Jorge García Cuerva no necesitó nombrar a Javier Milei para que quedara claro a quiénes estaban dirigidas buena parte de sus palabras. Este domingo, durante la misa de cierre de la Peregrinación a Luján, el arzobispo de Buenos Aires volvió a hablar de una Argentina lastimada por la pobreza, la desigualdad, la intolerancia y una forma de hacer política que parece haber encontrado en la descalificación permanente una herramienta bastante eficaz para gobernar y también para hacer oposición.
No fue un discurso partidario. Tampoco tuvo el formato de una declaración política contra el Gobierno. Pero sería bastante difícil escuchar algunas de las cosas que dijo García Cuerva y no relacionarlas con el momento que atraviesa el país. Cuando habla de jubilados, personas con discapacidad, gente que vive en la calle, trabajadores que no llegan a fin de mes, jóvenes atravesados por el consumo de drogas y sectores que sienten que cada vez tienen menos lugar, está hablando de problemas concretos que no aparecen en los discursos oficiales de la misma manera en que aparecen en la vida cotidiana.
El arzobispo volvió sobre una preocupación que ya había expresado en otras oportunidades: la Argentina no solamente tiene problemas económicos. También tiene un problema con la manera en que se está tratando a sí misma. Y ahí aparece una crítica que toca directamente al Gobierno de Milei, aunque no lo nombre. Porque una cosa es discutir el tamaño del Estado, el déficit, el gasto público o la necesidad de ordenar las cuentas. Otra es construir un discurso en el que prácticamente cualquiera que cuestione las decisiones del Gobierno termina ubicado del lado de los privilegiados, de los que defienden negocios ajenos o de los que quieren que todo siga como antes.
En ese clima, las palabras de García Cuerva adquieren otra dimensión. Cuando habla de intolerancia, de desprecio y de una sociedad que se está acostumbrando a mirar al otro como un enemigo, no está haciendo solamente una reflexión religiosa. Está describiendo, también, una manera bastante concreta de entender la política que se instaló en la Argentina.
El Gobierno de Milei hizo de la confrontación una parte central de su identidad. La pelea con “la casta”, con los sindicatos, con las organizaciones sociales, con buena parte de la dirigencia política, con los medios y con quienes cuestionan sus políticas económicas no fue un accidente del camino. Fue una forma de construir poder. Y funcionó electoralmente. El problema aparece cuando esa lógica deja de ser una herramienta de campaña y se convierte en la manera habitual de relacionarse con una sociedad que, mientras tanto, sigue teniendo que resolver cuestiones bastante menos abstractas: comer, pagar un alquiler, comprar medicamentos, conseguir trabajo o sostener una familia.
García Cuerva puso esos problemas sobre la mesa. Y lo hizo en Luján, delante de una multitud que había llegado caminando desde distintos puntos del país. No es un dato menor. La peregrinación tiene algo que difícilmente pueda medirse en una encuesta: durante horas, miles de personas comparten el camino, se ayudan, se esperan, se pasan una botella de agua, se prestan una mano cuando alguien no puede seguir. Después cada uno vuelve a su casa y a sus diferencias políticas, pero durante ese recorrido aparece otra idea de comunidad.
Tal vez por eso la homilía haya tenido una repercusión mayor que la de una declaración más de la Iglesia. García Cuerva está hablando desde un lugar que el Gobierno no controla y frente al cual tampoco puede responder como responde habitualmente frente a un dirigente opositor. No puede acusar al arzobispo de ser parte de “la casta” sin entrar en una discusión que probablemente no le convenga. Y mucho menos cuando se acerca la visita del papa León XIV, prevista para noviembre.
La Iglesia argentina, además, tiene una historia bastante más compleja que la imagen de una institución encerrada en sus templos. En los barrios, en las parroquias, en los comedores y en las organizaciones vinculadas a ella hay personas que conocen de cerca los efectos de la crisis. Esa experiencia cotidiana explica en buena medida por qué algunos de los mensajes de la Iglesia chocan con tanta facilidad con el relato económico del Gobierno.
Hay una diferencia de fondo entre ambas miradas. Para el Gobierno, muchas veces la discusión aparece ordenada alrededor de variables económicas: déficit, gasto, equilibrio fiscal, inflación, crecimiento. Para quienes trabajan cotidianamente con personas que tienen dificultades para llegar a fin de mes, esas variables tienen una traducción bastante más concreta. Son alimentos que no se compran, medicamentos que se postergan, cuotas que no se pagan, changas que desaparecen.
García Cuerva no está planteando un programa económico alternativo. No le corresponde. Pero sí está poniendo un límite a una idea que empieza a resultar peligrosa cuando se naturaliza: que el sufrimiento social puede ser presentado como el costo inevitable de una transformación y que quienes lo padecen deben simplemente esperar a que llegue el momento en que los números cierren.
También hay algo de eso en su insistencia sobre la intolerancia. Porque la discusión política argentina se fue acostumbrando a un lenguaje en el que la descalificación reemplaza muchas veces al argumento. En las redes sociales esto se ve todos los días, pero no empezó allí. Las redes amplificaron una forma de discutir que ya estaba instalada. El adversario dejó de ser alguien con quien se puede tener una diferencia y pasó a ser alguien al que hay que destruir, ridiculizar o directamente expulsar de la conversación.
García Cuerva está diciendo que ese mecanismo tiene consecuencias. Y probablemente ahí esté una de las partes más políticas de su mensaje.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a pensar que el otro es descartable, tarde o temprano esa idea termina alcanzando a alguien que conocemos. El jubilado que protesta, el trabajador que reclama, la persona con discapacidad que pide una prestación, el pibe que no consigue trabajo, la familia que pierde su casa. En algún momento dejan de ser categorías de una discusión política y vuelven a ser personas con nombre y apellido.
La discusión que abrió García Cuerva no es nueva. La Iglesia viene planteándola desde hace tiempo y tampoco es la única institución que advierte sobre las consecuencias sociales de determinadas políticas. Lo novedoso, quizás, es el lugar desde el que vuelve a hacerlo y el momento político en que lo hace.
Milei llegó al Gobierno prometiendo una transformación profunda y obtuvo un respaldo electoral suficiente para llevarla adelante. Eso también debe ser reconocido. Pero una elección no convierte en irrelevante a quienes pierden con determinadas decisiones. Gobernar implica tomar decisiones y, al mismo tiempo, hacerse cargo de sus consecuencias. La discusión sobre cuánto Estado necesita la Argentina puede ser interminable. Lo que no debería ser discutible es qué pasa con las personas que quedan en el camino mientras esa discusión se desarrolla.
Por eso la homilía de Luján merece ser leída más allá de la pelea inmediata entre Gobierno y oposición. García Cuerva está reclamando algo bastante menos sofisticado que una teoría económica: que la Argentina vuelva a mirarse como una sociedad y no solamente como una suma de individuos que compiten entre sí.
En un país acostumbrado a las grandes palabras —libertad, cambio, ajuste, casta, crecimiento, mercado— quizás resulte extraño que desde un altar alguien vuelva a hablar de algo tan viejo como el otro.
Y justamente por eso, en tiempos en que casi todo termina convertido en una pelea política, la pregunta que dejó García Cuerva puede resultar bastante incómoda: ¿qué estamos haciendo con la gente mientras discutimos cómo ordenar el país?
Porque los números pueden mejorar. Un gobierno puede acertar o equivocarse. Una economía puede recuperarse. Un Presidente puede ser reelegido o perder una elección.
Pero una sociedad que se acostumbra a que algunos queden afuera y que además aprende a no mirar demasiado puede terminar pagando una factura bastante más difícil de corregir.