La Antártida también puede tener color verde. En Base Esperanza, donde las temperaturas extremas y el aislamiento forman parte de la vida cotidiana, un módulo hidropónico permite producir lechuga, rúcula, espinaca, albahaca, perejil, acelga y otras verduras para las personas que permanecen durante todo el año en el continente blanco.
Mara Schmid es bióloga y esta es su tercera experiencia en la Antártida. En sus primeras dos estadías, en 2013 y 2014, trabajó con pingüinos junto al grupo de monitoreo de ecosistemas del Instituto Antártico Argentino; en esta oportunidad llegó como auxiliar de Base Esperanza, acompañando a su marido, integrante del Ejército Argentino, y junto a sus dos hijas, de 6 y 10 años.
Base Esperanza tiene una característica particular, es la única base argentina permanente que recibe familias. Allí funciona también la Escuela Provincial Nº 38 “Presidente Raúl Ricardo Alfonsín”, dependiente de la provincia de Tierra del Fuego, donde asisten sus hijas. “La Antártida atraviesa nuestra vida familiar”, contó Mara durante en entrevista con Frecuencia Camalote.
Una de sus principales tareas actuales es estar a cargo del módulo hidropónico antártico, desarrollado a partir de un proyecto en el que participan el INTA, la Dirección Nacional del Antártico y la Universidad Nacional de la Patagonia Austral. El primer módulo fue instalado en Marambio en 2022; luego llegó a Esperanza en 2023 y a Belgrano II en 2024. También está previsto uno para la Base San Martín.
El sistema funciona mediante un circuito cerrado de agua con solución nutritiva que circula constantemente por los cultivos. La temperatura y la humedad se encuentran controladas y las plantas reciben iluminación mediante lámparas LED. De esta manera, una lechuga que en el continente puede tardar alrededor de 60 días en desarrollarse puede estar lista en unos 30 días.
Para Mara, sin embargo, el valor de esta producción excede lo nutricional. “Ver algo verde fresco en tu plato te lleva un poco más al continente”, explicó. Después de meses de consumir alimentos enlatados, secos, congelados y almacenados desde el inicio de la campaña, encontrarse con una hoja de perejil o una ensalada fresca representa también una renovación emocional.
La tarea no es sencilla, el módulo está ubicado a unos 200 metros de su vivienda y Mara debe trasladarse diariamente para controlar la temperatura, la humedad y el funcionamiento del sistema, incluso durante fuertes nevadas y vientos. En una de las experiencias que relató, las ráfagas alcanzaron los 170 kilómetros por hora, mientras que en otra jornada llegó a registrar una sensación térmica de 43 grados bajo cero.
Su formación como zoóloga hizo que el trabajo con plantas sea también un desafío. “Es la primera vez que estoy involucrada con el mundo vegetal”, reconoció entre risas. Ahora experimenta con nuevas especies, entre ellas rabanitos, mientras aprende mediante prueba y error cómo adaptarlas a las condiciones antárticas.
Además del trabajo en el módulo, Mara participa de Radio Nacional Antártida. Junto a otras auxiliares de base, realizó una capacitación en el ISER y produce contenidos vinculados con la vida y la biología antártica. La radio funciona desde 1979 y actualmente, debido a problemas con una antena, parte de la programación se graba para ser emitida posteriormente.
La conversación con Frecuencia Camalote también permitió conocer otro aspecto de la vida en el continente blanco, la imposibilidad de intervenir sobre su fauna. Base Esperanza está rodeada por una de las mayores colonias de pingüinos Adelia, con unas 120.000 parejas reproductivas, y la actividad humana está estrictamente regulada por el Sistema del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid.
Mara define su relación con la Antártida desde el afecto: “Una vez que la conocés, es algo que te enamora”. Mientras espera regresar al continente a fin de año continúa cuidando sus cultivos, produciendo alimentos frescos y descubriendo nuevas formas de habitar uno de los lugares más extremos del planeta.