El sociólogo, investigador y docente Daniel Schteingart presentó su libro No somos un país de mierda (todavía), una obra que analiza cómo evolucionó la Argentina, cuál es su situación actual y hacia dónde se dirige. En diálogo con Frecuencia Camalote, el autor propuso revisar las miradas extremas sobre el país y construir un diagnóstico basado en datos, que permita reconocer tanto los avances como los problemas estructurales que condicionan su desarrollo.
La idea nació en 2017, cuando Schteingart publicó una columna en la revista Anfibia con el título “No somos un país de mierda”. En aquel momento, cuestionaba la tendencia a considerar que todo funciona mal en la Argentina y que las oportunidades siempre están afuera. La repercusión de aquel artículo y las sucesivas crisis económicas y políticas impulsaron al investigador a retomar el planteo y profundizarlo en un libro publicado por Siglo XXI Editores junto con Fundar, el centro de investigación en políticas públicas donde trabaja.
La primera tesis de la obra sostiene que la Argentina todavía se encuentra por encima de la mitad de la tabla mundial en distintos indicadores. Schteingart destacó que «el país tiene una esperanza de vida cercana a los 78 años, niveles educativos superiores al promedio global y mejores condiciones relativas de riqueza y democracia que buena parte del mundo». La segunda tesis señala que, pese a las crisis, la Argentina experimentó avances históricos: aumentó la esperanza de vida, disminuyeron la mortalidad infantil y los homicidios, se ampliaron los niveles educativos y se redujeron algunas brechas de género.
Sin embargo, el principal problema aparece en la tercera tesis; aunque la Argentina progresó, otros países lo hicieron a mayor velocidad. Esa diferencia explica la pérdida de posiciones relativas en materia económica, educativa y sanitaria. Schteingart ejemplificó esta situación con Chile, que actualmente registra una esperanza de vida superior a la argentina. El desafío, entonces, no consiste solamente en mejorar las condiciones de vida, sino «en recuperar la capacidad de avanzar al ritmo de otras sociedades».
Uno de los capítulos que el autor destacó especialmente está dedicado a la felicidad. Desde su perspectiva, «el desarrollo económico contribuye al bienestar, pero no lo garantiza automáticamente». En ese sentido, señaló que «América Latina presenta niveles elevados de felicidad declarada en encuestas internacionales, a pesar de sus dificultades económicas y sociales». Una de las posibles explicaciones reside en la fortaleza de los vínculos sociales, la familia, las amistades y las redes comunitarias, combinadas con mayores márgenes de libertad individual. Para Schteingart, preservar esa sociabilidad «resulta fundamental para evitar que el crecimiento económico termine construyendo sociedades más prósperas, pero también más solitarias».
Por otro lado, el investigador cuestionó las dos miradas que suelen dominar el debate público, la que considera que la Argentina es un fracaso absoluto y la que la define como el mejor país del mundo. La primera, advirtió, «puede justificar la destrucción de instituciones que necesitan reformas, pero que cumplen funciones importantes». La segunda, en cambio, «puede impedir el reconocimiento de problemas estructurales como la inflación, la corrupción y la ineficiencia estatal». Una crítica similar planteó respecto de la protección de la industria nacional: «E necesario evaluar sus beneficios y costos, sin asumir que todo lo nacional debe protegerse a cualquier precio».
El planteo de Schteingart es que «Argentina necesita una mirada más equilibrada, capaz de distinguir qué funciona, qué debe transformarse y qué conviene preservar». Para el autor, ni el pesimismo absoluto ni el orgullo nacional acrítico permiten comprender la complejidad del país. El objetivo es reconocer las dificultades sin desconocer los logros, y promover cambios que fortalezcan la economía y las instituciones sin destruir capacidades construidas a lo largo del tiempo.