Por Lautaro Herrera – Malena Osio Dotti
El 17 de agosto nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en un mundo riquísimo. El sanmartiniano es un mundo tan complejo como amplio y fascinante. Su historia, que a la vez es la nuestra, lo diferencia de otros próceres: San Martín pareciera ser una prenda de unidad nacional. Con él se desprende la fantasía de un territorio común, compartido por todos. Desde Mitre hasta Borges, pasando por Walsh y Favaloro, su figura y sus alrededores nos reflejan, con sus luces y sombras, la Argentina de los siglos XIX y XX.
Si tomamos lo situado, en la Universidad Nacional de La Plata podemos volver los ojos hacia San Martín a través de la voz de Javier Trímboli, en una conversación inagotable por su pregunta que no pierde vigencia: ¿cómo se recoge el hilo de un padre que nos dejó huérfanos? Su nombre, corazón de nuestra identidad, nos revela que aquel es un héroe que no descansa, siempre revisitado, siempre se vuelve a tomar. Un país se lo disputa ¿quiénes son o quiénes somos los herederos de aquel legado?
Su muerte biológica ocurrió hace 176 años, pero su eco pervive. Eso no se debe únicamente a la trascendencia de su heroísmo político en doce ajustados años. Su legado se renueva en la memoria colectiva, los recuerdos de batalla, las imágenes y obras, el escenario político, y fundamentalmente, la escritura de nuestro pasado. Es por ello que, San Martín no es solo los acontecimientos que hacen a la emancipación americana sino también su reverberación. Esa figura, siempre inmortal y renovada, encuentra su continuidad en los usos de la historia. En este nuevo aniversario de su paso a la inmortalidad caminaremos a través de la incógnita que nos presentó Javier Trímboli: la pregunta por su sobrevida, tan poderosa como su propia vida.
La historia de San Martín es la rareza de un héroe de doce años, con una larga vida en el ostracismo voluntario. En sus usos conviven historias muy disciplinadas con historias indisciplinadas, por momentos es político, por otros, únicamente militar. Hay tiempos donde aquel pasado despierta todo tipo de pasiones, y otros tiempos, donde esa pasión parece agonizar. Todo revitaliza una pregunta: ¿qué es lo que uno le pide al héroe y qué es lo que el héroe nos puede dar?
Sin dudas la monumentalización de San Martín inicia su gestación en dos instancias contundentes y decisivas: la repatriación de sus restos en el otoño del año 1880 y la publicación oficial de Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana de Bartolomé Mitre en el año 1887. Fue allí que nació el San Martín padre de la patria. Hasta ese entonces, la Historia de la emancipación continental se encontraba por encima de su figura individual. El hecho era superior al hombre. La fuerza dominante paulatinamente comenzó a autonomizarlo de un proceso colectivo, del cual San Martín se mantenía en sus entrañas.
Pero ¿qué héroe nació de este hombre? Uno ultra racional, desprendido de la necesidad de Mitre de configurar un imaginario colectivo a la altura del Estado-nación que se estaba construyendo. La experiencia sanmartiniana tenía que caber en los estándares narrativos de una nueva Argentina capaz de producir una suerte de homogeneidad identitaria que expulsara de sí misma la multiplicidad y diversidad de sujetos y tensiones, o al menos, que las mostrara desde la óptica de un héroe capaz de conducirlos y mediarlos, incluyéndolos y excluyéndolos al mismo tiempo. Este era un reflejo de la proyección mitrista de conducción política hacia fines del siglo XIX.
Moldeado a la medida de su tiempo, el valioso encuentro de parlamento entre San Martín y los caciques pehuenches, hacia septiembre de 1816, con el objetivo de pedirles su autorización para cruzar los Andes, fue presentado por Bartolomé Mitre como un frío cálculo de un héroe desconfiado de las poblaciones indígenas, dispuesto a engañarlas para los honorables fines de la futura nación. Un suceso que reflejó la valiosa proyección de emancipación continental de San Martín quedó reducido a un movimiento meramente táctico y racional. Desprendido de su épica, y sin dudas, desprendido del sentimiento americano que Raúl Scalabrini Ortiz denominó como espíritu de la tierra.
La Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana se replicó y extendió en miles de libros, publicaciones, manuales y actos escolares con el objetivo de funcionar como un dispositivo sólido que fuera cemento ideológico. Lo que produjo una operación literaria que historizó a nuestro prócer a costa de desprenderlo de su propia historia, escindiéndolo de los fenómenos sociales, culturales y políticos de su tiempo. Esto significó que San Martín, al canonizarse, se deshistorizó.
Al calor del siglo XX, luego de los tiempos del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1933 Ricardo Rojas torció esta operación. El San Martín racional, deshistorizado y atomizado, ahora recibía el rótulo de Santo de la espada. ¿Qué debe tener un hombre para ser santo? A priori, una vida marcada por el camino de los renunciamientos. Para Rojas, la principal renuncia fue al poder político tanto español como criollo. Ya no se trataba de un héroe calculador sino de un hombre -devenido en santo- que frente a la política de escritorio había optado por la causa de América, una de sus deidades.
Para este nuevo santo, Rojas no dudó en vincular la emancipación americana con las poblaciones indígenas, destacando el encuentro entre San Martín y los pehuenches como un acto heroico de redención revolucionaria. En su ruptura con la historiografía mitrista, el autor le opone a la visión cínica liberal una concepción revolucionaria que se liga al pasado prehispánico y a sus sujetos, entendidos como actores con agencia política propia. Solo eso explicaría que, en palabras de Rojas, San Martín se presente ante los pehuenches exclamando “(…) como yo también soy indio, voy a acabar con los godos que les han robado a Vds. las tierras de sus antepasados”2
Sin dudas, muchos San Martines caben en nuestra identidad nacional y este fue producto de la búsqueda de su autor por construir una filiación identitaria americana, al calor de un contexto de entreguerras que produjo la crisis moral, social y política de Occidente. Cabría preguntarse si, en esta operación, la sacralización de San Martín no solo lo despojaba de una visión occidental e iluminista, sino también acabó por alejarlo de la arena de la política como un territorio de disputas que él mismo hábito.
Hacia finales del siglo XX, el análisis de Javier Trímboli indicaba que San Martín había perdido su épica. Como en sus clases, la historia nos propone un nuevo interrogante: ¿cómo se explica que, para la década de 1980, la banda Sumo cantara en sus conciertos
“no vayas a la escuela porque San Martín te espera”? Sin dudas aquel debilitamiento de la épica sanmartiniana se traducía en lo que Trímboli denominó como la pérdida de contacto entre la historia y la comunidad. Aquello era una respuesta al accionar de la dictadura de 1976 y sus propios mecanismos de reinvención histórica de San Martín, que podemos situar especialmente en las intensas celebraciones a propósito de su natalicio en el año 1978. Tal como advertía nuestro profesor, el trabajo de divulgación histórica del terrorismo de Estado trazó una continuidad con la operación simbólica que había propuesto por Julio Argentino Roca en los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo atravesada por la noción de una Argentina blanca, homogénea y civilizada.
Los gobiernos militares produjeron un abuso de los héroes patrios, reforzando su identidad de próceres de mármol frío e insípido y su perfil de conducción iluminista y racional, un rol que los ponderaba por encima de la sociedad, cada vez más lejos de la gente, produciendo su agotamiento. En palabras de Trímboli y Lourdes Murri los festejos exaltaron una idea de nacionalismo asociada al rol de las fuerzas armadas que “funcionó a modo de ‘juego de espejos’ entre coyunturas donde la lucha por la civilización occidental y cristiana’ se imponía sobre los salvajes/subversivos”3.
Hacia el contexto de la post dictadura y luego de la derrota en la Guerra de Malvinas, el padre de la patria aparecía acabado ante la sociedad civil: “una vez un teniente habló en la isla de que los oficiales tendrían que hacer como San Martín y un capitán le dijo que a San Martín, en las Malvinas, se le hubiera resfriado el caballo”4. Daba la sensación de que San Martín y la Historia no cuajaban en la vuelta democrática. En nuestras aulas, Trímboli explicaba que esa narrativa ya no podía sostenerse, pues se trataba de una épica a cara lavada: sin locos, sin pobres, sin guerras perdidas, sin abandonos. En suma, una épica sin problemas que en nada se parecía a nuestra primavera democrática.
Podemos afirmar que esta imagen tampoco se parecía en nada a aquellos tiempos de emancipación americana. Ni a la heroica vida de José de San Martín, atravesada por una visión de soberanía continental al servicio del ejercicio político y público de los pueblos de América del Sur, pensándolos libres de yugos extranjeros o extranjerizantes que los despojen. ¿Dónde está ese San Martín del que hablamos nosotros? ¿Cabe en alguno de los que hemos mencionado? Parecería imposible hacerlo cuajar, o mejor dicho, parecería que un trozo de él se esconde en todos esos San Martines fragmentarios, como espejándonos a nosotros mismos, cuestionando la génesis de nuestra identidad nacional como una tensión inagotable.
San Martín es nuestro héroe porque su dimensión heroica es nuestra posibilidad de proyectar un futuro, anclados a aquel pasado cargado de fuerza y misticismo donde tuvo lugar la hora de los pueblos, bajo líderes capaces de interpretarlos y conducirlos hacia un destino mejor, más allá de sus ambiciones personales. En ese pasado que como hendija, produjo que la patria se haga carnadura, tal vez se encuentre la más actual de nuestras prendas de unidad nacional. Este prócer es el padre de nuestra patria no sólo por su vida, sino también por su enigma, por la pregunta que aún hoy seguimos colmando de sentidos: ¿cómo es que en doce años se convirtió en un héroe? ¿Por qué es nuestro padre el que nos dejó huérfanos?
La elasticidad de su enigmática trascendencia no debe ponernos en la encrucijada por intentar resolverla, sino más bien empujarnos a la tarea de divulgarla repensando su vida y su sobrevida, vibrantes y abiertas, sin resolución aparente. Fueron doce sus años de absoluta intensidad por la liberación continental, por momentos, nuestra orfandad nos ha empujado a pedirle más al héroe, sacrificio o redención. Pero es su corta vida en nuestra tierra la que lo volvió inmortal, pues hizo por América ni más ni menos que lo que le pidió su tiempo. Tal vez eso sea lo heredado y aquella nuestra tarea.