Por tamaño, población y peso económico, la provincia de Buenos Aires suele funcionar como una radiografía de lo que ocurre en el país. Cuando la actividad crece, es uno de los motores principales. Cuando se frena, el impacto se siente primero y con más fuerza. Los números relevados por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) muestran que eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Desde noviembre de 2023 hasta marzo de 2026 se perdieron en territorio bonaerense 85.299 puestos de trabajo registrados. La cifra representa el 25% de todos los empleos formales destruidos en la Argentina durante ese período. Dicho de otro modo: uno de cada cuatro trabajadores que perdió su empleo en el país era bonaerense.
La situación se refleja también en los niveles de desocupación. Mientras la tasa nacional se ubica en 7,8%, en el Gran Buenos Aires alcanza el 9,7%. Entre los jóvenes, el problema es todavía más marcado y supera ampliamente los dos dígitos.
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El deterioro del mercado laboral no aparece aislado. Convive con una caída de la actividad industrial, una retracción persistente del consumo y el cierre de miles de empresas.
La provincia perdió 6.211 unidades productivas desde la asunción de Javier Milei. Son casi una cuarta parte de los 26.448 establecimientos que dejaron de operar en todo el país. Detrás de esas cifras hay comercios, talleres, fábricas y emprendimientos que dejaron de producir o redujeron personal para sobrevivir.
Algunos casos tuvieron repercusión nacional. Fate paralizó actividades y afectó a más de 900 trabajadores. Kimberly Clark cerró su planta de Pilar. Cabot bajó la persiana de la única fábrica de negro de humo del país. Stellantis eliminó un turno de producción en El Palomar.
Pero la lista también incluye pequeñas y medianas empresas cuya desaparición rara vez llega a los titulares, aunque impacta de lleno en las economías locales.
La industria bonaerense, que concentra cerca del 40% de los establecimientos fabriles del país, sigue trabajando por debajo de su capacidad. Según los últimos datos disponibles, las plantas industriales utilizan apenas el 59,9% de sus instalaciones. En algunos sectores, como textiles, plásticos, metalmecánica o automotriz, el nivel de utilización ronda apenas el 40%.
La caída de la producción encuentra su correlato en el consumo.
Las ventas en supermercados de la provincia se ubicaron un 18,4% por debajo de los niveles registrados en el primer trimestre de 2023. En el Gran Buenos Aires la baja es todavía más profunda y supera el 21%.
Lo llamativo es que la contracción aparece con fuerza en rubros vinculados a la vida cotidiana. Lácteos, bebidas, frutas y verduras muestran retrocesos sostenidos. No se trata de bienes postergables o compras excepcionales, sino de productos que forman parte de la mesa diaria de millones de familias.
En paralelo, los gastos fijos ocupan una porción cada vez mayor de los ingresos. El caso del transporte público resulta ilustrativo. Un trabajador que utiliza dos colectivos y un tren para ir y volver de su empleo pasó de gastar algo más de 6.600 pesos mensuales a fines de 2023 a desembolsar cerca de 116.000 pesos por mes en junio de 2026. El incremento supera el 1.600%.
Mientras tanto, los salarios evolucionaron a un ritmo considerablemente menor. Según el informe, el salario promedio registrado del Gran Buenos Aires se ubica por debajo del promedio nacional y perdió capacidad de compra frente al aumento de tarifas, transporte y servicios.
La consecuencia es visible en los hábitos de consumo y en la vida cotidiana. Cada vez más trabajadores necesitan sumar horas laborales o buscar una segunda ocupación para sostener ingresos que alcanzan menos que hace algunos años.
El cuadro económico también tiene un correlato en las cuentas públicas. La provincia enfrenta una reducción de recursos producto de la caída de la actividad, la menor recaudación y la interrupción de obras y programas financiados por el Estado nacional. Esa situación termina impactando también en los municipios, que reciben una parte de esos fondos y deben responder a una demanda social creciente.
Los datos reunidos por CEPA describen una provincia donde el ajuste económico no aparece como una discusión abstracta ni como una variable macroeconómica. Se expresa en fábricas que producen menos, empresas que cierran, trabajadores que pierden su empleo y familias que modifican sus consumos para llegar a fin de mes.
Y si Buenos Aires suele anticipar buena parte de lo que ocurre en el resto del país, la foto que deja el primer semestre de 2026 difícilmente pueda ser leída como una excepción. Es, más bien, una señal de época.