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Dos viajes, dos países posibles: De la confrontación global al consenso internacional

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La comparación entre las recientes giras internacionales de Javier Milei y Axel Kicillof expone dos modelos de inserción en el mundo que no solo difieren en formas, sino también en objetivos y consecuencias. Mientras el Presidente opta por una política exterior marcada por alineamientos rígidos y decisiones de alto voltaje geopolítico, su posicionamiento frente a conflictos internacionales —particularmente en Medio Oriente— abre interrogantes sobre los beneficios concretos para la Argentina. La participación discursiva y política en escenarios bélicos ajenos, lejos de fortalecer la posición del país, lo expone a tensiones innecesarias y lo coloca en una lógica de confrontación que poco tiene que ver con las prioridades económicas y sociales internas y fundamentalmente con la historia de política exterior argentina.

En ese marco, no pasa desapercibido que parte de esa estrategia implica vínculos con figuras altamente cuestionadas en el plano internacional, como Benjamin Netanyahu, quien enfrenta graves acusaciones por violaciones al derecho internacional y restricciones en su proyección externa. Este tipo de alineamientos profundiza las dudas sobre el rumbo de la política exterior argentina y sobre los intereses que efectivamente se están priorizando.

En contraposición, la gira de Kicillof por Europa —con eje en España— muestra una estrategia distinta: la construcción de vínculos, la búsqueda de consensos y la proyección de una agenda centrada en el desarrollo con inclusión. Lejos de gestos estridentes, el gobernador bonaerense se movió en ámbitos de diálogo político, académico y económico, reforzando una visión del Estado como herramienta para el crecimiento productivo y la justicia social. En ese recorrido, mantuvo encuentros con dirigentes y referentes de espacios progresistas, fortaleciendo lazos con liderazgos que cuentan con legitimidad democrática y respaldo popular en sus países.

La diferencia no es menor. Mientras uno tensiona el lugar de la Argentina en el tablero global con apuestas de riesgo, marcada sumisión a políticas foráneas y resultados inciertos, el otro construye capital político a partir de la articulación y la búsqueda de acuerdos. En un contexto internacional atravesado por conflictos y reconfiguraciones, la política exterior deja de ser un terreno accesorio para convertirse en un componente central de cualquier proyecto de país. Y es allí donde la comparación se vuelve inevitable: entre una inserción basada en alineamientos que generan más dudas que certezas, y otra que intenta recuperar la tradición de diálogo, integración regional y desarrollo con equidad.

De cara al futuro, y especialmente en la perspectiva de 2027, estas dos formas de habitar el escenario internacional empiezan a adquirir un peso específico en la disputa política interna. No se trata solo de viajes o agendas, sino de modelos en pugna: uno que parece priorizar la exposición ideológica aún a costa de los intereses nacionales, y otro que busca construir una proyección con anclaje en la producción, el trabajo y la ampliación de derechos. En ese contraste, más que una diferencia de estilos, lo que se pone en juego es el rumbo mismo de la Argentina.