Si en la política nacional la confrontación parece haber reemplazado a la gestión como ordenador del debate público, en la provincia de Buenos Aires sucede exactamente lo contrario: detrás de una discusión aparentemente técnica se esconde una de las pulseadas políticas más importantes de los últimos años.
Quien observe superficialmente la agenda bonaerense creerá que el conflicto gira alrededor de las reelecciones indefinidas, el calendario electoral, las PASO o el eventual desdoblamiento de los comicios. Sin embargo, ninguno de esos temas constituye el verdadero núcleo de la discusión. Son, en realidad, los instrumentos a través de los cuales los distintos sectores del peronismo intentan fortalecer su posición en una disputa mucho más trascendente: quién conducirá el principal espacio opositor durante los próximos años y con qué nivel de autonomía respecto del liderazgo histórico de Cristina Fernández de Kirchner.
La decisión de la expresidenta de volver a instalar internacionalmente su situación judicial modificó el tablero político bonaerense. No solamente porque reinstaló el debate sobre la denominada proscripción, sino porque volvió a colocar a Cristina en el centro de la escena política cuando algunos comenzaban a imaginar una transición más acelerada hacia nuevos liderazgos.
La jugada tuvo un efecto inmediato. El kirchnerismo cerró filas alrededor de su principal referente y La Cámpora aprovechó ese escenario para enviar un mensaje que excede ampliamente el expediente judicial: no habrá discusión parcial sobre el futuro electoral del peronismo.
Por eso reclamó que todas las conversaciones formen parte de una misma mesa política.
No solamente la posibilidad de habilitar nuevas reelecciones para intendentes o legisladores. También el cronograma electoral, el eventual desdoblamiento, la integración de la Suprema Corte bonaerense, la estrategia frente a la situación judicial de Cristina y, fundamentalmente, la conducción política del espacio.
Traducido al lenguaje cotidiano, el mensaje fue mucho más sencillo de lo que aparenta.
Si todo forma parte de un mismo proyecto político, nada puede resolverse de manera aislada.
Del otro lado aparece Axel Kicillof.
El gobernador atraviesa probablemente el momento más delicado desde que asumió la conducción de la provincia. No por dificultades de gestión —que las tiene, como cualquier administración en un contexto económico restrictivo— sino porque intenta construir algo que hasta hace pocos meses parecía impensado dentro del universo kirchnerista: un volumen político propio.
El Movimiento Derecho al Futuro dejó de ser apenas un espacio de respaldo a la gestión para convertirse en el vehículo mediante el cual un importante grupo de intendentes comenzó a expresar una identidad diferenciada dentro del peronismo. Pareciera expresa la voluntad de construir una conducción más horizontal, donde el peso territorial de los intendentes y la legitimidad institucional del gobernador tengan mayor incidencia en las decisiones estratégicas.
Allí aparece el verdadero conflicto.
Mientras La Cámpora pretende que la discusión política continúe ordenándose alrededor de Cristina Fernández de Kirchner, el esquema que rodea a Kicillof considera que llegó el momento de empezar a diseñar un liderazgo que pueda trascender a la ex presidenta sin romper con su legado político.
No es una diferencia menor.
Es la discusión sobre el futuro del peronismo.
Ahora bien ¿La crítica al kirchnerismo es por su lógica de construcción política? ¿Los intendentes, no replican esta lógica en sus distritos? ¿El planteo es terminar con las hegemonías (palabra muy poco peronista)o que cambien de dueños?
En ese sentido las reelecciones indefinidas aparecen entonces como una pieza más de ese rompecabezas.
Para muchos intendentes representan una herramienta de supervivencia política. Después de varios mandatos consecutivos, entienden que impedir nuevas postulaciones fortalece la aparición de liderazgos improvisados y debilita la capacidad de gestión local.
Otros, en cambio, sostienen que la alternancia constituye un valor democrático que el peronismo no debería abandonar.
La discusión excede la cuestión institucional.
Porque cada intendente que pueda volver a competir conservará capacidad de negociación dentro del armado provincial. Cada jefe comunal impedido de hacerlo perderá parte de ese poder.
La misma lógica atraviesa el debate sobre el desdoblamiento electoral.
Para algunos alcaldes resulta conveniente provincializar la elección y despegarla del escenario nacional. Están convencidos de que una campaña centrada en los problemas locales fortalece el vínculo construido con sus vecinos y reduce el impacto de la polarización nacional.
Otros prefieren mantener la simultaneidad electoral porque entienden que una elección nacionalizada favorece la reconstrucción del voto opositor frente a Javier Milei.
Ninguna posición es ingenua.
Todas responden a intereses políticos legítimos.
Lo importante es comprender que detrás de cada argumento jurídico o institucional existe una estrategia de poder.
Y eso no debería escandalizar a nadie.
La política consiste precisamente en disputar poder.
El problema comienza cuando esas disputas termina siendo condicionadas por ambiciones personales y no por proyectos colectivos y terminan ocupando todo el escenario y desplaza la discusión acerca de qué proyecto ofrecerle a una sociedad que enfrenta dificultades cada vez más profundas.
Ese riesgo atraviesa hoy al peronismo bonaerense.
Mientras sus principales dirigentes discuten quién conducirá el espacio, millones de bonaerenses esperan definiciones sobre empleo, seguridad, producción, educación, infraestructura y desarrollo.
Existe además otro elemento que empieza a ganar peso entre los intendentes y que rara vez ocupa los grandes titulares.
La preocupación por el fenómeno de El Niño.
Las recientes tormentas dejaron al descubierto, una vez más, la fragilidad de buena parte de la infraestructura hídrica provincial. Problema que tiene larga data. Ningún jefe comunal desconoce que un nuevo ciclo de lluvias intensas puede transformar rápidamente una buena gestión en una administración cuestionada.
Por eso muchos municipios aceleran obras, revisan planes de contingencia y siguen con atención cada pronóstico climático.
No se trata únicamente de prevenir daños materiales.
También está en juego la percepción ciudadana sobre la capacidad del Estado para responder frente a situaciones críticas.
Y en tiempos donde la política atraviesa una profunda crisis de representación, la gestión concreta comienza a valer más que cualquier consigna partidaria.
Quizás allí radique una de las principales enseñanzas que deja la actualidad bonaerense.
Las reglas importan.
Las listas importan.
Los liderazgos también.
Pero ninguna ingeniería electoral reemplaza una idea de provincia.
Ninguna mesa política sustituye un programa de gobierno.
Y ningún acuerdo de dirigentes alcanza por sí mismo para reconstruir el vínculo de confianza entre la política y una sociedad que hace tiempo dejó de conformarse con fotografías de unidad.
Porque las fotos ordenan un instante.
Los proyectos, en cambio, ordenan una época.
Y ese sigue siendo el gran desafío pendiente.