En estos días, tras la triste noticia del fallecimiento del Indio, la política —funcionarios, dirigentes, militantes y oportunistas de ocasión— salió a las redes a manifestarse. Algunos exhibieron su cariño, otros compartieron una anécdota, pegaron un cartel en su honor o intentaron demostrar su ADN ricotero. También estuvieron quienes aprovecharon para denostarlo, menospreciarlo y barbarizarlo a él y a ese pueblo inmenso que lo siguió durante décadas.
En el camino, casi sin querer y parafraseándolo, muchos descubrieron que, por más maquillaje que llevaran encima, ya no podían ”ocultar su lunar”.
La Argentina actual atraviesa una crisis de representación que excede largamente los índices económicos. Es una quiebra profunda de la autenticidad. La dirigencia camina con la mirada clavada en el lente de una cámara, el libreto dictado por un asesor de imagen y el cronómetro calculando el impacto del algoritmo. Muchos terminaron convertidos en actores necesarios, soldaditos obedientes de algún mandamás invisible, dentro de este “ensayo general para la farsa actual”.
“Nuestro amo juega al esclavo”, escribió el Indio. Y con una sola línea explicó más sobre el poder que cientos de manuales de ciencia política.
En ese desierto de figuras con escasa formación intelectual, de sonrisas pillas en tiempos tristes y crueles, de devoción desesperante por la foto y el video; entre quienes creen que la “belleza es lo que da felicidad” y reducen la política a discursos de cotillón, la figura de Solari emerge como un espejo invertido. Un espejo incómodo que refleja las debilidades y miserias de gran parte de la política contemporánea.
El abismo entre los representantes y la calle no es solamente un problema de comunicación. Es algo mucho más profundo. En los palacios sobra marketing y falta calle; sobra boca y falta oído; abundan las formas mientras se evapora el contenido. En el llano, en cambio, todavía hay quienes saben que “violencia es mentir”.
La primera gran brecha es intelectual. Mientras el político promedio balbucea lugares comunes, recita consignas prefabricadas o se presta al ridículo digital para capturar un voto fugaz, el Indio construyó una poética —a veces críptica, otras brutalmente directa— arraigada en el barro de la realidad y en los conflictos de la comunidad.
¿Cuántos dirigentes pueden sostener una conversación de una hora sin recurrir a frases hechas? Hagan la prueba. Desgraben una entrevista o un discurso de cualquier referente político y compárenlo con una charla de Solari. Observen la riqueza del lenguaje, la coherencia argumental, la construcción de las ideas, la precisión de las palabras. Los resultados hablan solos.
Su intelectualidad jamás necesitó de la academia elitista. Fue una antropología de la esquina. Una capacidad singular para masticar el dolor social y devolverlo transformado en lenguaje.
Los políticos ya no piensan: reaccionan. Corren detrás del foco. Solari, en cambio, conmovió a tres generaciones invitándolas a descifrar metáforas, acompañar el dolor,imaginar escenarios y soñar postales posibles en un país donde el poder suele preferirnos adormecidos, dóciles y resignados.
Hablaba más de ideas que de personas. Más de la vida que de los nombres propios. Y cuando elegía una palabra, parecía buscar la más rara, la más bella o la más precisa.
Mientras el poder actual pretende ciudadanos anestesiados que repitan consignas, la obra ricotera nos tatuó a fuego que “el que abandona no tiene premio”, empujándonos a pensar cuando todo invitaba a bajar los brazos.
Esa densidad conceptual se sostuvo siempre sobre una virtud prácticamente extinguida en la fauna partidaria: la coherencia.
En una Argentina donde dirigentes cambian de bando, de ideología y de discurso con la velocidad del oportunista, el Indio mantuvo un hilo conductor inquebrantable desde los sótanos clandestinos hasta el retiro. Nunca negoció su identidad. Nunca rifó su historia por el aplauso fácil ni por el dinero del mainstream.
La política actual, huérfana de principios, sobrevive gracias al panquequismo crónico de quienes acomodan el cuerpo según sople el viento y abrazan el seguidismo personalista como método de ascenso. Solari entendió algo elemental: la credibilidad es un templo que no se entrega por ninguna billetera. Porque, al final del día, “ciertos reyes no viajan en camello”.
Y en esa resistencia, como escribió, habita “todo el hidalgo valor de la vida”.
De allí nace el cariño casi religioso de su pueblo.
Las misas ricoteras fueron manifestaciones puras de amor popular. Una fe laica donde miles se cuidaban entre sí porque se reconocían en la voz de alguien que jamás les vendió espejitos de colores. Un hombre que bancó con el cuerpo lo que defendía con la palabra.
El contraste definitivo aparece en la relación con el silencio y el poder.
El Indio fue un maestro del arte de hacerse a un lado.
Escapó de las cámaras, rechazó la sobreexposición y entendió que la ausencia también comunica. Su mito creció precisamente porque no estuvo disponible para todos. “Sólo hablamos cuando hay algo para decir”, repetía. Y así actuaba.
Muchos políticos contemporáneo creen que existir es figurar. Sonríe mientras el país se desmorona. Habla cuando debería callar y calla cuando debería dar la cara. Teme que, si se apaga el flash, la gente descubra que detrás del traje no hay nada.
Solari blindó su vida con un misticismo casi monacal. Lo hizo en una época donde intendentes, ministros y legisladores mendigan segundos de pantalla, exponen su intimidad familiar y peregrinan por programas que horas antes los destrozaban, aceptando cualquier micrófono con tal de seguir existiendo en la conversación pública.
El Indio demostró exactamente lo contrario: que la verdadera trascendencia puede construirse incluso desde la ausencia.
El sistema jamás logró cooptarlo porque siempre eligió jugar fuera de sus márgenes.
Desde temprano denunció a quienes “quieren que les paguen jubilación por todos los años en que aportaron en la pobre caja del rock and roll”. Y también advirtió, muchos años después, que “en manos de pavotes todo el sueño quedó”.
Lejos del conformismo y de los relativismos cómodos, ya en los primeros años de Los Redondos preguntaba: “¿Qué podría ser peor? Eso no me arregla a mí”. Allí estaba, en estado embrionario, el rumbo de toda su obra.
Pero también fue contundente fuera de las canciones.
“La revolución es desde que te levantás hasta que te dormís. Hay que luchar todos los días por distintas causas, como los Derechos Humanos y todas las causas que están plenas de virtudes.”
Esa definición deja en claro que transformar el mundo no es una épica reservada para los grandes discursos. Empieza en los gestos cotidianos: en cómo tratamos al otro, a los trabajadores, a quienes dependen de nosotros, a nuestros hijos.
Y así, desde sus primeros días como escriba, sobre un escenario, en una entrevista, recluido en el silencio o enfrentando los dolores de la vida, el Indio siguió movilizando multitudes apenas con un susurro.
La desconexión entre la política y la sociedad no se resolverá contratando mejores asesores de prensa ni cambiando los colores de un logo partidario. Se resolverá recuperando la intelectualidad, la coherencia, la sensibilidad y la dignidad de saber hablar; pero también de saber callar.
Virtudes que la política extravió en alguna rosca de la historia y que Solari conservó intactas, como un faro encendido en medio de tanta neblina.
El Indio es, para muchos, uno de los pocos héroes civiles que produjo la Argentina contemporánea. Quizás junto a Diego y a Francisco. Figuras imperfectas, humanas, contradictorias, pero capaces de trascender sus propios límites para convertirse en símbolos colectivos.
Queda la eterna fe de que, de las mismas entrañas de ese pueblo que hoy lo despide de manera histórica, vuelva a surgir una generación dispuesta a levantar los puños, a recuperar la imaginación y a intentar, otra vez, hacer la revolución con algo más que una canción de amor.