El reciente cierre de listas para las elecciones seccionales y distritales en la provincia de Buenos Aires dejó una vez más al descubierto la enorme distancia que existe entre la política de cúpulas y la sociedad real. En lugar de ser un proceso participativo y representativo, se convirtió en una muestra más del encierro palaciego de una dirigencia cada vez más alejada de las demandas, necesidades y sentimientos de la ciudadanía, y más cerca de los subterfugios berretas y métodos más patéticos y tristes de la política.
Los candidatos testimoniales, las negociaciones a espaldas de las bases, los nombres reciclados, las imposiciones desde arriba y la exclusión de sectores sociales, políticos y sindicales revelan un sistema que no escucha ni representa. Un sistema que se reproduce a sí mismo con métodos agotados, mientras en los barrios se sufre, y cada días más.
¿Cómo no esperar, en este contexto, una participación ciudadana cada vez más baja? ¿Cómo pretender que la sociedad se comprometa con una política que le da la espalda? Si no se produce un cambio profundo, si no se revierte esta lógica de «casta» que tanto critican pero que todos practican, se consolidará un divorcio irreversible entre comunidad y política. Un camino directo hacia el voto optativo, hacia la desafección total, hacia el control de la política por una elite que solo se habla a sí misma.
El oficialismo nacional, autodenominado «anticasta», cayó en las peores prácticas de la misma casta a la que decía combatir. Karina Milei y su entorno coparon las listas con nombres que recorrieron más partidos que ideas, relegando incluso a sus propios militantes virtuales, hoy decepcionados y lanzando amenazas desde redes sociales; Montenegro, Valenzuela, son sólo algunos ejemplos, quizás los más conocidos, de esta estirpe política.
En el campo del oficialismo provincial de Fuerza Patria se optó por muchas candidaturas testimoniales provinciales y nacionales, y acuerdos que no lograron transmitir unidad real ni una propuesta programática clara, al menos por ahora, frente a las políticas de ajuste y exclusión de Milei. No hay respuestas, más allá de la oposición, ni para los sectores más golpeados por el gobierno libertario, ni para aquellos que ingenuamente confiaron en él: jóvenes, cuentapropistas, trabajadores de plataformas, monotributistas, etc.
A esto se suma la constante negativa a habilitar internas reales, lo que dejó heridos y desmotivados en distritos y provincias. ¿Se sentirán representados las y los vecinos por estos candidatos? ¿Se saldrá a militar por parte de “las bases” que no se sienten contenidas o representadas en estas listas? Se pedían nuevas canciones, pero los nuevos intérpretes fueron silenciados. Intendentes con buena imagen y gestión, como Nicolás Mantegazza en San Vicente o Federico Achával en Pilar, no fueron tenidos en cuenta. Quien reclamaban cambios apostaron por nombres testimoniales. Quienes declamaban la necesidad de la unidad dejaron en sus concejos deliberantes, en innumerables casos, a diversos grupos internos. Y así hasta tenemos dos listas en algún que otro distrito.
Una tercera propuesta, una tercera posición, “Somos Buenos Aires“ no fue ajena a esta lógica de operaciones, idas y vueltas, y encontronazos que hasta circularon por las redes, en una estructura que cuenta con muchos más dirigentes que militantes y desde ya los cierres respondieron a esa lógica.
La izquierda resultó ser el espacio con un nivel de unidad muy importante, máxime teniendo en cuenta los antecedentes, y de la misma manera si ruidos, ni escenas bizarras en su cierre de lista. Sólo un sector troskista, toda una costumbre, eludió esa confluencia.
La política, algo tan noble como la política, en manos de estos hombres y mujeres, sigue premiando a lo más cercano a la casta, a algunos violentos, a los absolutistas, a los seguidores ciegos, mientras elude a quienes piensan, proponen y construyen desde abajo.
El 7S el pueblo, que sigue a oscuras, volverá a hablar.