El Parque Pereyra Iraola esconde, entre sus árboles, troncos y suelos húmedos, un universo que muchas veces pasa inadvertido: el de los hongos. Para acercar ese mundo a la comunidad, las micólogas Clara Bo y Natalia Paolucci crearon Hongos de Pereyra, un proyecto que combina divulgación científica, caminatas de observación, talleres y ciencia ciudadana.
La iniciativa nació del vínculo personal de ambas investigadoras con el parque. Bo, vecina de Villa Elisa, y Paolucci, de Berazategui, se conocieron mientras estudiaban en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata. Desde hace años recorren el lugar para observar hongos y compartir esa experiencia con amigos y otros interesados.
“Surge por nuestro amor por el parque y, en particular, por la micología”, explicó Bo. La idea de convertir esas recorridas en un proyecto de divulgación tomó forma hace aproximadamente tres años, a partir de una constatación; existía un enorme interés de la gente por conocer los hongos, pero también mucho desconocimiento e incluso temor.
El objetivo, entonces, fue mucho más allá de salir a buscar ejemplares. “Nos pareció una buena idea crear un proyecto no solamente para salir y ver hongos, sino también para poner en valor la gran diversidad que hay presente en el parque”, señaló la micóloga.
El Parque Pereyra cuenta con unas 10 mil hectáreas, aunque las actividades de Hongos de Pereyra suelen concentrarse en el sector de uso público, especialmente en la zona de Parque Santa Rosa. El proyecto también mantiene un vínculo con el área educativa del parque, que acompaña las propuestas y en distintas oportunidades convocó a las especialistas para realizar actividades de observación de hongos con escuelas y docentes.
Este año, además de las tradicionales caminatas, el proyecto sumó talleres virtuales. La propuesta surgió porque durante las recorridas el tiempo disponible muchas veces resulta insuficiente para desarrollar todos los contenidos. “A veces en la salida la información que podemos compartir es limitada o queda mucho para contar”, comentó Bo.
La propuesta también incorpora herramientas de ciencia ciudadana a través de iNaturalist, una plataforma internacional que permite registrar fotografías de organismos, asociarlas con una ubicación y aportar esos datos a bases de conocimiento científico. De esta manera, una simple caminata por el parque puede convertirse también en una contribución al conocimiento sobre la biodiversidad de la región.
El creciente interés por los hongos no parece casual. Según Bo, en los últimos años se produjo un cambio significativo en la relación de la sociedad con estos organismos. “Hace 10 años éramos poquitas personas las que se sumaban” a las actividades de divulgación, recordó. Hoy, en cambio, existe una demanda creciente por información, talleres, libros, documentales y recorridas.
Para la investigadora, una de las razones puede encontrarse en que, a medida que se conoce el reino Fungi, también se descubre su enorme importancia. Los hongos intervienen en los ecosistemas, forman parte de nuestra alimentación y tienen aplicaciones en la medicina y la industria. La especialista destacó además las investigaciones vinculadas con biomateriales capaces de ofrecer alternativas a productos derivados del plástico y otros materiales contaminantes.
También existe un componente de fascinación. Los colores, las formas y la aparición aparentemente repentina de los hongos despiertan curiosidad. Sin embargo, detrás de ese aspecto casi mágico existe una explicación biológica: la parte visible es apenas una etapa del ciclo de vida de estos organismos.
“El verdadero cuerpo de los hongos es el micelio”, indicó Bo. Se trata de una extensa red que puede desarrollarse en el suelo, los troncos y otros sustratos durante todo el año, aunque permanece fuera de nuestra vista. Los llamados macrohongos son aquellos que, en determinados momentos, producen estructuras visibles, como los conocidos sombreros o setas. Esos cuerpos fructíferos tienen como función producir y dispersar las esporas.
Por eso, las condiciones climáticas tienen una importancia fundamental para quienes estudian y observan hongos. La humedad y las lluvias favorecen la aparición de cuerpos fructíferos, convirtiendo determinadas épocas del año en verdaderas temporadas de exploración para los aficionados a la micología. “Nuestra época favorita es marzo, abril, ese momento donde vienen las lluvias después del verano, del calor y la sequía”, contó Bo.
Las actividades de Hongos de Pereyra buscan que ese conocimiento pueda ser compartido por personas de distintas edades. La propuesta combina un taller virtual de aproximadamente dos horas, dedicado a las características y la biología del reino Fungi y a herramientas para identificar especies, con una salida al parque de unas tres horas. Las caminatas se realizan de manera pausada, con distintas paradas para observar y reconocer ejemplares.
El proyecto también refleja las dificultades que atraviesan actualmente quienes trabajan en investigación y docencia. Bo es becaria doctoral del CONICET y docente universitaria, y explicó que durante los últimos años el proyecto comenzó a resultar cada vez más difícil de sostener de manera voluntaria. Por eso, las actividades pasaron a tener un costo, aunque mantienen una política de inclusión para que las dificultades económicas no sean un impedimento para participar.
Quienes quieran conocer la propuesta pueden encontrar a Hongos de Pereyra en Instagram y Facebook, además de una comunidad de WhatsApp y un correo electrónico destinado a consultas. La invitación está abierta a cualquier persona que tenga curiosidad por acercarse al mundo de los hongos, desde familias y niños hasta adultos interesados en la naturaleza.