Hay triunfos que duran noventa minutos y otros que dejan una enseñanza. El triunfo de la Selección nacional de Futbol frente a Egipto fue de esos partidos que, cuando termina el festejo, siguen diciendo cosas.
Argentina dio vuelta un resultado complicado, pero la noticia no fue solamente la remontada. Fue la manera de conseguirla, como se llega a ella, como se produjo, que hay detrás de ella.
En un tiempo donde parece que todo depende de un salvador, la Selección volvió a demostrar que las grandes cosas se construyen entre muchos. Y eso que tenemos a Messi, que sigue demostrando su enormidad, su vigencia, su espíritu y su calidad aún a su edad. Pero cada jugador hizo lo suyo. Algunos brillaron más que otros, claro. Siempre hay futbolistas capaces de resolver una jugada que parece imposible. Pero esa diferencia individual nunca estuvo por encima del equipo. Al contrario: fue el equipo el que hizo posible que aparecieran las individualidades.
Ahí está una de las claves de este ciclo.
Scaloni nunca intentó ser el protagonista. Conduce sin necesidad de ocupar toda la escena. Estudia, escucha, aprende, delega y toma decisiones. Tiene la autoridad que da el conocimiento y la coherencia, no la que se impone desde el ego, el dedo, el aparato, o el apellido. Incluso teniendo a Messi —sin dudas el mejor jugador del mundo— jamás sintió que debía competir con él por el liderazgo. Entendió algo que parece simple y, sin embargo, cuesta encontrar en muchos otros ámbitos: un líder no se agranda cuando opaca a los mejores; se vuelve más grande cuando consigue que esos talentos potencien al conjunto.
Ese es, probablemente, el mayor logro de esta Selección.
Juega alrededor de una idea. La cual incluye un gran nombre. Pero esa idea excede el enorme nombre.
Y las ideas, cuando son compartidas, sobreviven a cualquier resultado.
Tal vez por eso millones de argentinos sienten que ese equipo también los representa fuera de la cancha en términos generales (más allá de algunas acciones, poses o situaciones que no parecieran muy comunes a gran parte del Pueblo). No por cuestiones meramente futbolísticas, sino porque reconocen valores que hace tiempo vienen escaseando en otros espacios de la vida pública.
La Argentina necesita volver a creer en los proyectos colectivos. Necesita dirigentes capaces de construir equipos antes que seguidores; personas dispuestas a discutir un rumbo antes que un lugar en una lista; liderazgos que inspiren confianza porque saben escuchar tanto como decidir.
Hace falta menos obsesión por la imagen y más tiempo dedicado a formar cuadros, preparar equipos y pensar políticas que duren más que una elección. Menos preocupación por el impacto de una publicación y más interés por el impacto de una decisión. Dedicarse más al que hacemos y no al como lo hacemos o como nos vemos.
Los desafíos que tiene el país son demasiado grandes para que alguien imagine resolverlos en soledad. Ningún dirigente, por más capacidad que tenga, puede reemplazar la inteligencia colectiva de un proyecto bien construido. Las transformaciones profundas siempre fueron el resultado de personas que entendieron que la verdadera fortaleza no está en sobresalir, sino en hacer crecer al que está al lado.
La Selección ofrece una pista valiosa. No porque la política deba copiar al fútbol, sino porque ambos comparten una condición esencial: cuando el objetivo es común, cada esfuerzo individual encuentra sentido.
Salir de este tiempo difícil, oscuro, cruel y de entrega del patrimonio nacional también exigirá una remontada. No será de un partido ni de un campeonato. Será la de un país que necesita recuperar confianza en sí mismo, su identidad, su historia y pensar definitivamente en un futuro de realización colectiva.
Y esa tarea empezará el día en que entendamos que los proyectos importantes no se construyen alrededor de un apellido, sino de una convicción compartida.
El martes Argentina ganó un partido.
Pero, sobre todo, recordó que ninguna victoria duradera nace del brillo de uno solo. Nace cuando el talento, el esfuerzo, la épica, el trabajo y el liderazgo encuentran un mismo horizonte y deciden caminar juntos.
Quizás ahí, más que en cualquier discurso, haya un gran aporte para una buena hoja de ruta con la cual empezar a imaginar la Argentina que viene.