El Instituto Nacional de Tecnología Industrial atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. Lo que durante décadas funcionó como organismo clave para la certificación de calidad, la asistencia técnica y el desarrollo productivo, hoy aparece atravesado por recortes, pérdida de funciones y un corrimiento de su rol estratégico dentro del entramado industrial argentino.
“Estamos discutiendo si entran o no los ladrones de gallinas al INTI”, sintetizó Enrique Martínez, expresidente del organismo, al describir el nivel de deterioro actual. Lejos de un debate ideológico profundo sobre el modelo de desarrollo, lo que está en juego es la continuidad misma de funciones básicas, desde el control de balanzas y surtidores hasta los ensayos técnicos que garantizan estándares de calidad.
Una de las principales críticas apunta al traspaso de tareas históricamente realizadas por el instituto hacia el sector privado. En ese sentido, Martínez señaló que, tras quitarle al INTI ciertas responsabilidades, estas fueron rápidamente reasignadas a empresas particulares, abriendo un esquema donde el control deja de ser una política pública para convertirse en un servicio con fines de lucro.
El impacto no se limita a lo institucional. La retracción del INTI repercute directamente en el entramado productivo, especialmente en las pequeñas y medianas empresas. Desde su creación en 1957, el organismo no sólo certificó calidad, sino que también acompañó procesos de industrialización, capacitó proveedores y fortaleció cadenas de valor locales. Hoy, ese rol aparece debilitado en un contexto donde las grandes corporaciones operan con creciente autonomía y menor articulación con el desarrollo nacional.
En paralelo, sectores enteros quedan más expuestos. Las pymes, particularmente, enfrentan una mayor subordinación a las decisiones de grandes empresas o a dinámicas de importación que las desplazan. La pérdida de asistencia técnica, sumada a la falta de políticas de promoción, profundiza un escenario de concentración económica y desarticulación productiva.
Pero el alcance del INTI va más allá de la industria. Su trabajo impacta en la vida cotidiana; desde garantizar que una balanza pese correctamente hasta validar la calidad de alimentos o materiales de construcción. La desvalorización de estas tareas, muchas veces invisibles, implica también un riesgo para los consumidores.
En este contexto, emergen experiencias que buscan sostener lógicas alternativas. Iniciativas de consumo organizado, redes comunitarias y articulaciones con pequeños productores intentan reconstruir circuitos más solidarios y eficientes, incluso en condiciones adversas. Aunque de escala limitada, estos ensayos muestran que es posible acortar cadenas, mejorar precios y fortalecer economías locales.
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