Hay algo de la película “El bebé de Rosemary’s” flotando sobre la política argentina de estos días. No solamente por la aparición mediática de una misteriosa “Rosemary” alrededor de la intimidad presidencial, sino por la atmósfera general que envuelve al país: una sensación de manipulación permanente, de acuerdos ocultos, de decisiones tomadas en habitaciones cerradas mientras la sociedad apenas alcanza a percibir fragmentos de lo que realmente ocurre, o divaga con titulares que parece tapar la realidad.
En la película, Rosemary cree vivir una vida normal hasta que lentamente descubre que su entorno —sus vecinos, los médicos, incluso su propio marido— forman parte de una estructura que decide por ella y sobre ella. Todo parece cotidiano, incluso absurdo por momentos, pero detrás de cada gesto aparentemente trivial existe un plan mucho más grande que ella desconoce. Algo parecido parece respirarse en esta Argentina donde las internas palaciegas, los audios filtrados, los servicios de inteligencia, los negociados y las operaciones cruzadas generan la sensación de que el poder real se mueve en otro plano, lejos de la ciudadanía.
Los audios de la “Rosemary” libertaria funcionan casi como una escena salida del edificio Bramford: personajes ambiguos, filtraciones misteriosas, rumores de traiciones internas y una intimidad presidencial convertida en espectáculo. Pero detrás del morbo aparece algo más inquietante: la percepción de fragilidad institucional. En la película, Rosemary comienza a sospechar que nadie puede protegerla realmente. Aquí surge una pregunta parecida: si el Presidente puede quedar expuesto de esa manera, ¿qué tan blindado está realmente el Estado argentino? ¿Quién controla a quienes dicen controlar?
Esa sensación de pérdida de control se profundiza todavía más con el llamado “Gemelo Digital Social”, presentado como una innovación tecnológica para administrar políticas públicas. En la lógica de El bebé de Rosemary, el horror nunca aparece de golpe: primero llega disfrazado de modernidad, de ayuda, de soluciones racionales. Lo siniestro emerge cuando Rosemary descubre que su cuerpo dejó de pertenecerle. Algo parecido ocurre con el temor que despierta este proyecto: millones de argentinos podrían terminar convertidos en datos, perfiles y predicciones dentro de sistemas manejados por corporaciones tecnológicas y estructuras estatales cada vez más opacas. La pregunta ya no sería solamente quién gobierna, sino quién procesa, clasifica y decide sobre nuestras vidas.
El informe del Fondo Monetario Internacional también parece encajar en esa lógica perturbadora. En la película, cada vez que Rosemary intenta rebelarse, el entorno le explica que todo es “por su bien”. Del mismo modo, el discurso económico insiste en que el ajuste, la pérdida salarial y el deterioro social son sacrificios inevitables para alcanzar un supuesto orden superior. Las elecciones empiezan a ser vistas como amenazas para “la estabilidad”, del mismo modo que en el film cualquier intento de autonomía de Rosemary es considerado un riesgo para el plan que otros diseñaron sobre ella.
La democracia aparece entonces como un cuerpo tutelado. El Congreso molesta cuando discute leyes que alteran el programa económico; la protesta social se administra como variable técnica; el voto comienza a observarse más desde Wall Street que desde la soberanía popular. Como Rosemary, la sociedad empieza a sospechar que las decisiones importantes ya fueron tomadas en otra parte.
Las internas dentro del oficialismo también recuerdan a la lógica claustrofóbica de la película. En El bebé de Rosemary nadie actúa por convicciones morales: cada personaje responde a intereses, pactos y ambiciones ocultas. Las disputas entre los distintos sectores libertarios —Caputo, Menem, Karina Milei, Patricia Bullrich— parecen muchas veces menos ideológicas que económicas. Detrás aparecen negocios gigantescos: la Hidrovía, las privatizaciones, Vaca Muerta, el litio, los datos, la energía. Como en el film, mientras la protagonista intenta comprender qué ocurre, alrededor suyo otros discuten quién administrará el verdadero poder.
Incluso el tratamiento legislativo de la Zona Fría parece encajar dentro de esa atmósfera. En la película, los poderosos exigen sacrificios ajenos mientras preservan sus propios privilegios. Aquí, mientras millones de argentinos enfrentan tarifazos y pérdida de ingresos, empresas como Edesur y Edenor reciben beneficios multimillonarios. El esfuerzo siempre parece recaer sobre los mismos cuerpos frágiles, mientras los sectores concentrados son protegidos por el sistema.
Y finalmente aparece la causa Cuadernos, quizás el tramo más “polanskiano” de todos. Testimonios contradictorios, presiones, relatos que se derrumban, personajes secundarios que adquieren centralidad inesperada y una maquinaria judicial que durante años funcionó como verdad indiscutible. En El bebé de Rosemary el horror más profundo no es el monstruo, sino la imposibilidad de distinguir entre verdad y manipulación. Algo similar empieza a emerger cuando causas judiciales construidas como verdades absolutas muestran grietas cada vez más visibles.
Tal vez por eso la película funciona tan bien como metáfora de este presente argentino. Porque no habla solamente del miedo, sino de algo mucho más inquietante: la sensación de que mientras la sociedad intenta comprender qué ocurre, otros intenta pactar el destino a puertas cerradas.