El show del loco y el negocio de los cuerdos

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Hay semanas en las que uno prende la radio, mira un rato las redes, escucha al vecino en el almacén y termina preguntándose si todo lo que acaba de escuchar pasó de verdad o si se quedó dormido y se perdió un capítulo. Esta fue una de esas semanas. Mientras el Gobierno avanza con cambios que pueden tener consecuencias durante muchos años, el Presidente sigue ocupando buena parte de la escena con declaraciones, insultos y posiciones cada vez más extremas. Y mientras tanto, del otro lado, la oposición sigue sin encontrar una respuesta que vaya mucho más allá de explicar por qué Milei está equivocado y hasta coincidir en alguna propuesta. Gobernar no es solamente tener razón sobre el otro. También hay que tener una idea sobre qué hacer con el país.

¿Es solamente “el carácter” de Milei?

Hace tiempo que Javier Milei tiene una manera bastante particular de ejercer la Presidencia. Insulta periodistas, descalifica adversarios, recurre a expresiones escatológicas y ataca a quienes cuestionan sus políticas. Antes, determinadas expresiones provocaban editoriales indignadas, paneles de televisión durante tres días y toneladas de tinta. Hoy muchas veces aparecen explicadas con una frase que parece haberse convertido en comodín: “Es su carácter” o bien “Es auténtico” o “Es natural esa reacción ante tanta operación”. Bueno, resulta que estamos hablando del Presidente de la Nación y ahí cambia la cosa. No corresponde que nadie haga diagnósticos médicos a distancia, ni que se utilice la salud mental como argumento político, pero sí podemos mirar lo que hace, lo que dice y la forma en que ejerce el cargo. Y algunas cosas llaman la atención.

Esta semana, en el Colegio ORT, Milei volvió a dejar varias de esas escenas que después cuesta explicar. Fue convocado para hablar de inteligencia artificial, pero terminó hablando de Dios, Marx, satanismo, periodistas, el bien, el mal, el judaísmo, el capitalismo y hasta de sus conversaciones de madrugada con Alejandro Fantino, presentado ante los alumnos como “Doctor en filosofía”. Todo bastante tranquilo, excesivamente lento. En un momento sostuvo que “el capitalismo es el orden que Dios pensó”, y después explicó que Marx era “satanista” confundiendo definiciones de Marx con la de un personaje de uno de sus escritos iniciales. Cuando apareció el tema de la propiedad privada y el mandamiento “no robarás”, encontró una aplicación práctica bastante particular: los periodistas. Los estudiantes comenzaron a abuchearlos y el Presidente, en lugar de bajar un cambio, celebró la reacción. Uno puede tener la opinión que quiera sobre los periodistas, incluso puede pensar que algunos se ganaron a pulso determinadas críticas, pero hay una diferencia entre criticarlos y que el Presidente de la Nación festeje que un auditorio los abuchee.

Después vino otra definición: “O eligen el bien o eligen el mal; no hay tercer camino”. Mire usted. Resulta que ahora para discutir política argentina hay que rendir examen de catecismo o aún peor de judaismo. Y esto ocurrió frente a adolescentes. Acá vale recordar algo que quizás algunos olvidaron convenientemente. Durante años nos explicaron que el gran peligro era el “adoctrinamiento” kirchnerista, peronista o camporista. No hay que cambiar de criterio según quién tenga el micrófono. Doble vara clara y expuesta.Y encima todos calladitos, complacientes y hasta justificando los delirios de un primer mandatario.

Cerimedo y el negocio de fabricar realidad

Otro asunto que sigue dando vueltas es el caso que involucra a Fernando Cerimedo y las operaciones políticas alrededor de redes sociales, información falsa e inteligencia artificial. Aquí hay algo que ya deberíamos tener bastante claro, porque nos pasa todos los días: ya no solamente consumimos información, también consumimos información fabricada para nosotros. Un video puede ser falso, una voz puede ser clonada, una fotografía puede estar inventada y una cuenta puede no pertenecer a ninguna persona real. Y una mentira, si encuentra el algoritmo adecuado, puede llegar antes que la verdad.

Doña, don, vecino, vecina: esto no es ciencia ficción. Es el teléfono que tenemos en la mano. Por eso el caso Cerimedo importa más allá de Cerimedo. La pregunta interesante es quién financia esas operaciones, quién las organiza, quién produce los contenidos, quién los distribuye y hasta dónde pueden intervenir en una elección. Porque si una campaña política puede fabricarse con millones de mensajes dirigidos a personas distintas, diciéndole a cada una exactamente lo que quiere escuchar, estamos frente a un problema bastante más serio que un influencer haciendo videos desde una computadora. La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria, pero también puede convertirse en una fábrica de mentiras. Y nosotros, mientras tanto, compartimos el videíto porque “mirá lo que dijo este” y después nos preguntamos cómo llegamos hasta acá.

Resta que la investigación siga tirando del hilo, ya que si este accionar de Cerimedo se repitió en Chile, Argentina, Bolivia, Honduras, y Colombia con el triunfo de las derechas más rancias y extravagantes, y en Brasil sin el mismo éxito, resta preguntarnos porque no pensar que quienes intentan tener el poder absoluto de Occidente y sus servicios de inteligencia, sus embajadas no estarían detrás de todo este entramado que no es cibernético sino geopolítico.

El Banco Central no parece importante… hasta que toca el bolsillo

Esta semana también avanzó en Diputados la reforma vinculada con el Banco Central. Suena lejano: Banco Central, directorio, carta orgánica, autonomía, Bausili. Uno empieza a bostezar antes de llegar al segundo párrafo. Pero ojo, porque ahí también se juega una parte importante de la discusión sobre el país. El propio Bausili puso como referencia a Perú y la permanencia prolongada de su titular del Banco Central pese a los cambios de gobierno. Los Macri-libertarios sostiene que el ejemplo a seguir es Perú. ¿Y cómo está Perú? mientras los indicadores macroeconómicos globales mostraron un crecimiento histórico en las últimas dos décadas, las brechas de injusticia social, la pobreza estructural y la desigualdad se han profundizado de manera alarmante. ¿Le suena? “La Macro esta ordenada y el pueblo no llega al 15 de cada mes” dijo alguien hace unos días por estos lares.      

La pregunta es bastante sencilla: ¿queremos que cambien los gobiernos pero determinadas decisiones económicas fundamentales queden fuera de ese cambio? Porque estabilidad puede significar muchas cosas. Previsibilidad dicen sus defensores. Claro gane quien gane las elecciones seguirá siempre el mismo al mando del Cantral, o sea, gane quien gane, las decisiones ya estan tomadas.

Y ahí aparece el viejo problema argentino: ¿quién decide? Porque el Banco Central no es una oficina perdida en Buenos Aires. Las decisiones que toma terminan apareciendo en el crédito, en las tasas, en los precios, en el empleo, en las posibilidades de producir y, finalmente, en la vida cotidiana. Usted quizás no sabe quién integra el directorio, pero cuando el crédito se vuelve imposible, créame que empieza a interesarle.

Y la Justicia tampoco queda afuera

También avanzaron los pliegos de jueces federales, otra cuestión que parece para especialistas, abogados y gente que disfruta leyendo expedientes de 800 páginas. Pero resulta que esos jueces pueden terminar interviniendo en causas de corrupción que involucren a funcionarios y dirigentes de enorme peso político. Por eso importa quiénes son, quién los propone y quién acuerda sus nombres. No alcanza con repetir que “la Justicia es independiente”. Ojalá. La independencia judicial también se construye con mecanismos de selección transparentes y con jueces capaces de actuar sin mirar el color político del acusado.

Y acá aparece una pregunta que, vecino, vecina, podemos hacernos sin ser abogados: ¿por qué en la Argentina la corrupción parece tener consecuencias tan distintas según quién sea el acusado? Porque si usted roba una gallina, probablemente tenga que explicar hasta dónde estaba la gallina. Si el asunto involucra millones, empresas, funcionarios y estructuras políticas, a veces parece que el expediente entra en una dimensión desconocida. Y no debería ser así.

Lo cierto es que casi todos los candidatos fueron presentados en acuerdo entre el Macrismo y el Mileísmo, garantizándose así un base de tranquilidad para futuras denuncias de sus funcionarios. A propósito, ¿no nos llama la atención que no hay un detenido por casos de corrupción del macrismo y del mileismo?, ¿tendrá algo que ver la parcialidad judicial, su doble vara?

Llamó si la atención el voto favorable del peronismo y del kirchnerismo.

Caputo descubrió la justicia social

Pero quizás la perlita económica de la semana fue Luis “Toto” Caputo hablando de justicia social al presentar una línea de créditos hipotecarios. Uno casi espera que aparezca alguien y diga: “Paren todo. ¿Volvió la justicia social y nadie me avisó?”. El problema no es que haya créditos hipotecarios, bienvenidos sean. El problema es llamar justicia social a una política cuyo acceso está reservado a quienes ya tienen ingresos suficientes para entrar en el sistema financiero.

Porque para una familia que alquila, que no llega a fin de mes o que apenas puede pagar los servicios, un crédito hipotecario no es una solución: es otro formulario que mira desde lejos. La vivienda sigue siendo una de las grandes cuentas pendientes de la Argentina y ahí hay que discutir algo más profundo que una línea de crédito. ¿Qué modelo de país permite que una persona que trabaja toda su vida pueda acceder a una vivienda? Eso sí es justicia social. Después podemos discutir cómo se financia, pero primero hay que tener claro para quién se gobierna.

Y mientras tanto, ¿la oposición?

Acá viene una parte que también hay que decir, aunque resulte incómoda para quienes estamos acostumbrados a mirar la política desde trincheras. El Gobierno sigue marcando la agenda y la oposición continúa respondiendo más de lo que propone. Una semana Milei habla de economía, otra de periodistas, otra de Dios, otra de inteligencia artificial, otra de la Justicia, y del otro lado aparece una respuesta. Después otra. Y otra. Mientras tanto, el oficialismo ya está discutiendo otra cosa.

Pero tampoco sería justo meter a toda la oposición en la misma bolsa. No es lo mismo el peronismo, el kirchnerismo, el radicalismo o las distintas expresiones que hoy intentan encontrar un lugar en la política argentina. Tampoco es razonable analizar sus experiencias de gobierno como si todo hubiera sido un desastre o, en el otro extremo, como si todo hubiera sido ejemplar.

El peronismo y el kirchnerismo tuvieron errores, contradicciones, decisiones discutibles y también deudas pendientes. Claro que sí. Pero hay algo que tampoco deberíamos borrar de la historia argentina: fueron proyectos políticos que pusieron en el centro la idea de que una sociedad mejora cuando mejora la vida de quienes están peor, que alguien se realiza cuando la comunidad se realiza. La ampliación de derechos, el acceso a la educación, la recuperación del empleo, las políticas de protección social, la movilidad jubilatoria, la incorporación de sectores que habían quedado afuera y la recuperación de determinadas capacidades del Estado formaron parte de esa concepción.

Podemos discutir cuánto hicieron, cómo lo hicieron, qué salió mal, qué se hizo mal y qué quedó pendiente. Debemos discutirlo. Pero no podemos hacer de cuenta que la única diferencia entre aquellos proyectos y el actual es quién ocupa el sillón de Rivadavia. Había, y todavía hay, una discusión distinta sobre para qué sirve el Estado y hacia dónde debe mirar una política económica.

Y fundamentalmente deberíamos debatir con la misma profundidad y autocrítica al macrismo, y al mileismo. Todos los procesos políticos. Porque sino se cae en lo absolutismos y en las falsas antinomias, y no se discuten ideas y proyectos sino nombres y procesos de manera simple y superficial. Engañosos debates que nada bien hicieron.

Y acá también conviene ordenar otra cosa. El macrismo no es simplemente “la otra oposición” al mileísmo. Hay una continuidad bastante visible entre aquella experiencia de gobierno y buena parte del rumbo económico que hoy propone La Libertad Avanza. No porque sean idénticos —ningún gobierno es idéntico a otro— sino porque comparten una mirada sobre el Estado, el mercado, la apertura económica, la reducción del gasto público y el lugar que debe ocupar el sector privado.

De hecho, una parte del macrismo terminó incorporándose al Gobierno de Milei. Funcionarios, dirigentes, economistas y cuadros políticos que participaron de aquella experiencia hoy ocupan lugares importantes en la administración libertaria. Entonces quizás haya que dejar de presentar ambas experiencias como mundos completamente separados. Hay una línea de continuidad que vale la pena discutir.

Y esto tampoco significa que todo votante de Macri sea mileísta ni que toda persona que haya votado a Milei adhiera a cada una de las ideas del macrismo. La política argentina es bastante más compleja que una planilla de Excel. Pero entre ambos proyectos existe una coincidencia de fondo que resulta difícil desconocer: una determinada confianza en que el mercado debe ocupar un lugar mucho mayor y que el Estado debe retirarse de buena parte de las funciones que históricamente asumió.

El problema para quienes se oponen a Milei es que no alcanza con señalar esa continuidad. Hay que construir una alternativa. Y ahí está el verdadero desafío.

La Argentina de 2026 no es la de 2003. Tampoco la de 2015. Muchísimo menos la de 1974 o la de 1945. Cambió el trabajo, cambió la tecnología, cambió la manera de informarnos, cambió la relación de los jóvenes con la política, cambió la estructura productiva y cambió el mundo. Hasta cambió la forma de conocer gente: antes uno iba al bar, ahora primero mira Instagram. Algún progreso tuvimos, aunque a veces uno no esté tan seguro.

Por eso no alcanza con recuperar viejas consignas. Tampoco alcanza con decir que antes todo era mejor. Y mucho menos alcanza con defender automáticamente todo lo que hizo un gobierno solamente porque pertenece a nuestra tradición política. Hay que recuperar lo mejor de esas experiencias y hacerse cargo de lo que no funcionó.

Si el objetivo sigue siendo mejorar la vida de quienes tienen menos, habrá que pensar cómo hacerlo en la Argentina de hoy y no en la Argentina de hace veinte años. ¿Qué trabajo queremos crear? ¿Cómo vamos a producir? ¿Qué hacemos con nuestros recursos naturales? ¿Cómo se accede a una vivienda? ¿Qué educación necesitan nuestros chicos? ¿Qué hacemos con la inteligencia artificial? ¿Qué Estado necesitamos? ¿Cómo recuperamos seguridad? ¿Cómo se distribuye mejor la riqueza? ¿Cómo volvemos a crecer sin dejar a una parte enorme de la sociedad mirando desde afuera?

Eso es bastante más difícil y complejo que postular una simple oposición con Milei. Pero también es bastante más necesario.

El miedo tampoco puede ser el único argumento

El oficialismo tiene una herramienta política que le ha dado resultado: “Si no somos nosotros, vuelve lo peor”. Y funciona. Porque hay argentinos que tienen miedo de volver atrás. Otros tienen miedo de perder lo poco que recuperaron. Otros tienen miedo de que vuelva el kirchnerismo. Otros tienen miedo de que vuelva el macrismo. Y algunos, directamente, tienen miedo de que vuelva cualquiera.

Pero una sociedad no puede vivir eternamente votando con miedo. Tampoco hay que pedirle a nadie que olvide sus experiencias. Hay gente que vivió mal los gobiernos anteriores y tiene todo el derecho a recordarlo. Hay quienes encontraron trabajo, recuperaron derechos o pudieron acceder a una vivienda durante esos gobiernos y también tienen derecho a recordarlo. La memoria social no se ordena desde un estudio de televisión.

Por eso una verdadera alternativa al mileísmo tiene que ser capaz de explicar qué quiere hacer con la Argentina que existe hoy.

Y quizás ahí esté una de las grandes tareas pendientes del peronismo y del kirchnerismo: no renunciar a la idea de igualdad y justicia social, pero encontrar las herramientas para hacerla posible en una sociedad diferente.

Porque defender a los más débiles no significa negar los problemas del Estado. Defender el trabajo no significa desconocer que cambió la forma de producir. Defender la educación pública no significa negar que necesita transformarse y ser eficiente y de calidad. Defender la industria nacional no significa proteger indefinidamente empresas que no producen o no pueden competir. Defender la salud pública no significa aceptar su deterioro. Y defender los derechos sociales no significa pensar que alcanza con repetir las palabras que alguna vez los conquistaron.

Hay que volver a hacerlos posibles.

El personaje y lo que ocurre detrás

Quizás el mayor riesgo sea que terminemos discutiendo solamente a Milei: su forma de hablar, sus insultos, sus gestos, sus peleas, sus declaraciones, su personalidad. Porque mientras discutimos al personaje avanzan decisiones importantes sobre el Banco Central, la Justicia, el Estado, el sistema financiero, los recursos naturales, el trabajo y la información.

Eso merece mucha más atención que el último insulto presidencial en las redes. El insulto dura unas horas. Una reforma institucional puede durar décadas.

Y acá está, quizás, la discusión que deberíamos recuperar como sociedad. No si Milei nos cae simpático o antipático, no si grita mucho o poco, no si tiene razón cuando insulta a tal periodista. La pregunta es otra: ¿qué país se está construyendo mientras nosotros discutimos al Presidente?

Porque el Gobierno tiene una dirección. Podemos estar de acuerdo o no, pero la tiene. El macrismo ya había recorrido parte de ese camino y hoy algunos de sus principales dirigentes y técnicos forman parte de esta experiencia. Del otro lado, el peronismo y el kirchnerismo tienen algo que defender que va bastante más allá de sus nombres propios: la idea de que una sociedad no puede considerar exitoso un modelo si para que algunos estén mejor muchos tienen que quedar peor.

Pero esa idea, para volver a ser mayoría, necesita algo más que memoria.

Necesita perspectiva y certezas a futuro.

Necesita una propuesta que no mire solamente hacia 1945, 1973, 2003 o 2015 sino que sea capaz de mirar a la Argentina que tenemos delante tomando de esas experiencias lo mejor para proyectarlas en un mundo com el de hoy.

Y ese país, vecino, vecina, argentino, argentina, no necesita solamente que alguien nos diga quién tiene la culpa. Necesita que alguien sea capaz de decirnos qué se va a hacer al encontrarla como nos la van a dejar.