La crisis económica argentina dejó de ser una percepción para convertirse en una evidencia diaria. Los datos comienzan a dibujar un escenario alarmante: en los últimos dos años cerraron más de 23.000 pymes, a un ritmo de 40 por día. Solo en el rubro perfumerías, 700 locales bajaron sus persianas en apenas dos días. Los kioscos —termómetro barrial por excelencia— desaparecen a razón de 50 por día. Y se despide un trabajador cada 4 minutos.
La postal se repite en cada ciudad: locales vacíos, carteles de alquiler, empleados despedidos, comerciantes endeudados. Mientras tanto, el riesgo país no deja de subir, bloqueando el acceso al crédito internacional y encareciendo cualquier intento de financiamiento externo. La recaudación cae, la inflación no logra ceder de manera sostenida y los precios siguen escalando mes a mes. En los últimos meses, los peajes aumentaron un 20% y la carne —símbolo de la mesa argentina— acumuló subas cercanas al 70%.
Un crecimiento sin empleo
Como detallamos en una nota de hoy en nuestra web, l investigador del Instituto de Estudios y Formación de la CTA-Autónoma, Luis Campos, expuso con claridad una de las claves del momento: la desconexión entre actividad económica y generación de empleo formal.
Comparando el promedio de 2023 con el de 2025, los datos muestran que:
El agro creció 40,9%, pero el empleo solo subió 1,9%.
La minería mejoró 16%, mientras el empleo cayó 3,3%.
La actividad bancaria aumentó 18,7% y el empleo se redujo 2%.
La industria cayó 8,1% y perdió 3,2% del empleo.
La construcción se desplomó 13,9% y destruyó 17,6% de los puestos de trabajo.
La conclusión de Campos es contundente: los sectores ganadores del modelo —agro, minería, petróleo y finanzas— no generan nuevos puestos de trabajo formales, mientras que los sectores que retroceden —industria y construcción— expulsan masivamente mano de obra. Entre ambos, dejaron afuera a casi 120.000 trabajadores.

El resultado es una economía que puede exhibir ciertos indicadores macroeconómicos “ordenados”, pero que no derrama empleo ni mejora el tejido productivo. Los que ganan no crean trabajo; los que pierden, destruyen mucho.
A los números se suman los hechos: despidos en empresas como YPF y Quilmes, tomas de fábricas en distintas provincias tras el conflicto de FATE, movilizaciones de más de 5.000 personas en Quitilipi, Chaco, y una parálisis policial en Santa Fe que encendió alarmas institucionales.
El miedo a perder el trabajo crece. Se multiplican las protestas, las asambleas, las ocupaciones preventivas. En redes sociales proliferan videos de votantes que apoyaron al presidente en 2023 y hoy expresan frustración y hartazgo. El clima social se vuelve más denso, más incierto.
Economistas de distintas corrientes coinciden en definir el momento como una estanflación: estancamiento económico con inflación persistente. La actividad productiva cae en sectores clave mientras los precios continúan subiendo. La combinación es explosiva.
Sin acceso fluido al crédito externo, con consumo retraído y una estructura productiva debilitada, el interrogante no es si el modelo enfrenta tensiones, sino cuánto tiempo puede sostenerse sin que las contradicciones implosionen.

Pese a este panorama, desde el oficialismo se insiste en que la macroeconomía está ordenada y que el rumbo es el correcto. Sin embargo, cada vez más actores cuestionan esa narrativa y advierten sobre la brecha entre los indicadores financieros y la vida cotidiana.
El debate también interpela a la dirigencia política en su conjunto. ¿Está dimensionando la profundidad de la crisis? ¿O se deja llevar por diagnósticos optimistas amplificados por sectores mediáticos y empresariales?
En las últimas elecciones, el actual presidente obtuvo el 27% de los votos en primera vuelta. Hoy, el humor social parece mostrar fisuras en aquel respaldo. La pregunta que flota es cuánto puede sostenerse una economía que crece sin empleo, con inflación persistente y con un entramado productivo que se deshilacha día tras día.
La historia argentina enseña que los procesos de deterioro social no son lineales: pueden acumular tensiones durante meses hasta que, de pronto, estallan. La incógnita es si la dirigencia sabrá leer las señales antes de que el hilo termine de cortarse.