Cuando trabajar ya no alcanza: duro informe de la UCA

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«La Argentina no enfrenta solamente una crisis de ingresos. Enfrenta una crisis mucho más profunda: el trabajo está dejando de cumplir la función que durante décadas sostuvo la cohesión social del país.»

Cada tanto aparece un informe que logra romper el ruido de la coyuntura. No porque descubra algo completamente nuevo, sino porque pone en orden una realidad que todos perciben de manera fragmentada. El último estudio del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina pertenece a esa categoría.

No es un informe sobre pobreza. Tampoco es solamente un estudio sobre empleo. Es, sobre todo, una radiografía de un proceso mucho más silencioso: el deterioro del trabajo como principal organizador de la vida social argentina.

Durante décadas existió una certeza que atravesó generaciones. Conseguir un empleo significaba mucho más que cobrar un sueldo. Era acceder a una obra social, proyectar una vivienda, pensar en la educación de los hijos, aportar para una jubilación y, fundamentalmente, creer que el esfuerzo permitía vivir un poco mejor que la generación anterior.

Ese pacto fue uno de los grandes pilares de la movilidad social argentina.

Hoy ese pacto empieza a mostrar grietas.

El dato más inquietante del informe no es que haya aumentado la precariedad. Es la paradoja que describe. Mientras el desempleo permanece relativamente bajo, el mercado laboral se transformó profundamente. Como señala la investigación, el período estuvo marcado por «una recomposición regresiva de las formas de inserción ocupacional», donde la baja desocupación convivió con más precariedad, menor regulación y persistentes diferencias salariales.

Traducido al lenguaje cotidiano significa algo muy simple: hay más argentinos que trabajan, pero ese trabajo cada vez garantiza menos.

Se trabaja más.

Se vive peor.

Y esa es una diferencia enorme.

Porque una sociedad puede soportar durante un tiempo altos niveles de inflación o incluso una recesión. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la pérdida de sentido del trabajo. Cuando levantarse todos los días ya no alcanza para construir un proyecto de vida, el problema deja de ser económico para convertirse en una crisis de expectativas.

La UCA también pone sobre la mesa otra cuestión incómoda. Este proceso no comenzó con el gobierno de Javier Milei, aunque hoy pueda profundizarse bajo una lógica de mayor flexibilización laboral. Tampoco nació durante la gestión anterior. Es una transformación que lleva más de quince años y que atravesó gobiernos, modelos económicos y distintos ciclos políticos.

Eso obliga a abandonar una costumbre muy argentina: creer que cada problema empieza con el gobierno de turno.

Las responsabilidades existen y deben discutirse. Pero antes hay que comprender el fenómeno.

El informe sostiene que la economía argentina fue perdiendo capacidad para generar empleo formal y protegido, mientras aumentaban las formas de inserción más precarias. Incluso advierte que la incorporación de trabajadores «tendió a apoyarse crecientemente en sectores y modalidades de inserción de menor productividad, menor regulación y capacidad remunerativa».

Es decir, el mercado laboral siguió absorbiendo personas, pero cada vez en peores condiciones.

No es un detalle técnico.

Es un cambio de época.

La Argentina está dejando atrás un modelo donde el trabajo ordenaba la sociedad para ingresar en otro donde millones de personas viven en una permanente incertidumbre. Trabajos temporarios, changas, plataformas digitales, monotributos forzados, ingresos que dependen del día a día. La precariedad dejó de ser una excepción para convertirse en una experiencia cotidiana.

Y cuando cambia la forma de trabajar, también cambia la forma de vivir.

Se posterga la posibilidad de alquilar una vivienda, de acceder a un crédito, de formar una familia o simplemente de imaginar el futuro con cierta tranquilidad.

Por eso el deterioro del empleo no puede analizarse únicamente desde la economía.

También habla de la calidad de nuestra democracia.

Una sociedad donde el mérito deja de encontrar recompensa comienza lentamente a perder confianza en sus instituciones. Cuando el esfuerzo deja de ofrecer una perspectiva de progreso, aparecen el desencanto, la apatía o la bronca. Allí encuentran terreno fértil los discursos que prometen soluciones simples para problemas complejos.

Quizás esa sea la mayor advertencia del informe.

No alcanza con celebrar la baja de la inflación, el equilibrio fiscal o una recuperación de determinados indicadores macroeconómicos si ese proceso no logra reconstruir el tejido productivo que genera empleo de calidad.

La discusión de fondo no debería ser únicamente cuánto crece la economía, sino cómo crece y quiénes participan de ese crecimiento.

La Argentina necesita desarrollar Vaca Muerta, el litio, la minería, el campo y la economía del conocimiento. Pero también necesita una industria moderna, pequeñas y medianas empresas dinámicas, innovación tecnológica y políticas capaces de transformar ese crecimiento en millones de puestos de trabajo estables.

Ese debería ser el verdadero proyecto nacional.

No porque el trabajo sea una variable más entre tantas otras.

Sino porque sigue siendo el principal mecanismo de integración social que conocen las democracias modernas.

La propia UCA advierte que hoy convivimos con «una institucionalidad laboral formalmente protectora, pero con alcance efectivo decreciente», producto del avance de formas de empleo cada vez más desreguladas.

Ese diagnóstico interpela a oficialismos y oposiciones por igual.

Porque la verdadera discusión no pasa por defender un modelo económico contra otro, sino por responder una pregunta mucho más sencilla y mucho más profunda.

¿Qué país queremos construir?

Uno donde el crecimiento beneficie únicamente a los sectores más dinámicos de la economía o uno donde ese crecimiento vuelva a traducirse en oportunidades para millones de trabajadores.

La respuesta definirá mucho más que un resultado electoral.

Definirá si la Argentina logra reconstruir el contrato social que alguna vez hizo del trabajo una promesa de dignidad y de ascenso social.

Porque ningún país puede sostenerse indefinidamente cuando quienes trabajan sienten que trabajar ya no alcanza.