René Favaloro: la herida abierta de un país que no siempre sabe cuidar a los mejores

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Cada 12 de julio vuelve un nombre que la Argentina pronuncia con respeto. No hace falta decir que fue el creador del bypass coronario. Tampoco que salvó millones de vidas. Eso ya pertenece a los libros de medicina. Lo que vuelve, en realidad, es una pregunta mucho más incómoda: ¿qué clase de país fue capaz de llevar a René Favaloro al reconocimiento mundial y, al mismo tiempo, dejarlo tan solo en los últimos años de su vida?

La respuesta no está únicamente en su muerte.

Está, sobre todo, en su vida.

Favaloro nació en La Plata en 1923, en una casa de trabajadores del barrio El Mondongo. Su padre era carpintero. Su madre, modista. Se educó en la escuela pública y se recibió de médico en la Universidad Nacional de La Plata, una institución de la que siempre habló con gratitud y orgullo. Nunca renegó de esos orígenes. Al contrario: los convirtió en una forma de entender la profesión.

Antes de llegar a los grandes quirófanos pasó más de una década ejerciendo como médico rural en Jacinto Aráuz, un pueblo de La Pampa donde el consultorio no terminaba en la puerta del hospital. Allí el médico también recorría caminos de tierra, atendía partos, visitaba chacras, vacunaba, escuchaba y muchas veces acompañaba a las familias en momentos donde la medicina poco podía hacer.

Ese tiempo suele ocupar apenas unas líneas en las biografías. Sin embargo, explica casi todo lo que vino después.

Cuando viajó a la Cleveland Clinic, en Estados Unidos, ya no era solamente un cirujano brillante. Era un médico con una idea muy clara sobre el sentido de su trabajo.

En 1967 desarrolló la técnica del bypass aortocoronario utilizando la vena safena. La operación modificó para siempre el tratamiento de la enfermedad coronaria y convirtió su nombre en una referencia ineludible de la cirugía cardiovascular. Mientras hospitales de todo el mundo incorporaban el procedimiento, Favaloro acumulaba prestigio, reconocimientos y ofertas para quedarse en el exterior.

Eligió volver.

No fue una decisión menor.

Podía haber desarrollado una carrera cómoda, con recursos casi ilimitados y estabilidad económica. Prefirió regresar porque estaba convencido de que el conocimiento no terminaba de cumplir su función si no volvía al lugar donde había nacido.

Así nació la Fundación Favaloro.

Su proyecto no consistía únicamente en levantar un hospital de alta complejidad. Imaginaba una institución donde convivieran la asistencia médica, la investigación científica y la formación de profesionales. Soñaba con una medicina de excelencia que no dependiera del poder adquisitivo del paciente.

Esa idea empezó a chocar contra una realidad cada vez más áspera.

Las deudas acumuladas por obras sociales y organismos públicos fueron poniendo a la Fundación en una situación límite. Favaloro escribió cartas, golpeó puertas y pidió reuniones. No reclamaba privilegios. Pedía que el Estado y las instituciones cumplieran con sus compromisos para evitar que un proyecto construido durante décadas se desmoronara.

No encontró las respuestas que esperaba.

El 29 de julio del año 2000 decidió quitarse la vida.

Todavía hoy existe la tentación de explicar ese desenlace con una única causa. Las dificultades económicas, la deuda de la Fundación o la falta de apoyo político aparecen siempre en primer plano. Pero quienes lo conocieron saben que todo esto lo llevo a algo más profundo.

Favaloro padecía una decepción moral.

Le dolía ver que la honestidad parecía perder terreno frente al oportunismo, que el esfuerzo encontraba menos reconocimiento que la especulación y que el país desperdiciaba una y otra vez a quienes intentaban construir instituciones duraderas.

En una de sus últimas cartas escribió que estaba cansado de «luchar y luchar, galopando contra el viento». La frase, tomada de una canción de Atahualpa Yupanqui, resume mejor que cualquier análisis el estado de ánimo de aquellos días.

Veintiséis años después, cuesta leer esa despedida sin pensar en la Argentina de hoy.

No porque la historia se repita exactamente igual, sino porque muchas de las preguntas siguen abiertas.

¿Qué lugar ocupa la ciencia cuando se discute el presupuesto nacional?

¿Qué valor tiene la universidad pública que formó a generaciones de investigadores, médicos e ingenieros?

¿Cómo se sostiene un sistema de salud que combine excelencia con acceso para todos?

¿Quién acompaña a quienes dedican su vida a producir conocimiento?

Favaloro nunca habló de esos temas desde una tribuna política. Los vivió.

Defendió la educación pública porque era el producto de esa educación. Defendió la investigación científica porque sabía que ningún país se desarrolla comprando siempre el conocimiento que producen otros. Defendió una medicina humanista porque entendía que un paciente nunca podía reducirse a un número de historia clínica.

En tiempos donde el éxito suele medirse por la capacidad de acumular dinero o visibilidad, la figura de Favaloro conserva un valor poco frecuente.

Recordó, con su propia vida, que el prestigio no reemplaza a la ética y que el conocimiento pierde sentido cuando deja de estar al servicio de la comunidad.

Para La Plata, además, su historia tiene un significado particular.

No es solamente el vecino ilustre que alcanzó reconocimiento mundial. Es una de las expresiones más altas de una ciudad que hizo de la universidad, la ciencia, la salud y la cultura parte de su identidad.

Cada 12 de julio conviene mirar algo más que una placa o un busto.

Conviene volver a ese médico que eligió regresar cuando tenía todas las razones para quedarse lejos.

Tal vez allí siga estando la parte más extraordinaria de su historia.

No en la operación que cambió la cardiología mundial.

Sino en la decisión, mucho menos celebrada y bastante más difícil, de apostar por su país cuando todo invitaba a hacer exactamente lo contrario.