Hay algo llamativo cuando uno vuelve a escuchar la obra de Carlos «Indio» Solari después de tantos años. Entre la fauna de marginales, perdedores hermosos, buscavidas y profetas de barrio al borde del abismo, las mujeres ocupan un lugar singular. No son adornos, no son premios ni conquistas para exhibir. Son presencias.
En un rock argentino que durante décadas se permitió letras donde la mujer aparecía como una propiedad, una fantasía o una mera excusa, el Indio eligió otro registro: más complejo, poético y humano. Las mujeres de sus canciones suelen ser libres, incluso cuando duelen.
En Un poco de amor francés no la presenta como una villana ni como un objeto de deseo plano; es una figura poderosa, capaz de despertar admiración y vulnerabilidad al mismo tiempo. Aparecen también en La pequeña novia del carioca, envueltas en esa mezcla de fragilidad y carácter que él tan bien manejaba:
“A la suave luz de la luna / vi tu espalda / hay un lugar allí para huellas / y un lunar nocturno. Apostamos mal / serás más feliz vagabundeando / muy poco amable fui / nada nuevo vi en tus ojos”.
El reproche nunca es hacia ella, sino hacia el destino, hacia él mismo o hacia ambos.
En Gran Lady, como en tantas otras canciones, la mujer no aparece para completar la historia de un hombre. Ella marca el ritmo, deja la huella y conserva algo que nunca termina de revelarse. Solari la mira con fascinación, con deseo y hasta con cierta perplejidad. No intenta explicarla ni domesticarla; la deja ser. Quizás por eso sus personajes femeninos siguen resultando tan atractivos: están escritos desde el respeto por lo que no puede poseerse ni comprenderse del todo, un valor que no siempre abundaba en el rock de su época.
El narrador rara vez habla desde la posesión. Mira, observa, intenta comprender y, casi siempre, fracasa. Por eso resultan tan reales. Conservan el misterio, nunca se entregan del todo a la explicación del poeta y tienen una vida propia que sigue existiendo más allá de los tres o cuatro minutos que dura el tema.
El Indio entendió temprano que amar a alguien no significa descifrarlo por completo, y mucho menos adueñarse de su historia. Por eso sus letras están llenas de mujeres que se escapan, que toman decisiones, que desaparecen o regresan convertidas en recuerdo, habitando ese territorio ambiguo donde viven las cosas importantes. Hay una elegancia profunda en esa mirada que no necesita achicar lo que admira para poder entenderlo. Mientras otros narraban certezas, él escribía perplejidades; mientras otros describían cuerpos, él construía presencias y enigmas.
Toda esa sensibilidad, dispersa a lo largo de décadas, encuentra una de sus expresiones más bellas en Mientras el sol se muere. Ahí desaparecen los personajes extravagantes, las noches agitadas y las alegorías que poblaron su obra. Lo que queda es algo mucho más simple y profundo: la compañía, el amor visto como refugio y la gratitud. En esa canción, la mujer ya no es un recuerdo que lastima ni un misterio inalcanzable; es una presencia luminosa frente al desgaste del tiempo, la persona que permanece cuando el ruido se apaga. El Indio deja por un momento el traje de cronista feroz para convertirse en un poeta de la ternura.
Y no deja de ser significativo. Detrás del artista que denunciaba las miserias del poder, del tipo que desconfiaba de las modas y de los discursos dominantes, convivía alguien capaz de detenerse en la delicadeza de compartir la vida con otro ser humano. Tal vez por eso tantas mujeres encontraron también su lugar dentro de la liturgia ricotera. Detrás de la potencia, del pogo y de la épica multitudinaria, latía una sensibilidad poco común.
En tiempos que suelen ser machistas, violentos y crueles, y ante la perspectiva de su partida de esta dimensión, su lírica cobra otra importancia: la de una sensibilidad capaz de escupir versos feroces sobre el poder y, al mismo tiempo, conmoverse con la belleza serena de la mujer amada.
Al final, las mujeres del Indio se parecen bastante a su propia poesía. Nunca terminan de explicarse ni se dejan atrapar del todo. Por eso siguen siendo inolvidables: porque en sus canciones, nunca fueron propiedad de nadie. Fueron, casi siempre, un hermoso enigma más de la historia.