El escenario internacional atraviesa un momento de alta tensión, con conflictos bélicos estancados, disputas comerciales crecientes y gobiernos nacionales enfrentando desafíos internos que resuenan a escala global. En ese marco, el licenciado en Relaciones Internacionales y director de grupos de trabajo en Osippex, Nicolás Bursi, brindó una lectura integral del panorama mundial, destacando el impacto que estas dinámicas pueden tener para países como Argentina.
Uno de los focos de atención es la guerra entre Rusia y Ucrania, que parece haber entrado en una etapa de empantanamiento sin horizonte de resolución a corto plazo. Mientras Ucrania continúa recibiendo apoyo diplomático y militar por parte del Reino Unido, Francia y otras naciones europeas, la Unión Europea debate cómo financiar el déficit ucraniano de cara a 2026, que ronda los 20.000 millones de dólares. La cifra llama la atención si se la compara con los préstamos del FMI a países como Argentina, donde el monto asignado a Luis Caputo durante la gestión macrista superó ampliamente lo que se precisa para que Ucrania se recupere tras la guerra.
Estados Unidos, por su parte, se mueve en una lógica oscilante. A pesar de haber interrumpido temporalmente el envío de armamento a Ucrania, la administración de Donald Trump retomó el apoyo militar recientemente, en lo que Bursi interpreta como parte de una estrategia de presión previa a una eventual negociación. Esta misma lógica agresiva se traslada al plano comercial, con la amenaza de imponer aranceles elevados —de hasta un 25%— a países que no lleguen a acuerdos bilaterales, sin distinciones entre aliados y rivales.
Argentina, hasta ahora, habría alcanzado una negociación informal con Estados Unidos para evitar que entre el 70% y el 80% de sus exportaciones sean alcanzadas por esos aranceles. Sin embargo, no hay confirmaciones oficiales y el tema se mantiene en reserva.
Brasil, otro actor clave de la región, enfrenta tensiones tanto en el plano internacional como interno. El gobierno de Donald Trump anunció recientemente un aumento del 50% en los aranceles a las exportaciones brasileñas, atribuyéndolo tanto al déficit comercial como al enjuiciamiento de Jair Bolsonaro por su rol en la toma del Planalto. La medida profundiza un vínculo bilateral que ya venía desgastado, al tiempo que presiona al presidente Lula da Silva, quien enfrenta una fuerte disputa con el Congreso por el aumento del impuesto a las operaciones financieras.
Lula confirmó que buscará la reelección en 2026, además de posicionarse como una figura central en el bloque de los BRICS, que recientemente celebró una cumbre en Brasil sin la presencia de Xi Jinping. La ausencia del presidente chino —explicada como un intento de evitar tensiones con Estados Unidos— pone en evidencia las tensiones internas del bloque, donde Brasil podría verse forzado a tomar partido si la confrontación entre potencias escala.
En este escenario, la política exterior argentina aparece debilitada. Durante la reciente cumbre del Mercosur, en la que se realizó el traspaso de la presidencia pro tempore de Argentina a Brasil, el presidente Javier Milei no mantuvo encuentros bilaterales con Lula, ni hubo avances diplomáticos significativos. La falta de diálogo refleja una relación tensa, que contrasta con el protagonismo que Brasil intenta sostener en la región.
Bursi señaló que la cancillería argentina demostró deficiencias en su estrategia internacional. Las intervenciones de la canciller Diana Mondino y la política exterior de Milei han generado más fricciones que vínculos constructivos, incluso en temas sensibles como la soberanía sobre las Islas Malvinas. El alineamiento automático con la política de Estados Unidos e Israel, por ejemplo, habría deteriorado el apoyo de países árabes y del bloque latinoamericano en el reclamo histórico argentino.
El panorama internacional actual obliga a repensar las estrategias de inserción global. Las grandes potencias operan en un esquema de presión, bloques y retaliaciones. En ese juego, los países del sur global deben agudizar su inteligencia diplomática para no quedar atrapados entre lealtades impuestas y oportunidades perdidas. En ese contexto, recuperar profesionalismo, autonomía y una visión estratégica de largo plazo se vuelve fundamental para no quedar al margen de las decisiones que moldean el futuro global.
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