El Niño no será la única tormenta: tres municipios, tres climas políticos

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Si la provincia de Buenos Aires funciona como el gran laboratorio donde el peronismo discute su futuro, la Región Capital ofrece una versión a escala de ese mismo proceso. Allí también se acomodan liderazgos, se miden fuerzas, se construyen alianzas y comienzan a definirse los nombres que pretenden ocupar los principales lugares de poder en los próximos años.

La diferencia es que, mientras las discusiones nacionales suelen estar dominadas por los grandes relatos, en los distritos la política termina siendo mucho más concreta. El vecino evalúa el estado de una calle, la frecuencia del transporte, el funcionamiento de un centro de salud o la respuesta del municipio frente a una tormenta. Es allí donde los discursos encuentran su límite.

La Plata: gestión, volumen político y un proyecto que trasciende el municipio

Julio Alak parece haber comprendido esa lógica desde el primer día de su regreso al Palacio Municipal.

Su gestión intenta mantener un delicado equilibrio entre la resolución de los problemas cotidianos de una ciudad compleja y la construcción de un perfil político que exceda claramente los límites de La Plata.

Por eso no sorprende la intensidad de su agenda política.

Las reuniones con distintos sectores del peronismo, el diálogo permanente con intendentes de diferentes regiones de la provincia y la decisión de viajar esta semana a Bahía Blanca para reunirse con Federico Susbielles y compartir una actividad junto al expresidente Eduardo Duhalde no responden únicamente a cuestiones institucionales. Forman parte de una construcción política más amplia.

Algunos interpretan esos movimientos como la consolidación de un dirigente con aspiraciones a disputar la Gobernación bonaerense cuando llegue el momento de la sucesión de Axel Kicillof.

Otros, con una dosis quizás mayor de imaginación, deslizan que el histórico dirigente platense todavía conserva inquietudes nacionales.

Probablemente sea demasiado temprano para afirmarlo.

Lo que sí parece evidente es que Alak procura recuperar centralidad dentro del peronismo provincial. Después de varios años ocupando un lugar relativamente periférico en las grandes discusiones del espacio, volvió a transformarse en un dirigente al que todos escuchan.

Y en política eso nunca es un dato menor.

Ensenada: cuando la sucesión deja de ser un rumor

Mario Secco, por su parte, continúa transitando un camino diferente.

Su prioridad sigue siendo la gestión. La impronta de su administración mantiene la misma lógica que caracterizó a Ensenada durante los últimos años: fuerte presencia territorial, alto nivel de intervención municipal y una conducción política altamente centralizada. A esto se suma un período de notorio perfil bajo.

Sin embargo, la principal novedad ya no pasa por las obras o la administración cotidiana.

Empieza a instalarse con fuerza el debate sobre la sucesión.

La posibilidad de que Nicolás Secco encabece la propuesta oficialista dejó de ser una conversación reservada para transformarse en una hipótesis política concreta. Aunque nadie confirmó públicamente esa decisión, los movimientos internos y la creciente exposición del hijo del intendente alimentan una lectura que gana espacio dentro y fuera del oficialismo.

Una verdadera apuesta en tiempos de debate social sobre la política, que es refrendada por la titánica gestión del apellido Secco.

No sería la primera experiencia de continuidad familiar en la política argentina.

Tampoco constituye una práctica exclusiva del peronismo.

La verdadera discusión no pasa por el parentesco, sino por la legitimidad política que logre construir quien eventualmente aspire a conducir el municipio.

En definitiva, será la sociedad ensenadense la que termine validando o rechazando esa eventual continuidad.

Berisso: discursos de unidad, prácticas de cierre

Si La Plata representa una construcción en expansión y Ensenada comienza a discutir una transición ordenada, Berisso ofrece hoy el panorama más incierto de los tres distritos.

El intendente Fabián Cagliardi sostiene desde hace meses un discurso público que reivindica la unidad del peronismo como condición indispensable para enfrentar el avance de La Libertad Avanza.

La premisa, en sí misma, resulta difícil de cuestionar.

El problema aparece cuando ese discurso se confronta con la práctica política cotidiana.

Las decisiones adoptadas durante el último tiempo parecen haber seguido una dirección inversa. La integración de los espacios de participación, el reparto de responsabilidades políticas y la construcción de consensos internos muestran una dinámica cada vez más concentrada alrededor de su agrupación, desplazando a sectores que durante años formaron parte de la vida política del peronismo local y de su coalición de gobierno.

La consecuencia era previsible.

Dirigentes del kirchnerismo, del peronismo tradicional, organizaciones sociales y referentes sindicales comenzaron a recuperar un diálogo que hasta hace poco parecía improbable. No necesariamente porque compartan un liderazgo común, de hecho allí se encuentran, por ejemplo, cristinistas y kicillofistas, sino porque comparten un mismo diagnóstico: la necesidad de construir una alternativa política dentro del propio oficialismo local.

En política, los vacíos rara vez permanecen vacíos durante mucho tiempo.

Cuando un espacio deja de contener la diversidad que le dio origen, inevitablemente aparecen otros intentando ocupar ese lugar.

Berisso empieza a transitar ese proceso.

Las reuniones se multiplican.

Ya no participan únicamente dirigentes alejados de la conducción municipal. También empiezan a sumarse funcionarios que integran la actual administración y que expresan, en privado, un creciente desencanto con la forma y la direccionalidad en que se toman las decisiones. Ese quizás sea el dato político más significativo. Porque las diferencias dejan de provenir exclusivamente de la oposición interna y comienzan a emerger desde el propio núcleo de gestión. La foto del Intendente subido a un tractor este fin de semana, mientras gran parte de la ciudad sufría aun las consecuencias de la lluvia, fue, en ese sentido el comentario negativo que colmó redes y grupos de wasap berissenses. 

Existe además una contradicción que resulta difícil de pasar por alto.

Quien reclama PASO o internas abiertas cuando se trata de definir candidaturas nacionales o provinciales no ha promovido mecanismos semejantes dentro de su propio distrito.No se trata solamente de una inconsistencia discursiva. Es una definición política.

Toda conducción tiene derecho a defender su liderazgo. Pero cuando la competencia interna se reclama hacia afuera y se restringe hacia adentro, el mensaje inevitablemente pierde consistencia.

Habrá quienes interpreten esa actitud como una forma de preservar la gobernabilidad.Otros hablarán de una lógica excesivamente vertical. Y no faltarán quienes sostengan que, detrás de esa resistencia a abrir la competencia, existe el temor de que una interna exponga un desgaste político mayor al que algunos imaginan.

Lo cierto es que, a diferencia de otros momentos, hoy ninguna de esas hipótesis puede descartarse.

La oposición no peronista por su parte deambula por las redes más que por los barrios, intenta golpes de efecto más que generar propuestas. Un Pablo Swar activo de la mano del cambiante Diego Santilli hoy Jefe de Gabinete libertario, visita clubes regalando elementos deportivos e intentando visibilizar su tarea.

Berisso dejó de ser un distrito políticamente previsible. Y eso, por sí solo, ya constituye una novedad.

La semana que termina deja una imagen que atraviesa todos los niveles de la política argentina, como se puede leer en las tres editoriales de este domingo.

Y en los municipios comienzan a ordenarse las candidaturas de una elección que todavía parece lejana, pero que ya condiciona buena parte de las decisiones presentes.

Todo eso ocurre mientras la sociedad enfrenta preocupaciones mucho más inmediatas: llegar a fin de mes, sostener un empleo, pagar una cuota, afrontar el costo de los servicios, garantizar la educación de sus hijos o esperar que una tormenta no vuelva a inundar su barrio.

Quizá allí radique el mayor desafío de la política argentina. No en ganar la próxima elección. Ni siquiera en construir la mejor estrategia electoral.

El verdadero desafío consiste en volver a conectar el debate político con la vida cotidiana de quienes hace tiempo dejaron de medir a sus dirigentes por la calidad de sus discursos y comenzaron a hacerlo por la eficacia de sus decisiones.

Porque las sociedades pueden tolerar diferencias ideológicas. Incluso aceptan liderazgos fuertes.

Lo que difícilmente soporten durante mucho tiempo es la sensación de que la política discute obsesivamente sobre sí misma mientras posterga, una vez más, la discusión sobre los problemas de los argentinos.

Esa, quizás, sea la principal advertencia que deja esta semana.

Y también la oportunidad para quienes comprendan, antes que el resto, que el tiempo de la épica permanente comienza a agotarse cuando la realidad insiste, todos los días, en reclamar respuestas.