El último dato de pobreza difundido por el INDEC, de 28,2% hacia fines de 2025, reavivó un debate que atraviesa tanto a economistas como a la vida cotidiana, y es qué se mide cuando se mide pobreza y cuánto reflejan esos números la realidad concreta de los hogares argentinos.
El descenso resulta significativo si se lo compara con el pico del 52,9% registrado en el primer semestre de 2024. Sin embargo, la magnitud de esa caída en tan poco tiempo genera interrogantes. “Hay una distancia muy grande entre aquel 52,9 y este 28,2”, planteó el economista Martín Sotiru, quien planteó que la discusión no pasa sólo por el número, sino por la metodología utilizada.
El indicador de pobreza se construye a partir de una canasta básica de alimentos con algunos ajustes estadísticos, pero no contempla de manera integral otros gastos cada vez más determinantes en la economía de los hogares. En ese sentido, el cambio en la estructura de precios aparece como una clave para entender la controversia; mientras en años anteriores la presión inflacionaria se concentraba en alimentos, desde 2024 el mayor impacto se trasladó a los servicios.
La diferencia no es menor. Tarifas de luz, gas y transporte vienen registrando subas sostenidas que golpean directamente en los costos fijos, especialmente en sectores medios y trabajadores independientes. Comerciantes y pequeños emprendimientos lo viven en primera persona; los aumentos ya no pasan tanto por la materia prima, sino por el peso de los servicios en la estructura de costos.
Este desfasaje entre lo que mide el índice y lo que efectivamente tensiona los ingresos familiares explica, en parte, por qué incluso sectores académicos y organismos como la UCA han puesto en duda la representatividad de los datos oficiales.
En paralelo, el frente cambiario muestra una aparente estabilidad que también despierta preguntas. En los últimos días, el dólar blue se ubicó por debajo del oficial, en torno a los 1390 pesos frente a los 1410 del tipo de cambio regulado, un comportamiento poco habitual en la economía argentina.
Según Sotiru, este fenómeno responde a dos factores principales. Por un lado, una mayor oferta de divisas impulsada por la intervención del Banco Central, que viene comprando dólares de manera sostenida. Por otro, una expectativa de relativa calma en el corto plazo, en un contexto político que se encamina hacia un año electoral.
Sin embargo, esa estabilidad tiene límites. A pesar de las compras diarias de divisas, las reservas no logran crecer de forma significativa. La explicación está en la otra cara del flujo; gran parte de los dólares que ingresan se destinan al pago de deuda externa. “Entran, pero terminan saliendo”, sintetizó el economista.
De cara a los próximos meses, el ingreso de dólares por exportaciones energéticas podría sostener cierto equilibrio, favorecido además por el contexto internacional. Aun así, la fragilidad estructural persiste y no se descartan nuevas tensiones, especialmente después del proceso electoral.
Entre estadísticas en discusión y variables macroeconómicas que ofrecen señales mixtas, el escenario económico combina una mejora en los indicadores con una percepción social que todavía no termina de acompañar esos números.
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