la ruptura con España era apenas el comienzo. Declararse independiente era asumir la responsabilidad de gobernarse solo, de producir, de comerciar, de defender el territorio y de imaginar un destino propio.

La pregunta nunca fue únicamente de quién nos independizábamos.

La verdadera pregunta era para qué queríamos ser independientes.

Por eso la historia de la Argentina puede leerse como una larga discusión alrededor de esa idea.

San Martín entendía que la libertad no terminaba en los Andes. Mientras existiera un enclave colonial en Sudamérica, la independencia de las Provincias Unidas sería frágil. Belgrano insistía en la educación porque sabía que un pueblo sin conocimiento termina pensando con la cabeza de otros. Moreno discutía el monopolio comercial porque intuía que cambiar de bandera sin modificar las relaciones económicas era una libertad incompleta. Artigas soñaba una patria donde las decisiones nacieran desde los pueblos y no desde las élites del puerto.

Ninguno hablaba únicamente de banderas.

Hablaban de soberanía.

Y la soberanía nunca fue una pieza de museo.

Cada época encuentra nuevas formas de dependencia. Ayer fueron los imperios. Más tarde llegaron las potencias industriales. Después aparecieron los organismos internacionales de crédito, los condicionamientos financieros, las corporaciones capaces de influir sobre economías enteras y un mundo donde las decisiones parecen tomarse cada vez más lejos de quienes deberán soportar sus consecuencias.

Por eso reducir la independencia a una fecha patria es quedarse con la fotografía y perderse la película.

Hoy la discusión pasa por otro lado.

Pasa por preguntarnos quién decide qué hacemos con el litio, con Vaca Muerta, con nuestros ríos, con los alimentos que producimos o con el conocimiento que generan nuestras universidades. Pasa por discutir si el trabajo argentino es una variable de ajuste o el motor del desarrollo. Pasa por definir si la ciencia es un gasto o una inversión, si la educación pública es un privilegio o una condición indispensable para que un país pueda pensar con autonomía.

En definitiva, la independencia tiene mucho menos que ver con el aislamiento que con la capacidad de elegir.

Ningún país serio vive de espaldas al mundo. Todos comercian, negocian, buscan inversiones y construyen alianzas. Pero una cosa es integrarse y otra muy distinta es aceptar que otros decidan cuál será nuestro lugar.

La historia demuestra que las naciones que lograron desarrollarse fueron las que tuvieron un rumbo. Estados Unidos protegió su industria durante más de un siglo antes de convertirse en la principal economía mundial. Alemania reconstruyó su aparato productivo después de la guerra. Corea del Sur pasó de ser uno de los países más pobres del planeta a una potencia tecnológica porque nunca renunció a planificar su desarrollo. Ninguno esperó que el mercado resolviera por sí solo su destino.

La Argentina tampoco podrá hacerlo.

Hace demasiado tiempo que discutimos administraciones cuando deberíamos discutir un proyecto nacional. Cambian los gobiernos, cambian los nombres, cambian los discursos, pero seguimos debatiendo la coyuntura mientras postergamos las preguntas importantes.

¿Para qué queremos nuestros recursos?

¿Qué perfil productivo necesita el país?

¿Cómo agregamos valor a lo que producimos?

¿Qué papel deben ocupar la universidad, la ciencia, la industria y el trabajo en ese modelo de desarrollo?

Esas preguntas son tan actuales como las que se hicieron los congresales de Tucumán en 1816.

Porque la independencia no es un recuerdo.

Es una decisión que se renueva cada día.

Se ejerce cuando un país puede elegir su rumbo sin aceptar como inevitables las recetas ajenas. Cuando invierte en el talento de su gente antes que en la especulación. Cuando entiende que sus recursos estratégicos son herramientas para el desarrollo y no simples mercancías. Cuando el trabajo vuelve a ser la base sobre la cual una sociedad organiza su futuro.

Hace doscientos diez años los congresales declararon que estas tierras querían ser libres.

La tarea de nuestra generación es otra.

Conseguir que esa libertad tenga contenido.

Que soberanía no sea una palabra para los discursos, sino una práctica cotidiana. Que la Argentina vuelva a pensarse desde sí misma. Que recupere la voluntad de escribir su propio destino sin pedir permiso ni aceptar que otros lo escriban por nosotros.

Quizás, después de todo, eso sea lo que seguimos celebrando cada 9 de Julio.