Hay una escena de El traje nuevo del emperador, el célebre cuento de Hans Christian Andersen, que conserva una vigencia incómoda. Todos saben que el emperador está desnudo, pero nadie quiere ser el primero en decirlo. Los funcionarios callan para no parecer tontos, los cortesanos elogian lo inexistente y la multitud acompaña el ritual. Hasta que un niño rompe el pacto de silencio y señala lo evidente.
La política argentina atraviesa hoy una situación parecida, aunque con una diferencia sustancial: aquí no parece haber un niño que deba descubrir la desnudez del rey. Son muchos los que ya la ven. Lo que persiste es la dificultad para decirlo en voz alta.
Durante buena parte de estos años, Javier Milei consiguió terminar de encerrar la discusión pública en una lógica binaria, cuestión para nada nueva en la Argentina del Siglo XXI. O se estaba con él y su proyecto de transformación, o se pertenecía a la casta, el populismo, el socialismo, los enemigos del cambio o cualquiera de las categorías utilizadas para simplificar una realidad mucho más compleja. Esa estrategia fue una de las claves de su éxito: convirtió la indignación social en capital electoral y presentó la discusión económica como una disputa moral entre quienes entendían la realidad y quienes defendían el sistema que había llevado al país a la decadencia.
Milei, además, nunca ocultó demasiado lo que pretendía hacer. El ajuste, la reducción del Estado, la confrontación con sindicatos y organizaciones sociales, la apertura y la desregulación formaban parte de su discurso antes de llegar a la Casa Rosada. Se puede discutir si los resultados fueron los esperados o si los costos fueron subestimados, pero atribuir todo a un engaño sería demasiado sencillo.
El problema que aparece ahora es otro: una cosa es construir una candidatura desde la provocación y la confrontación permanente; otra, muy diferente, es ejercer la Presidencia. La campaña puede beneficiarse de la impulsividad y la teatralidad. Gobernar exige escuchar, negociar, reconocer errores, administrar conflictos y conservar el control cuando la realidad contradice los deseos.
Es en ese punto donde algo no termina de cerrar con Javier Milei.
No corresponde convertir sus apariciones públicas en un diagnóstico médico. Nadie puede determinar el estado de salud mental de una persona por entrevistas, gestos o discursos. Pero tampoco es razonable exigir que la sociedad ignore comportamientos públicos cuando quien los protagoniza ocupa la Presidencia. Y hay una reiteración que merece discusión política: enojos desproporcionados ante las críticas, insultos, respuestas agresivas y una tendencia a convertir las diferencias políticas en enfrentamientos personales.
El problema no es que un presidente se enoje. El problema aparece cuando el enojo se vuelve una forma habitual de comunicación y la confrontación deja de ser un recurso para convertirse en la estructura misma del discurso presidencial.
La autoridad presidencial no se fortalece cuando el presidente grita más fuerte que sus adversarios; se fortalece cuando puede permanecer sereno frente a ellos.
En las últimas semanas, además, la presencia pública del Presidente fue llamativamente reducida. No corresponde especular sobre las razones ni afirmar, sin pruebas, que estuvo “encerrado”. Pero cuando una ausencia se combina con comunicación oficial limitada y luego con una reaparición desconcertante por su forma y contenido, es legítimo preguntarse qué sucede en la conducción política del país.
Su discurso ante el Consejo de las Américas y la Cámara Argentina de Comercio volvió a mostrar al Milei que conocemos: confrontativo, desbordado en algunos pasajes y dispuesto a convertir un encuentro con buena parte del poder económico argentino en una sucesión de ataques. Lo llamativo fue también la distancia entre el escenario y el tono. Allí estaban empresarios y actores económicos con los que un gobierno necesita construir confianza y previsibilidad. No era una tribuna partidaria.
El Presidente pareció hablar más para los convencidos que para quienes tenía delante.Y los convencidos parecen ser cada vez menos.
Eso debería preocupar al Gobierno más que las críticas de la oposición. Una cosa es que el peronismo o la izquierda cuestionen a Milei. Otra es que sectores económicos que acompañaron su programa y son los escasos beneficiarios, comiencen a escuchar con distancia o a desoir. El poder económico puede tolerar estilos difíciles si percibe estabilidad. Cuando empieza a percibir imprevisibilidad, mira el escenario siguiente.
Algo similar ocurre con el caso de Fernando Cerimedo. La investigación judicial en Bolivia debe seguir su curso y una acusación no equivale a una condena. Pero la gravedad de los hechos investigados y la trayectoria de Cerimedo en campañas digitales y redes de la nueva derecha latinoamericana y estadounidense justifican una investigación mucho más profunda.
Lo preocupante no es solamente Cerimedo, sino el modelo político que aparece detrás: militantes reemplazados por operadores digitales, estructuras partidarias por redes de segmentación y propaganda tradicional por campañas diseñadas para producir emociones específicas. El poder ya no necesita convencer a todos de lo mismo: puede identificar qué teme cada grupo, qué lo indigna y qué enemigo resulta más eficaz.
Hablar de un nuevo “Plan Cóndor digital” puede funcionar como metáfora solamente, ante lo evidente de la existencia de estructuras políticas, tecnológicas y financieras que atraviesan fronteras y participan de la construcción de nuevas derechas latinoamericanas. Argentina está dentro de ese proceso.
En este entramado, Cerimedo parece ser apenas un anteúltimo eslabón de una estructura mucho más amplia, profunda y poderosa, que seguramente iremos descubriendo en las próximas horas.
La cuestión geopolítica tampoco puede separarse de esto. El Gobierno de Milei eligió una alineación marcada con Estados Unidos e Israel, mientras Washington presiona para limitar la influencia tecnológica y económica de China en América Latina. Argentina, sin embargo, sigue necesitando capital, infraestructura, comercio y mercados provenientes de ambos mundos.
La pregunta seria no es si debemos ser amigos de Estados Unidos o de China. Es si Argentina puede relacionarse con las grandes potencias defendiendo sus propios intereses o si terminará aceptando que cada una determine qué puede hacer y con quién puede comerciar.
Una cosa es elegir aliados. Otra es renunciar a la autonomía, a la soberanía.
Mientras tanto, debajo de estas discusiones existe una realidad menos sofisticada: empleo, salarios, deudas, consumo y familias que no llegan a fin de mes. Cuando el salario pierde poder de compra, aumenta la morosidad, el crédito se vuelve inaccesible y las empresas dejan de contratar, no hay relato oficial que pueda paliar el malestar social.
El Gobierno puede exhibir indicadores favorables. La discusión estadística continuará. Pero hay un indicador que ningún gobierno puede manipular indefinidamente: la percepción de la gente sobre cómo está viviendo.
Allí aparece la grieta dentro del propio relato libertario.
Muchos argentinos votaron a Milei porque estaban hartos de procesos anteriores, no necesariamente porque fueran libertarios convencidos. Otros creyeron profundamente en su proyecto. Algunos entendieron que cualquier costo era preferible a la continuidad de un sistema que creían insuficiente o peor aún agotado. Ahora todos enfrentan la misma pregunta: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una política de ruptura cuando los resultados sociales empiezan a pesar más que la épica?
Ahí está la verdadera fragilidad del Gobierno: no necesariamente en una crisis inmediata, sino en la pérdida progresiva de la convicción de que Milei es inevitable.
Los gobiernos son fuertes mientras sus aliados creen que van a durar, sus adversarios creen que pueden perder y una parte importante de la sociedad considera que no existe una alternativa mejor. Cuando esas percepciones cambian simultáneamente, el poder se vuelve vulnerable.
El peronismo intenta reconstruirse. El PRO busca recuperar margen. Los gobernadores defienden sus territorios. La izquierda (se) ilusiona. Los empresarios miran más allá de la coyuntura. Y alrededor de Karina Milei se concentra cada vez más poder político y partidario. No hace falta afirmar que exista unareemplazante esperando detrás de la puerta. Basta observar que, cuando distintos actores empiezan a preguntarse qué ocurriría si el liderazgo actual pierde fuerza, es porque la percepción de invulnerabilidad ya desapareció.
Ahí vuelve a servir la fábula de Andersen.
El emperador no cayó porque alguien lo empujara. Cayó porque dejó de ser posible sostener colectivamente la ficción. Los cortesanos callaban por conveniencia, los funcionarios por temor y otros porque habían invertido demasiado en aquella ficción como para admitir que no existía.
La Argentina conoce bien ese mecanismo. Hemos construido liderazgos aparentemente indestructibles, modelos económicos que no podían fracasar y dirigentes que confundieron popularidad con poder permanente. Después descubrimos una regla cruel de la política: aquello que parece sólido puede desmoronarse rápidamente cuando desaparece la creencia colectiva que lo sostiene.
Milei todavía tiene poder, herramientas institucionales, una base electoral considerable, sectores económicos que lo respaldan y una oposición sin una alternativa convincente. Sería un error escribir su epitafio. Pero sería un error mayor actuar como si nada estuviera ocurriendo.
El problema no es determinar si Javier Milei está “loco”, ni defenderlo diciendo que simplemente tiene una personalidad fuerte. Ambas posiciones son demasiado cómodas. La pregunta política es si el hombre que llegó a la Presidencia mediante la confrontación puede desarrollar las capacidades institucionales necesarias para permanecer en ella.
Si puede escuchar sin reaccionar con furia. Discutir sin convertir al adversario en enemigo. Admitir un error sin interpretarlo como derrota. Atravesar una crisis sin desaparecer de la escena pública. Rodearse de funcionarios capaces de contradecirlo. Entender que un país no es una audiencia cautiva ni una red social. Y hacerse cargo también de quienes nunca lo votaron.
No hace falta diagnosticarlo para plantear estas preguntas. Basta con mirar sus discursos, entrevistas, reacciones, ausencias y enfrentamientos. Mirar qué sucede con quienes lo rodean y cómo empiezan a comportarse quienes antes lo acompañaban. Mirar la economía más allá del índice que conviene mostrar y la sociedad más allá de Twitter.
Y, sobre todo, mirar el silencio.
Porque quizá ese sea el dato político más importante. Durante mucho tiempo hubo gente que calló por miedo a ser etiquetada, por conveniencia o porque admitir sus dudas implicaba reconocer que había ayudado a construir algo que no sabía cómo desarmar.
Pero el silencio político tiene un límite.
Llega un momento en que demasiadas personas miran el mismo lugar y descubren que están viendo exactamente lo mismo.
Entonces ya no importa quién fue el primero en decirlo.
Importa que la frase empieza a repetirse.
Y quizá la frase que más miedo produce en cualquier poder no sea “el Gobierno está perdiendo”.
Sea una mucho más sencilla:
El rey está desnudo.