Día del Comerciante: una celebración atravesada por la incertidumbre de uno de los sectores más golpeados

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Cada 10 de julio se celebra en la Argentina el Día del Comerciante. La fecha remite a la creación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, fundada en 1854, la primera institución empresaria del país. Desde entonces, la jornada quedó asociada al reconocimiento de quienes hacen del comercio una actividad cotidiana, muchas veces silenciosa, pero indispensable para el funcionamiento de cualquier ciudad.

En la región integrada por La Plata, Berisso y Ensenada, el comercio ocupa un lugar que va bastante más allá de la economía. Es parte del paisaje urbano y de la vida social. Los centros comerciales, los negocios familiares, los almacenes de barrio, las librerías, las ferreterías, los locales gastronómicos o los pequeños emprendimientos son también espacios donde circulan historias, vínculos y formas de convivencia que difícilmente puedan medirse con un indicador económico.

Pero este 10 de julio encuentra al sector lejos de cualquier clima de festejo.

Hace tiempo que los comerciantes describen una escena repetida: menos gente entrando a los locales, compras cada vez más pequeñas, clientes que preguntan precios y vuelven otro día, costos que siguen creciendo y márgenes que se achican. En muchos casos, el problema ya no pasa por ganar menos dinero, sino por sostener la actividad sin perder capital o endeudarse para mantener abiertas las puertas.

La caída del consumo no aparece como un fenómeno aislado. Es la consecuencia de un escenario económico donde el deterioro del poder adquisitivo modificó los hábitos de compra de millones de argentinos. Cuando los ingresos alcanzan apenas para cubrir los gastos básicos, el comercio de cercanía es uno de los primeros en sentir el impacto.

El Gobierno nacional sostiene que el ajuste y la apertura económica son parte de una estrategia destinada a estabilizar la economía, reducir la inflación y recuperar la confianza de los mercados. Sin embargo, desde buena parte del sector comercial, de las pequeñas y medianas empresas y de numerosas entidades empresarias se plantea una mirada diferente: entienden que el modelo vigente desplaza al mercado interno como motor del crecimiento y concentra sus expectativas en actividades vinculadas al sistema financiero, el complejo agroexportador, la minería y otros sectores orientados al ingreso de divisas.

En esa lógica, la apertura de las importaciones también genera preocupación. No únicamente por la competencia que enfrentan muchas industrias nacionales, sino porque cada fábrica que reduce producción termina afectando a una extensa cadena de proveedores, distribuidores y comercios que viven de ese movimiento económico.

La historia económica argentina muestra que cada período de expansión del consumo interno tuvo un correlato directo en la actividad comercial. Cuando hay empleo, salarios con capacidad de compra y producción nacional, el dinero circula por los barrios. Y cuando esa rueda pierde fuerza, el primero que lo advierte suele ser el comerciante, mucho antes de que aparezcan las estadísticas oficiales.

En nuestras tres ciudades, esa realidad adquiere una dimensión particular. El pequeño comercio continúa siendo uno de los principales generadores de empleo privado y una pieza central de la economía local. Cada persiana que se baja representa una inversión que desaparece, puestos de trabajo que se ponen en riesgo y una parte de la vida cotidiana del barrio que deja de existir.

Por eso, este Día del Comerciante no puede limitarse a un saludo protocolar. También invita a discutir qué lugar ocupa el comercio dentro del proyecto económico del país. Porque detrás de cada local abierto hay una apuesta por producir, por invertir y por generar trabajo. Y detrás de cada persiana cerrada hay algo más profundo que un balance negativo: hay una comunidad que pierde parte de su entramado económico y social.

Celebrar a los comerciantes es reconocer ese esfuerzo. Pero también preguntarse qué modelo de desarrollo necesita la Argentina para que abrir un negocio vuelva a ser una apuesta al futuro y no un ejercicio permanente de supervivencia.