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1 de Mayo : Mucho para conmemorar, nada para festejar

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El 1° de Mayo no es apenas una fecha: es una memoria que late. En cada derecho conquistado —la jornada limitada, el descanso, las vacaciones, la indemnización— hay nombres, hay cuerpos, hay historias de lucha que nos trajeron hasta acá. Es el día en que el trabajo deja de ser una palabra abstracta y se vuelve rostro, familia, proyecto de vida.

Hoy esa memoria duele un poco más. Porque en nombre de una supuesta libertad, se desandan conquistas que costaron décadas. Se ajustan salarios mientras se alivian cargas a los sectores más poderosos; se naturaliza que el esfuerzo alcance cada vez menos; se propone una reforma que empuja hacia atrás, a tiempos donde el trabajador estaba solo frente al poder económico, sin red, sin protección, sin voz. Cuando la norma deja de equilibrar, la desigualdad —que nunca es “natural”— se vuelve regla.

En la vida cotidiana eso se traduce en algo concreto: jornadas que se estiran hasta 12, 14 o 16 horas para apenas llegar a fin de mes; fines de semana que desaparecen; vacaciones que se vuelven un lujo; derechos que se relativizan o directamente se cuestionan. Se intenta vaciar de sentido herramientas históricas como la organización colectiva, el derecho a reclamar, la posibilidad de defender lo propio. Y así, poco a poco, se pretende acostumbrar a la sociedad a vivir con menos, a aceptar como normal lo que es, en esencia, una pérdida de dignidad.

En este escenario, también resulta imposible no señalar el rol de ciertos sectores del poder que, desde distintos ámbitos, han contribuido a habilitar este retroceso. Una parte de la justicia, más atenta a resguardar intereses corporativos que a garantizar derechos, y amplios sectores de los medios de comunicación, que muchas veces construyen sentido común justificando el ajuste o minimizando sus consecuencias, han sido actores clave para que estas políticas avancen. Cada uno desde su lugar, han ayudado a naturalizar decisiones que afectan directamente la vida de millones de trabajadores y trabajadoras.

Frente a este panorama, también es necesario reafirmar el modelo de vida que defendemos: uno donde el trabajo sea sinónimo de dignidad y no de sacrificio extremo. Donde el salario alcance para vivir, para proyectar, para disfrutar del tiempo libre, del encuentro con otros, del descanso y la recreación. Un modelo acorde a los tiempos que corren, donde el esfuerzo cotidiano tenga una recompensa justa y permita una vida plena, no apenas la supervivencia. Porque trabajar no debería significar renunciar a vivir.

Pero nada de esto se sostiene solo. La historia enseña que cada derecho conquistado fue producto de la toma de conciencia, de la organización y de la lucha colectiva. Por eso, hoy más que nunca, es tiempo de comprender lo que está en juego, de no naturalizar el retroceso y de fortalecer los lazos que permiten defender lo logrado. Los derechos no se pierden de un día para el otro, pero pueden erosionarse si no se los cuida, si no se los defiende, si no se los vuelve a poner en el centro de la escena.

Porque el 1° de Mayo también es otra cosa. Es la prueba de que los trabajadores y trabajadoras, a lo largo de la historia, nunca aceptaron sin más aquello que los perjudicaba. Que incluso en los momentos más adversos, la organización y la solidaridad supieron abrir caminos. Que cada derecho que hoy se discute fue, en su momento, una utopía que parecía imposible.

Por eso, conmemorar este día es más que recordar: es tomar posición. Es reafirmar que el trabajo no puede ser reducido a una variable de ajuste ni la dignidad a un costo. Es sostener que una sociedad más justa no se construye debilitando a quienes la sostienen todos los días, sino reconociendo su valor y ampliando sus derechos.

En tiempos difíciles, la memoria no es nostalgia: es herramienta. Y la dignidad del trabajo, cuando se la intenta arrinconar, encuentra siempre la forma de volver a ponerse de pie.