El FMI volvió a la Casa Rosada y ya nadie intenta disimularlo

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Durante muchos años, las visitas del Fondo Monetario Internacional a la Argentina tenían una característica común: cierta incomodidad. Los funcionarios del organismo llegaban, se reunían con los equipos económicos, revisaban números, formulaban recomendaciones y se retiraban procurando no convertirse en protagonistas visibles de la escena política.

La razón era sencilla: para una sociedad como la argentina, marcada por décadas de crisis y programas de ajuste, la presencia del FMI nunca fue un acontecimiento neutral. Se asoció siempre al organismo con los momentos más oscuros para nuestro Pueblo, con la razón de tiempos de pobreza extrema para gran parte de la Argentina.

Esta vez ocurrió algo distinto.

Kristalina Georgieva llegó a Buenos Aires y fue recibida como una invitada de honor. Se reunió con Javier Milei, participó de una reunión de gabinete, brindó una conferencia de prensa, dialogó con funcionarios y recorrió Vaca Muerta. La imagen fue clara: la máxima autoridad del organismo que concentra la mayor deuda externa argentina tuvo un protagonismo que excedió largamente el de una funcionaria que viene a revisar un acuerdo financiero.

La escena hubiera sido impensada años atrás.

No porque los gobiernos argentinos no tuvieran vínculos con el Fondo. Los tuvieron, y muchos. Pero existía una diferencia: incluso quienes negociaban con el organismo intentaban preservar una distancia política, porque sabían que una fotografía demasiado cercana con el FMI tenía un costo simbólico enorme.

Hoy esa distancia desapareció.

El Gobierno decidió mostrar esa relación como un activo político. La presencia de Georgieva fue presentada como una señal de confianza internacional y como una confirmación del rumbo económico elegido por Javier Milei.

Pero hay otra lectura posible.

La Argentina no recibió a la titular del FMI porque atraviesa una etapa de fortaleza económica. La recibió porque es el país que más dinero le debe al organismo en todo el mundo.

Ese dato debería formar parte de cualquier análisis serio.

El Fondo Monetario Internacional fue creado para asistir a países con problemas de financiamiento externo. No es un club de inversores que certifica éxitos económicos. Cuando un país recurre al FMI, lo hace porque perdió capacidad de resolver sus problemas por sus propios medios.

Las grandes economías del mundo no necesitan recurrir al Fondo para sostener sus políticas económicas. Estados Unidos, China, Alemania, Japón o Francia no tienen programas con el organismo porque cuentan con otras herramientas financieras y mayor margen de decisión.

La Argentina, en cambio, volvió a quedar atada a sus revisiones, sus metas y sus desembolsos.

Y eso no ocurrió por casualidad.

En 2005, el gobierno de Néstor Kirchner decidió cancelar la deuda con el Fondo Monetario Internacional. La decisión fue presentada como una forma de recuperar capacidad de decisión económica luego de años de condicionamientos externos.

Más allá de las discusiones políticas sobre aquel período, había una idea central: mientras el país dependiera del FMI, una parte importante de sus decisiones económicas estaría condicionada por un organismo externo.

Ese vínculo se reconstruyó en 2018.

El gobierno de Mauricio Macri recurrió nuevamente al Fondo y obtuvo un préstamo récord. Luis Caputo, actual ministro de Economía, fue una de las figuras centrales de aquella política financiera.

El resultado es conocido: el préstamo más grande otorgado en la historia del organismo no evitó la crisis cambiaria ni logró estabilizar la economía argentina. Pero dejó una deuda que continúa condicionando el presente.

Hoy, con Caputo nuevamente al frente del Ministerio de Economía, la Argentina vuelve a estar profundamente vinculada al Fondo.

La diferencia es que ahora esa relación ya no se intenta ocultar.Se exhibe.

La recorrida de Georgieva por Vaca Muerta fue probablemente la imagen más potente de la visita.

El yacimiento representa una de las mayores esperanzas de generación de divisas para la Argentina. Es el recurso sobre el cual el Gobierno deposita buena parte de sus expectativas para obtener dólares, reducir restricciones externas y cumplir compromisos financieros.

La postal fue cuidadosamente elegida: la titular del FMI junto al principal activo energético del país.

Pero esa imagen también abre una discusión incómoda.

Vaca Muerta fue desarrollada durante años con participación del Estado argentino, especialmente durante los gobiernos kirchneristas, a través de inversiones públicas, planificación energética y el fortalecimiento de YPF como empresa estratégica.

Hoy aparece como la gran garantía futura para afrontar compromisos externos.

La pregunta que queda abierta es si ese desarrollo servirá para ampliar las capacidades productivas del país o simplemente para generar los dólares necesarios para pagar una deuda que volvió a ocupar un lugar central en la economía argentina.

La visita de Georgieva también dejó otro dato significativo.

El FMI, que durante meses concentró su discurso en el equilibrio fiscal y la reducción de la inflación, comenzó a hablar de algo que el Gobierno había dejado en segundo plano: la actividad económica.

La preocupación por las pequeñas empresas, el empleo y la necesidad de que la recuperación llegue a la economía real no fue un detalle menor.

Incluso el Fondo parece advertir que una economía puede ordenar sus cuentas y, al mismo tiempo, continuar atravesando problemas profundos.

El Gobierno eligió leer la visita como una validación de su programa.

Pero hay otra interpretación posible: el FMI está respaldando el ajuste, aunque empieza a reclamar que ese ajuste encuentre una salida económica más allá del equilibrio contable.

El problema de fondo es otro.

La Argentina parece haber aceptado como normal una situación que durante décadas fue considerada excepcional: que sus principales decisiones económicas sean observadas, evaluadas y condicionadas por un organismo internacional.

No se trata de desconocer la existencia de una deuda.Las deudas existen y deben ser afrontadas.

La discusión es política: qué grado de autonomía conserva un país cuando una parte sustancial de sus decisiones económicas está organizada alrededor de cumplir con un acreedor externo.

La imagen de esta semana fue fuerte por eso.No solamente porque Kristalina Georgievavisitó la Argentina.Sino porque el Gobierno decidió convertir esa visita en una celebración.

El mismo organismo que durante años fue asociado por amplios sectores de la sociedad con las crisis económicas argentinas fue recibido esta vez con una puesta en escena destinada a mostrar confianza y respaldo.

El problema no es que la Argentina dialogue con el Fondo.

Todos los países negocian con organismos internacionales.

El problema es que después de tantos años seguimos discutiendo cómo administrar una deuda que reaparece cada vez que el país pierde capacidad de decidir sobre su propio rumbo económico.

La foto de Georgieva en la Casa Rosada no fue solamente una foto institucional. Fue una foto de época.

Una imagen que muestra hasta qué punto la Argentina volvió a depender de decisiones tomadas fuera de sus fronteras.

Y eso, más allá de cualquier simpatía o rechazo hacia un gobierno determinado, debería abrir una discusión nacional que todavía sigue pendiente y deberíamos de saldar.

La discusión de fondo no es solamente cuánto debe la Argentina al Fondo Monetario Internacional. La discusión es qué tipo de país quiere construir y qué herramientas necesita recuperar para decidir su propio destino. Y sin lugar a dudas las propuestas alternativas al gobierno libertario deberían decir de cara al 2027 que piensan hacer con esta deuda y con el FMI.

Porque ningún país que aspire a ser grande, ningún pueblo que quiera vivir con dignidad y ningún Estado que busque un desarrollo pleno con justicia social puede convertir la dependencia financiera en un horizonte permanente. Los organismos internacionales pueden formar parte de las relaciones económicas entre naciones, pero nunca pueden transformarse en quienes definan las prioridades de un país.

La historia demuestra que los pueblos que lograron avanzar fueron aquellos que ampliaron sus capacidades, fortalecieron su producción, defendieron sus recursos estratégicos y construyeron autonomía para tomar decisiones.

Ningún país que quiera ser grande, ningún pueblo que quiera ser feliz, ninguna Nación que busque su pleno desarrollo con justicia puede ir en la búsqueda de estos organismos como destino inevitable. Puede dialogar, puede negociar, puede asumir compromisos cuando las circunstancias lo exigen. Pero una cosa es recurrir excepcionalmente a una herramienta financiera y otra muy distinta es aceptar la dependencia como modelo de desarrollo.

La Argentina no necesita funcionarios extranjeros que le indiquen permanentemente qué camino seguir. Necesita recuperar la capacidad de definir un proyecto propio, con sus recursos, su trabajo, su industria, su ciencia y su pueblo como protagonistas.

Porque la verdadera fortaleza de una Nación no se mide por la confianza que despierta en sus acreedores, sino por la capacidad que tiene de decidir por sí misma qué futuro quiere construir.