El apocalipsis, ahora con cotiza en bolsa. El debate sobre la IA y el futuro de la humanidad

Reflexiones-desordenadas-109-Cuando-la-IA-decide-por-nosotros-el-dilema-de-la-autonomia-en-las-decisiones-asistidas-13-diciembre-2024

Las advertencias de los propios magnates de la inteligencia artificial vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué puede ocurrir cuando una tecnología capaz de transformar la vida de todos queda bajo el control de unos pocos, y con pocos escrúpulos?

Durante los últimos días, algunas de las figuras más importantes de la industria de la inteligencia artificial volvieron a advertir sobre los peligros que puede traer el desarrollo acelerado de esta tecnología. Dario Amodei, fundador y director ejecutivo de Anthropic, pidió reducir el ritmo de avance de los modelos más poderosos. Sam Altman, responsable de OpenAI, reconoció el riesgo de que la humanidad pierda el control sobre estos sistemas y también alertó sobre la posibilidad de que el futuro quede concentrado en manos de una sola empresa, un pequeño grupo de magnates o un gobierno. Las declaraciones se conocieron después de la salida de investigadores que cuestionaron la velocidad de la carrera tecnológica y la insuficiencia de los mecanismos de seguridad.

No es un dato menor que estas advertencias provengan de quienes están al frente de las empresas que protagonizan esa carrera. Durante años, los grandes laboratorios tecnológicos avanzaron bajo una premisa sencilla: quien llegue primero tendrá una ventaja económica, estratégica y política difícil de alcanzar. Cada nuevo modelo debía ser más rápido, más autónomo y más capaz que el anterior. La competencia se presentó como una forma de progreso inevitable. Ahora, algunos de sus propios impulsores reconocen que el problema no consiste solamente en lo que la inteligencia artificial puede hacer, sino en quién la controla, con qué objetivos y bajo qué límites.

La discusión, sin embargo, no debería quedar reducida al temor de que una máquina se vuelva demasiado inteligente. Hay un peligro más inmediato, más concreto y menos cinematográfico: que una tecnología capaz de transformar la producción, el trabajo, la educación, la comunicación, la seguridad y la vida cotidiana quede bajo el dominio de un puñado de empresas privadas. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria, pero también en una nueva forma de concentración de riqueza y poder. Y cuando el poder se concentra de esa manera, la democracia empieza a quedar a merced de decisiones que nadie votó y que casi nadie puede discutir.

El problema no es solamente la máquina

Los grandes magnates tecnológicos acumulan fortunas que ya no parecen responder a ninguna proporción razonable con el trabajo, el talento o el riesgo individual. Sus patrimonios se miden en decenas o cientos de miles de millones de dólares. Pueden comprar medios de comunicación, financiar campañas, influir sobre gobiernos, intervenir en debates públicos, condicionar mercados y adquirir una capacidad de decisión que excede ampliamente la de cualquier ciudadano común.

¿Para qué se acumula semejante cantidad de dinero? ¿Cuánto necesita una persona para vivir, incluso para vivir con lujos inimaginables? ¿Qué sentido tiene seguir acumulando cuando la riqueza ya no permite una vida mejor, sino una capacidad mayor para imponer condiciones sobre la vida de los demás?

La pregunta no es moralista. No se trata de cuestionar que alguien tenga éxito, que una empresa innove o que una persona obtenga una recompensa por su trabajo. El problema aparece cuando la riqueza deja de ser un medio y se transforma en una forma de soberanía privada. Cuando el dinero permite comprar influencia política, controlar infraestructuras esenciales, definir qué información circula, decidir qué investigaciones se financian y establecer qué futuro resulta posible para el resto de la sociedad.

En ese punto, la concentración económica deja de ser una cuestión de desigualdad y se convierte en una cuestión de poder. Ya no hablamos solamente de ricos y pobres. Hablamos de personas que pueden comenzar a decidir sobre las condiciones de existencia de millones de seres humanos sin haber recibido ningún mandato democrático.

La inteligencia artificial puede profundizar esa tendencia. Los modelos más avanzados requieren enormes inversiones, centros de datos, capacidad de procesamiento, energía, acceso a grandes volúmenes de información y equipos altamente especializados. Es decir, no se trata de una tecnología que cualquiera pueda desarrollar en un garaje. El costo de entrada favorece a quienes ya concentran capital, infraestructura y relaciones con los Estados. Por eso, la carrera puede terminar fortaleciendo a los mismos actores que ya dominan buena parte de la economía digital.

Investigadores y especialistas vienen señalando que la concentración de riqueza y poder en las empresas tecnológicas constituye uno de los riesgos centrales de la inteligencia artificial. Un estudio difundido por MIT y la Universidad de Queensland ubicó entre las principales preocupaciones de los expertos la concentración de poder, la presión competitiva, los ciberataques, las armas habilitadas por IA y la desinformación.

El futuro como propiedad privada

Hay algo profundamente inquietante en el modo en que los magnates de la tecnología hablan del futuro. No lo presentan como una construcción colectiva, sino como una frontera que ellos están conquistando. Hablan de colonizar nuevas dimensiones, de superar las capacidades humanas, de construir sistemas que transformarán la civilización. Pero detrás de esa retórica grandilocuente hay empresas, acciones, inversiones, contratos, patentes, mercados y fortunas personales.

El futuro de la humanidad aparece así mezclado con los balances de unas pocas compañías. La pregunta por el destino del planeta queda subordinada a la necesidad de sostener la cotización de una acción o justificar una nueva ronda de inversiones.

La contradicción es evidente. Los mismos empresarios que advierten sobre los riesgos de la inteligencia artificial continúan participando de una competencia que premia la velocidad, la expansión y la conquista de mercados. Piden controles, pero al mismo tiempo necesitan avanzar antes que sus rivales. Hablan de seguridad, pero también de liderazgo nacional, ventajas geopolíticas y superioridad tecnológica. Amodei propuso evaluaciones independientes, estándares compartidos y cooperación internacional, aunque la propia industria sigue sometida a una presión competitiva que vuelve difícil cualquier desaceleración.

Es legítimo preguntarse cuánto hay de preocupación genuina y cuánto de estrategia empresarial en estas advertencias. Una regulación que solamente puedan cumplir las grandes compañías podría terminar expulsando a los competidores más pequeños y consolidando el poder de quienes ya dominan el mercado. En nombre de la seguridad, se podría construir un sistema todavía más cerrado y concentrado.

Por eso, no alcanza con que los propios magnates prometan autorregularse. La seguridad de una tecnología que puede afectar a toda la sociedad no puede quedar en manos de quienes obtienen beneficios de su desarrollo. Tampoco puede depender de la buena voluntad de un director ejecutivo, de una declaración pública o de un código de conducta redactado por las mismas empresas que deberían ser controladas.

La humanidad no puede ser una variable de mercado

La carrera por la inteligencia artificial se desarrolla, además, en un planeta atravesado por guerras, desigualdades, crisis ambientales, desplazamientos de población y democracias debilitadas. En ese contexto, resulta difícil aceptar que el destino de la humanidad pueda quedar atado a la competencia entre multimillonarios que disputan quién construye primero una máquina más poderosa.

La inteligencia artificial puede mejorar diagnósticos médicos, ampliar el acceso al conocimiento, ayudar a combatir enfermedades, optimizar procesos productivos y facilitar tareas que hoy consumen tiempo y esfuerzo. Pero ninguna de esas posibilidades garantiza por sí misma una sociedad más justa. Una tecnología puede aumentar la productividad y, al mismo tiempo, destruir empleos, concentrar ingresos y debilitar la capacidad de negociación de los trabajadores. Puede ampliar el acceso a la información y también multiplicar la manipulación, la vigilancia y la mentira. Puede ayudar a resolver problemas y, en manos de gobiernos o empresas sin controles, convertirse en una herramienta de dominación.

El asunto central no es si la inteligencia artificial será buena o mala. Es quién definirá sus usos, quién se apropiará de sus beneficios y quién pagará sus costos. Si las ganancias quedan privatizadas y los riesgos se distribuyen sobre toda la sociedad, estaremos frente a una nueva forma de desigualdad. Si las empresas pueden decidir sobre el trabajo, la información, la educación y la seguridad sin controles públicos efectivos, la democracia quedará reducida a observar desde afuera.

También hay un problema geopolítico. Las potencias presentan la inteligencia artificial como una nueva carrera armamentística. Estados Unidos y China compiten por el dominio de una tecnología que puede modificar el equilibrio económico y militar del mundo. En nombre de esa competencia, cualquier pausa es presentada como una ventaja para el adversario. Así, el miedo a quedar atrás termina funcionando como argumento para seguir acelerando.

Es una lógica conocida: primero se desarrolla la capacidad, después se discuten sus consecuencias. Primero se construye el arma, después se pregunta quién podrá usarla. Primero se concentra el poder, después se promete que habrá mecanismos para controlarlo.

No alcanza con tener miedo

Las advertencias de Altman, Amodei y otros investigadores deben ser escuchadas, pero no pueden convertirse en una nueva escena de preocupación entre millonarios. No alcanza con que quienes participaron de la construcción de este problema reconozcan ahora que existen riesgos. Tampoco alcanza con pedir una desaceleración sin discutir quién tendrá autoridad para establecerla y cómo se garantizará que las reglas no sean utilizadas para proteger monopolios.

La respuesta no puede ser una prohibición ingenua del conocimiento ni una defensa romántica de un mundo sin tecnología. La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida y seguirá desarrollándose. Lo que está en discusión es bajo qué condiciones lo hará.

Se necesitan controles públicos, evaluaciones independientes, transparencia sobre los modelos, límites a la concentración empresarial, protección de los trabajadores, reglas sobre el uso de datos, responsabilidad legal por los daños y cooperación internacional. También es necesario discutir la propiedad de la infraestructura, el consumo energético de los centros de datos y la distribución de los beneficios económicos que produzca esta nueva etapa tecnológica.

La inteligencia artificial no debería ser patrimonio de un grupo de empresas ni quedar sometida a los intereses de sus accionistas. Si puede transformar la vida de todos, debe ser discutida por todos. Las universidades, los Estados, los trabajadores, las organizaciones sociales y la ciudadanía tienen que participar de esa conversación. No como espectadores de una revolución ajena, sino como sujetos con derecho a decidir.

Porque el verdadero peligro no es solamente que una inteligencia artificial llegue a ser más poderosa que sus creadores. El peligro también es que sus creadores lleguen a ser tan poderosos que nadie pueda discutirles qué hacer con ella.

El futuro no puede ser una propiedad privada. Y la humanidad no debería aceptar que su destino quede en manos de hombres que, después de acumular fortunas incalculables, todavía creen que acumular más poder es una forma de salvar el mundo.