Desde que Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023, la economía argentina transitó por un escenario de fuertes tensiones internas y contradicciones profundas. Aunque el Gobierno celebró ciertos logros macroeconómicos como la caída de la inflación desde niveles inusitadamente altos, la economía real muestra indicadores preocupantes que reflejan deterioro productivo, social y financiero.
En materia de cierre de empresas, organismos empresariales estiman que alrededor de 20.000 firmas cerraron desde el inicio del mandato, mientras que las fábricas operan a un 60 % de su capacidad instalada.
Esto se traduce en el debilitamiento de cadenas productivas locales, pérdida de mercado interno y menor actividad económica en sectores industriales y de servicios.
Como consecuencia directa, el empleo formal también sufrió un impacto considerable. Se calcula que más de 200.000 puestos de trabajo se perdieron desde que Milei es presidente, en un contexto en el que la tasa de desempleo ronda entre el 7,6 % y el 7,9 % de la fuerza laboral registrada en 2025, con cifras que se mantienen elevadas respecto de años previos.
Además, alrededor del 36 % de los trabajadores son informales, sin aportes jubilatorios ni estabilidad laboral, lo cual agrava la precarización del empleo.
Este deterioro del empleo va de la mano con un enorme retroceso del consumo interno. Tras caídas de la demanda en 2024, diversos informes oficiales y privados coinciden en que las ventas minoristas se mantuvieron planchadas o con crecimiento por debajo del ingreso real de los hogares. Si bien algunos organismos internacionales proyectan una recuperación de la actividad en 2025, con una expansión del consumo privado de hasta 9,6 % respecto al año anterior, ese rebote parte de niveles muy bajos tras los fuertes ajustes del año previo.

En otras métricas, el empleo efectivo cotiza mal frente al poder de compra: encuestas y estudios muestran que 7 de cada 10 familias resignaron gastos esenciales como bienes durables, ocio o ropa justamente por la pérdida del salario real frente a la inflación.
Uno de los indicadores más preocupantes del estrangulamiento financiero que atraviesan las empresas argentinas es la cantidad de cheques rechazados por falta de fondos. En diciembre de 2025 se registró un récord histórico de más de 119.000 cheques rechazados, casi tres veces más que en diciembre de 2024, lo que indica una crisis de liquidez que complica el funcionamiento de la cadena de pagos y la solvencia de las empresas privadas, especialmente PyMEs.
Esto es más que un número nominal: los rechazos por falta de fondos representan la imposibilidad de cumplir obligaciones básicas de pago, lo cual paraliza proveedores, empleados y compromete inversiones futuras.
En cuanto al endeudamiento externo, Argentina sigue acumulando compromisos que tensionan la economía. Según datos oficiales, la deuda externa total ascendió a más de US$ 316.900 millones en el tercer trimestre de 2025, cifras históricas en términos nominales.
Aunque en términos de proporción de producto el endeudamiento se redujo después de políticas de ajuste (del 62 % del PIB en 2023 hacia niveles menores en 2024), el nivel absoluto de deuda obliga al país a enfrentar pagos de interés y amortización elevados, lo que presiona las reservas internacionales y el gasto público.

Por último, el fenómeno de inflación, ajustes y pérdida del poder de compra sigue siendo una de las heridas más profundas de la economía nacional. Cuando Milei asumió, el país venía de tasas de inflación anual superiores al 200 %, con picos cercanos al 289 % en 2024 según estadísticas oficiales.
Si bien el presidente y sus ministros destacan que la inflación bajó considerablemente desde entonces —con informes que muestran tasas interanuales reducidas al 30–35 % en 2025, y mediciones mensuales temporales por debajo del 2 % en algunos meses del año pasado—, el costo de vida sigue siendo muy alto y la caída de los precios no se traduce uniformemente en mayor poder de compra de los salarios.
En síntesis, aunque algunos indicadores macroeconómicos muestran signos de estabilización o rebote tras la tormenta inicial del shock económico, el panorama real para las empresas y los hogares argentinos continúa siendo crítico: miles de empresas cerradas, cientos de miles de empleos destruidos o precarizados, consumo deprimido, récords en cheques rechazados como síntoma de liquidez asfixiada, endeudamiento externo elevado y una inflación que, aun reducida, sigue erosionando los ingresos de la mayoría. La tensión entre discurso de recuperación y realidad social es fuerte, y condiciona la percepción ciudadana sobre el rumbo económico.