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Tormentas Negras

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“Tormenta Negra” fue el nombre elegido por el macrismo porteño para un operativo de saturación policial sobre los barrios populares de la Ciudad. El término buscaba construir una imagen precisa: la amenaza venía desde abajo, desde los sectores populares, desde esos territorios históricamente abandonados por el propio Estado.

Pero quizá la verdadera metáfora de época sea otra. Porque mientras algunos gobiernos intentan proyectar la tormenta sobre los más vulnerables, el mundo empieza a mostrar que la verdadera “Tormenta Negra” terminó regresando sobre quienes hicieron del miedo, la confrontación y la agresión una forma de ejercer el poder.

Durante años, Donald Trump desafió al mundo entero y en especial a China con amenazas, sanciones y discursos cargados de soberbia, convencido de que la fuerza y la intimidación podían doblegar culturas milenarias y civilizaciones construidas desde otra lógica histórica.

Pero la historia terminó mostrando algo distinto. Frente a la paciencia estratégica, la estabilidad y la cultura del diálogo que expresa China, las bravuconadas quedaron vacías. La escena reciente de Trump moderando su discurso ante empresarios estadounidenses y frente a Xi Jinping simboliza mucho más que una negociación económica: expresa el agotamiento de un paradigma occidental basado en el individualismo extremo, el mercantilismo feroz y la idea de que todo se resuelve mediante presión, castigo o violencia. Una lógica que dejó guerras interminables, sociedades fracturadas y democracias cada vez más degradadas por el odio.

Pero lejos de cualquier interpretación abstracta, los hechos hablan por sí solos. Trump le dijo a Xi Jinping: “Traje conmigo a los 30 líderes empresariales más poderosos del mundo… Hoy están aquí para rendirle respeto a ti y a China”. Las palabras, pronunciadas casi en tono de súplica, contrastaron brutalmente con años de agresividad discursiva y marcaron un punto de inflexión político y simbólico.

China, con todas sus contradicciones, parece haber comprendido algo que Occidente olvidó hace tiempo: las grandes transformaciones no se construyen a los gritos sino con planificación, paciencia y visión de largo plazo. Por eso los grandes medios occidentales apenas reprodujeron o distorsionaron lo sucedido. Resulta difícil admitir que aquello que durante años fue presentado como “el enemigo” hoy emerge como una potencia capaz de disputar liderazgo global mientras el viejo paradigma entra en crisis. La tormenta empezó a girar sobre quienes creían dominar el clima mundial.

En Argentina, sin embargo, esta discusión todavía parece lejana. La política nacional consume sus días entre internas, operaciones, obscenidades televisivas y sonrisas impostadas en medio de una de las crisis culturales, económicas y sociales más profundas de los últimos años.

El gobierno de Javier Milei no logra salir del “Adornigate”, que cada semana suma nuevos nombres, denuncias e investigaciones judiciales, ahora incluso alcanzando a familiares directos del círculo presidencial. A esto se agrega una inflación que no encuentra correlato con la experiencia
cotidiana de millones de argentinos que ven aumentar alimentos, transporte e impuestos mientras la deuda con el FMI y otros organismos internacionales compromete el futuro económico del país por decenas de miles de millones de dólares. Esa es quizás la verdadera tormenta que se cierne hoy sobre la Argentina real.

La masiva movilización en defensa de la Universidad pública fue un poco de aire fresco esperanzador en medio de este clima tormentoso, y un contundente mensaje al gobierno y sus defensores. Pero también la oposición dirigencial podría leer que cuando hay una causa concreta profunda y verdadera, el pueblo, la sociedad, la gente o como quieran decirlo, se une y moviliza.

Mientras tanto, Milei aparece cada vez más enfadado, agresivo y encerrado en una dinámica de confrontación permanente. Horas enteras de entrevistas donde los insultos, las acusaciones y los ataques a periodistas, opositores o críticos reemplazan cualquier intento de construcción institucional. Producto de ese raid mediático, la denuncia presentada por Marcela Pagano contra el Presidente vuelve a poner en discusión los límites del discurso presidencial. Porque cuando un jefe de Estado afirma públicamente que existieron intentos de golpe de Estado o pedidos de coimas y no presenta pruebas ni denuncias judiciales inmediatas, deja de tratarse solamente de provocaciones políticas o recursos para sostener a la propia tropa. Se transforma en un problema institucional grave.

La confrontación permanente, las teorías conspirativas y el uso sistemático de la agresión degradan el debate democrático y erosionan la credibilidad presidencial. Y así, la “Tormenta Negra” deja de ser un operativo policial para convertirse en un clima político generalizado.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires terminó siendo noticia justamente por ese Operativo “Tormenta Negra” implementado por Jorge Macri. Más de 1.500 efectivos, drones, helicópteros, topadoras y requisas masivas construyeron una escena de ocupación territorial en los barrios populares.

Bajo el argumento de combatir el delito, el gobierno eligió administrar la desigualdad mediante despliegue policial en lugar de resolverla con políticas públicas. Allí donde la Constitución porteña obliga a integrar, urbanizar y garantizar derechos, apareció el espectáculo represivo. El mensaje fue brutal: convertir a comunidades enteras en sospechosas permanentes y presentar a la pobreza como amenaza antes que como consecuencia de décadas de exclusión y abandono estatal.

Pero el problema de fondo es que “Tormenta Negra” no resolvió ninguna de las causas estructurales de la inseguridad. Ni el abandono, ni la precariedad, ni la desigualdad desaparecen con drones o patrulleros. Por el contrario, la lógica del miedo profundiza la fractura social y divide a la sociedad entre ciudadanos que merecen protección y ciudadanos tratados como amenaza. La tormenta entonces ya no cae solamente sobre los barrios populares: empieza a envolver a todo el sistema político que eligió reemplazar integración por estigmatización y comunidad por enfrentamiento permanente.

Por eso resultaron tan potentes las palabras del arzobispo Jorge García Cuerva durante la misa en la Villa 31. “Para quienes hemos experimentado la vida en los barrios y para los vecinos, ‘Tormenta Negra’ se llama al narcotráfico, a la falta de trabajo, a cuando el Estado se retira, cuando los
pibes no tienen posibilidades”, afirmó. Allí aparece quizás la definición más profunda de este tiempo. La verdadera tormenta negra no son los pobres ni los barrios populares.

La verdadera tormenta negra es un modelo político que naturaliza el odio, la crueldad y el abandono mientras convierte el miedo en método de gobierno. Y ninguna sociedad puede salir adelante cuando quienes deberían construir esperanza solo saben administrar oscuridad.